Capítulo 9 #6
—La información no se comparte dos veces —dice ella, con una voz firme que no necesita volumen para imponer autoridad. Cada palabra es como una hoja afilada, y siento que me atraviesa pese a la distancia.
Los hombres se inclinan apenas.
Uno de ellos avanza y le ofrece un pequeño paquete envuelto en tela oscura. Ella lo toma con movimientos calculados… pero por un instante, apenas un suspiro, sus dedos tiemblan. Es casi imperceptible. Pero lo veo. Ese paquete no es cualquier cosa.
Flag se acerca un poco más a mí. Puedo sentir cómo su respiración se acelera.
—Rodry… esa mujer… —susurra, la voz quebrándose por un segundo—. ¿La has visto antes?
Tengo la garganta seca. No puedo apartar la vista. Es como observar a un depredador en el momento exacto antes de atacar.
—No.
La mujer de cabello gris se mantiene erguida, con el paquete aún en sus manos. Sus ojos recorren a los presentes como si pudiera leer cada pensamiento. Luego, con un gesto de la mano, inicia otro hilo de conversación, su voz firme y cortante:
—¿Las dueñas de la lechería han cooperado en algo? —pregunta, con un tono que mezcla impaciencia y desdén—. No veo que hayan podido traspasar nada a través de sus puestos de emisión. Hace una pausa, sus dedos tamborilean sobre el paquete como si marcara un ritmo invisible.
—Los puntos de recepción tampoco me han reportado nada. Y el hecho de que esto pase… —su voz se endurece, los ojos brillan con furia contenida— …es algo que me jala los pelos.
El grupo guarda silencio, algunos bajan la mirada, otros se mueven incómodos. Ella los observa con calma, como un depredador que mide a su presa.
—Necesitamos mejoras —continúa, con un tono más calculador—. Los canales de transmisión deben reforzarse, los puestos de vigilancia no pueden seguir siendo tan permisivos. Si queremos resultados, hay que ajustar cada engranaje.
Se inclina hacia adelante, su cabello gris cae como una cortina metálica sobre su rostro. Sus labios se curvan apenas en una sonrisa fría.
De repente, lo que saca del paquete me deja helado por un instante. Es una rosa negra marchitándose. Igual a la que encontré en casa de Ailura junto a Nick.
—Y ahora quiero que me hagan un favor… si no quieren que pierda mi humor.
El silencio se vuelve más denso. Nadie se atreve a moverse.
—Atrapen a los dos pequeños chismosos de la Sociedad del Hilo —ordena, con voz baja pero tan cargada de amenaza que parece retumbar en el aire—. Quiero que aprendan que aquí no hay espacio para curiosos.
Los hombres asienten al unísono, obedientes, mientras la líder guarda el paquete bajo su capa y se gira hacia la duna, como si ya supiera dónde buscar.
Los ojos de todos se clavan en Flag y en mí, o bueno en la posición dónde estamos.
Mi piel se eriza cuando la mujer sonríe con una ironía maliciosa, su cuchillo blanco girando entre sus dedos con una gracia mortal.
Pero, es tarde para correr pues ya nos han rodeado.
Nos llevan a duras penas delante de la mujer.
—¿Qué hacemos con esas caritas lindas? —dice, su tono cargado de burla. No puedo evitar que una ola de furia me invada, y mis manos comienzan a hormiguear, pero me esfuerzo por mantener la calma.
Flag se coloca más cerca de mí, pero no antes de que la mujer se acerque, levantando su cuchillo hacia nosotros.
—Wow. —Deja escapar la mujer que parece más una líder que otra cosa—.
¿Eres tú el nuevo lienzo, no es así? —yo he escuchado esa frase antes.
Sí, me lo dijeron aquellos sujetos cuando estaba investigando con Esteban—.
Lo puedo sentir. Es… impresionante. Ellos tenían razón.
—Se le borra su burlona sonrisa—. Es hora de una prueba.
El aire cambia.
