La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 10
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Capítulo 10

“Aún no se ha logrado contabilizar con precisión la totalidad de razas de marionetas existentes, ya que en cada una de ellas reside un conjunto único de habilidades de combate, contención y apoyo, sorprendentes y de gran valor estratégico. Sin embargo, por razones aún desconocidas, el Gran Maestro de las Marionetas ha prohibido su estudio formal. Por ello, las investigaciones actuales se basan únicamente en los sondeos realizados a los estudiantes de las distintas Sociedades del Hilo.”

—Descubriendo los Hilos, obra del investigador Spencer Clickberland, Edición Especial.

Estamos los cuatro a punto de vomitar quizás sea bilis, quizás sea orgullo herido porque ni siquiera nos dejaron desayunar antes de lanzarnos a correr como locos por la pista de atletismo de la Sociedad del Hilo.

Ya va más de una hora y media de trote, bajo el sol que, aunque es temprano, arde con fuerza anticipando un invierno traicionero.

El capitán Esteban nos vigila a lo lejos junto a su papá, flanqueado por Grealish y Murmush, que visten ropa liviana y gafas oscuras como si estuvieran en unas vacaciones ajenas a nuestra miseria.

Me toca seguir el ritmo, tragándome el malestar y la resequedad en la garganta.

Estoy justo detrás de Flag, que parece ir más lenta, pero no por cansancio.

Su respiración es regular, firme. Lo hace a propósito.

Y entonces se posiciona a mi lado, como buscando marchar conmigo al mismo paso.

Cynthia y Yvan van adelante, casi sincronizados. Tienen un aguante impresionante, sobre todo después de lo que vivimos anoche.

No nos van a poner amonestaciones, o eso nos dijo Murmush, mientras jugueteaba con su pequeño dado mecánico entre los dedos, pero sí nos espera una minuta de interrogatorio apenas terminemos este infierno solar.

Porque, aunque defendimos civiles, aunque Cynthia hizo maravillas con su marioneta y todos arriesgamos el pellejo, seguimos siendo de primer año.

Sin autorización. Sin rango. Sin derecho.

Y lo peor: lo hicimos sin pensar demasiado. Solo actuamos.

Pero, claro, todo se salió de control. Nadie imaginaba que aparecerían Venusfly en mitad del Festival de Trenes.

Fue una masacre silenciosa. Escandalosa.

Un evento que sin duda ya debe estar corriendo como fuego por los pasillos y los archivos ocultos de la Sociedad.

Hubo muertos, sí, pero pudieron ser muchos más.

Esa mujer delgada los llamó. A los Venusfly.

¿Quién demonios era? No hallamos pistas, ni nombres, ni símbolos. Nada. Solo el eco de su cuchillo bailando entre sus dedos.

Aunque… recuerdo algo leve y es que hablaban de una lechería. Puede ser la lechería de Aprilcol. La de ese día que estuve con Esteban. ¿Qué tipo de conexión tendrán?

Flag permanece en silencio. Aún corremos, pero con menos urgencia. Me mira de reojo, como si leyera en mi cara los mismos pensamientos que me están carcomiendo por dentro. Esteban no nos grita esta vez. Solo nos observa, evaluando, midiendo qué tanto nos quebramos… o cuánto más podemos soportar.

El sudor me arde en los ojos. Las piernas ya no tiemblan, solo se mueven por inercia. Pero seguimos. Porque ya estamos en esto. Porque hay algo más grande detrás. Porque alguien nos está observando.

Y porque, en el fondo, aunque no lo diga, quiero volver a verla.

A esa mujer. Y descubrir, de una vez por todas, qué papel juega Fylian en todo esto.

Porque, por lo que entiendo, todo parece conectar.

No de la mejor forma. No del modo más amigable, ni claro, ni justo para nosotros. Pero conecta, y eso ya es algo.

Después de la carrera nos dieron unos minutos para ducharnos.

El agua fría me devolvió un poco de claridad, aunque el cansancio seguía pesando en los músculos.

Cuando volvimos a reunirnos en la habitación de Flagbys e Yvan, el aire estaba cargado de esa tensión que aparece cuando todos sabemos que algo no encaja.

Cynthia se sienta en el borde de la cama de Flagbys, todavía con el pelo húmedo, y estira las piernas con un suspiro largo.

Flagbys le pasa una toalla sin que se la pida —ya conoce esa costumbre entre ellas—, y por un segundo, en medio de todo, hay algo parecido a la calma: los cuatro juntos, vivos, respirando el mismo aire después de una noche que pudo habernos costado mucho más.

Yo fui el primero en hablar. No podía sacarme de la cabeza la imagen de la mujer de cabello gris. Recordé en voz alta cómo había sacado una rosa negra marchitándose, igual a las que vimos en el jardín de Ailura. El detalle me parecía demasiado preciso para ser casualidad.

La conversación giró entonces hacia la lechería que Esteban y yo visitaron en mis primeros días aquí.

Al principio parecía un recuerdo aislado, pero ahora, al ponerlo sobre la mesa, todo empezaba a tener un sentido extraño, como si las piezas de un rompecabezas se estuvieran acomodando solas.

Y, aunque al principio parecía algo muy estúpido, lo de la lechería sí tiene algún tipo de conexión.