Primero es apenas un vibrar metálico, un sonido fino que se desliza entre las dunas como un cuchillo frío. Pero en cuestión de segundos se vuelve un estruendo, como si mil placas de hierro chocaran entre sí al mismo tiempo. Trago en seco. Reconozco ese sonido.
Me doy la vuelta, instintivamente, y el mundo se me parte en dos.
—No… no puede ser… —susurro, sin aire.
Un Venusfly emerge entre las dunas levantando una tormenta de arena.
Es más grande que cualquiera que haya visto en los informes: una criatura mecánica retorcida, con patas de hierro articulado y una cabeza que parece una mezcla de engranajes y mandíbula metálica, pero con aspecto de una rosa marchitada.
De sus brazos surgen dos guadañas colosales, curvas, negras, brillando como si bebieran la luz.
Y las usa.
Los gritos se mezclan con el sonido de hueso contra metal. Cuerpos que se quiebran. Sangre que cae en la arena caliente como manchas de tinta oscura. Todo ocurre demasiado rápido para procesarlo.
—¡Retrocedan! ¡Retrocedan ya! —grita Flag, pero su voz se ahoga en el caos. Y sale disparada hacia la multitud.
La multitud explota en pánico. Hombres idénticos corren en todas direcciones… pero una parte de ellos no huye. Algunos avanzan hacia el Venusfly, como si no temieran morir.
Y entonces, busco a la mujer del cabello gris.
Pero no está donde debería.
—¿Qué diablos…? —murmuro, con un nudo en el estómago.
La veo a unos metros. De pie. Inmóvil. La tormenta de arena gira a su alrededor, pero ella parece anclada en una calma antinatural. Después, su boca se curva en una sonrisa lenta… una sonrisa sádica, como si todo aquello fuese una función especialmente preparada para ella.
Y sin una sola mirada hacia los suyos, se da la vuelta. Comienza a alejarse entre el caos como si caminara por un jardín tranquilo.
Un temblor profundo sacude la arena. No uno, sino varios pasos que hacen vibrar hasta el aire. Giro la cabeza a tiempo para ver una sombra masiva elevarse detrás de nosotros.
—¡Cuidado! —grito, aunque nadie parece escucharme.
Debo apartar a los civiles de los Venusfly.
El que apareció anteriormente no vino solo: más criaturas comienzan a brotar de la arena, sacudiendo y rompiendo la atmósfera como tijeras cortando un hilo.
El suelo vibra con cada aparición, y el aire se llena de un olor metálico, como hierro oxidado mezclado con aceite quemado.
Un Venusfly arremete contra una mujer que intenta proteger a sus dos hijos, casi adolescentes. La guadaña la atraviesa en un solo movimiento, y los gritos ahogados de la multitud se mezclan con el chirrido de engranajes. El monstruo apunta otra guadaña hacia los chicos.
No puedo quedarme de brazos cruzados.
Corro lo más fuerte que puedo. Las púas del Venusfly se clavan en mi piel, y el dolor surge poco después, ardiente y punzante. Pero logro embestir a la criatura metálica con cabeza de rosa, desviando su ataque. El impacto me lanza al suelo, pero me incorporo de inmediato.
Me dirijo hacia los niños, reviso si tienen alguna herida grave. Ambos tiemblan, pero están ilesos. Les asiento con firmeza.
—Vamos. Por allá, recto. Huyan de aquí lo más pronto posible —les ordeno con urgencia.
Ellos asienten y corren, mientras el Venusfly tarda en recomponerse, regalándome un rugido metálico que hace vibrar mis huesos.
Entonces, una bestia gigante se abre paso entre las dunas.
Su rugido hace que el aire se quiebre y que mis huesos sientan miedo.
Pero, definitivamente, no es un Venusfly.
Sus brazos enormes, músculos tensos como cuerdas, y un rostro grotesco, mezcla de gorila y máquina, avanzan con furia descomunal.
Por un instante, creo que nos va a aplastar. Hasta que la veo. Cynthia.
La marionetista avanza desde la retaguardia, sus manos bañadas en luz azulada. Sus dedos se mueven como si dirigieran una sinfonía invisible, y cada gesto se replica en el gigante.