Fue ahí cuando Yvan, con su tono seco, lanza la advertencia:

—Los registros civiles de Chatarra no tienen ningún dato sobre una mujer llamada Ailura, Rodry.

Respondo rápido, casi como si defendiera algo que no termino de comprender:

—Debe ser un error. Nick estaba conmigo. Él la vio. Y el mensaje era claro, real. Dijo que conoció a Fylian… y hasta ahora es una de las únicas pistas que tenemos, Yvan.

El silencio se vuelve pesado. Yo mismo no sé qué pensar. Entonces Flagbys, que hasta ese momento parecía distraída, se lleva la mano a la frente y suelta atropellada:

—¡Oh, por Dios! Casi se me olvida… lo de la tarjeta.

Mete la mano en su chaqueta y saca una tarjeta verde. La misma que uno de los sospechosos iba a entregar antes de desaparecer. Sus ojos azules brillan extraños bajo la luz, y por un instante me parece que no es la misma Flagbys de siempre.

—Yo también la vi —dice con firmeza—. Me adelanté y la tomé. Yvan puede descifrarla. Esto… esto podría ser una pista nueva, ¿no es así?

La miro, y siento cómo se me ilumina el rostro, agradecido por este equipo improvisado: una marionetista brillante, un paranoico que nunca deja pasar un detalle, una impulsiva de corazón noble… y yo, que me guío por instinto y por el olor a comida.

—Tomará algo de tiempo —Yvan le arrebata la tarjeta a su hermana con un movimiento brusco, casi teatral, como si estuviera en medio de un interrogatorio—. Pero puedo hacerlo.

Sus ojos recorren la habitación de un lado a otro, calculadores, como si cada sombra pudiera esconder una pista.

Se arrodilla con rapidez y, con la precisión de un investigador maniático, despliega sobre el suelo los documentos: los expedientes de las últimas cinco misiones de Fylian antes de desaparecer.

Los ordena, los reagrupa, y con un gesto decidido marca con una gran equis el del Festival de Trenes.

Luego, sin perder tiempo, comienza a escribir frenéticamente anotaciones en los márgenes, murmurando fórmulas y conexiones como si fueran ecuaciones de laboratorio.

—Bien —dice, ajustándose las gafas con un tic nervioso—. Lugar verificado. Primeros sospechosos: el grupo de cabello gris. Y la lechería de Aprilcol… conectividad clara. La lechería funciona como emisor, el grupo gris como receptor.

Se detiene un segundo, levanta la mirada y frunce el ceño, como un detective que acaba de descubrir una grieta en el testimonio.

—La pregunta es: ¿por qué tienen ese vínculo? ¿Cuál es el mensaje que se envía entre ambos?

Luego gira hacia mí, con esa mezcla de seriedad analítica y entusiasmo nerd que lo caracteriza:

—Rodry… necesito una muestra de la rosa marchita. ¿Crees que podamos ir juntos a la casa de Ailura y recuperar una de ellas? Si la analizo junto a la tarjeta, podremos determinar el siguiente paso.

Nos mira a todos, esperando confirmación. Y sin dudarlo, asentimos al unísono.

Mis amigos se adelantan hacia la sala de interrogatorios mientras yo regreso un momento a mi habitación.

Me pongo otro suéter negro y dejo caer la cabeza sobre el respaldo de la silla; el cansancio me está ganando.

Confío en que después del desayuno todo mejore, aunque apuesto lo poco que tengo a que así será.

Cuando estoy a punto de cruzar el pasillo que conduce a la puerta de la sala, escucho un golpe seco: un puño contra el metal.

Me detengo de inmediato y retrocedo un par de pasos, atento.

Aquí, poco a poco, he aprendido que cualquier ruido puede ser una señal: moverse, esconderse o improvisar un plan para salir ileso.

Los terrores y la magia son tan reales que ahora entiendo por qué Chatarra actúa como una cúpula, para evitar que lo que ocurre aquí abajo suba por el Paso Inclinado.

Tras el golpe, las voces se hacen claras. Decido quedarme quieto. Uno de los hombres suspira con tal aspereza que parece que quisiera romperse los pulmones.

—Le mientes, y lo sabes, Esteban —dice la voz firme de su padre.

Es la primera vez que lo escucho llamarlo por su nombre con tanta dureza—.

Lo que pasó anoche es la prueba que necesitabas.

No me mires así… yo no lo pedí, por más que lo quisiera.

¿Crees que quiero invocar a los dioses para que maten jóvenes, solo para demostrarte que estabas equivocado en involucrarte en algo que va más allá de los muros de la Sociedad del Hilo?

Veo apenas como Esteban baja la cabeza, su voz es baja pero clara desde donde estoy:

—Sé que tú no, papá. Pero dime, ¿qué hago? Él lleva tiempo aquí y lo desespera no saber si encontrará el cuerpo de su amigo. Eso me consume también. Por eso quise involucrarme.

El padre se acerca, lo toma del hombro con fuerza, como queriendo detenerlo en seco:

—Involucrarte es noble, hijo, pero también debes pensar con estrategia. Lo que ellos quieren es una cosa, lo que ese joven de la superficie busca es otra. Pero dime, ¿qué quieres tú, Esteban?

Esteban levanta la mirada, los ojos cansados pero firmes: