Capítulo 9 #5
Antes de ingresar a la zona del festival, repasamos el mapa una última vez y activamos nuestro modo furtivo.
Flag sigue mi mirada hasta el conjunto de trenes que se levanta frente a nosotros: una ciudad entera hecha de vagones antiguos, conectados con estructuras metálicas, luces tenues amarillas, y una música instrumental que flota como niebla.
En el centro, un espacio sin trenes sirve como plaza principal.
Arena blanca. Vigías oscuros en los bordes.
Un punto neutro donde confluyen viajeros y habitantes de distintos pueblos.
Flag me cuenta, en voz baja, que el Festival no siempre fue una fiesta.
Nació como conmemoración de las líneas férreas que reconectaron Chatarra con Bosqueoscuro y Enlinzort después de la caída de Commercek —un acto de necedad y esperanza a partes iguales, dicen—, porque nadie creía que valiera la pena reconstruir algo que ya se había roto una vez.
Con los años, la fecha se volvió celebración: música, comida frita, pequeños amuletos de hierro que la gente se regala por suerte.
Lo que empezó como un recordatorio de la ruina terminó siendo una fiesta a la terquedad de seguir existiendo.
Nos infiltramos sin levantar sospechas, cada uno en posición. Yvan recita mentalmente los puntos clave de la misión encomendada por Fylian. Flag y Cynthia cubren la retaguardia. Yo, al frente, observo la gente. Las señales. Las pequeñas anomalías.
El rastro de Fylian podría estar aquí.
La tensión del ambiente parece casi palpable mientras seguimos avanzando en el festival, con el caos a nuestro alrededor mezclándose con la música ensordecedora y la multitud que se disuelve entre las luces y los gritos.
El calor de la multitud nos aprieta, y la incertidumbre de lo que estamos buscando se convierte en una carga pesada en mi mente.
Aunque la misión es clara, mi estómago se revuelca.
¿Qué encontraremos aquí? ¿Realmente tenemos una oportunidad contra lo que estamos a punto de enfrentar?
Escucho a Yvan repasar las instrucciones una vez más, su voz tranquila, casi imperturbable, como siempre.
—Desviación de bienes estratégicos de fines malignos, Bosqueoscuro, bajo la frontera con Chatarra en el Cementerio de Trenes.
Punto de enfoque, Festival de los Trenes, que se realiza cada viernes en la noche —sus palabras son tan claras como siempre, pero aun así siento que todo esto es solo la punta del iceberg.
Su mirada se desplaza hacia nosotros mientras levanta la cabeza, la luz de las farolas centelleando en sus mechones dorados. Yvan es tan delgado que fácilmente podría pasar desapercibido si no fuera por esos ojos azules, siempre alertas, siempre evaluando.
—Sumando a la información que la señora le compartió a Rodrygo vamos a buscar a los cinco sospechosos principales.
Cabello opaco, maltratado, ojos hundidos, especialmente con cabello gris oscuro —pausa un momento, y me fijo en cómo sus ojos se fijan en mí, de repente más penetrantes que antes.
Un escalofrío recorre mi columna. Mi mente da un vuelco y un recuerdo fugaz se asoma, un sentimiento de incomodidad y ansiedad.
Me esfuerzo por esconder mi reacción.
—Rodrygo —dice Yvan, sin perder la compostura, como si ya supiera lo que está pasando en mi cabeza.
Me ofrece una mirada rápida antes de volver a concentrarse en el mapa.
Pero el daño ya está hecho, y mi cuerpo responde con tensión, mi mente agitada por la conexión entre la misión y lo que ocurrió con Esteban.
Mi respiración se acelera, pero trato de calmarme. No puedo perder el control ahora.
—Vamos a dividirnos —continúa Yvan, y su tono no deja espacio para dudas—. La noche es corta, necesitamos maximizar el tiempo. Flag y Rodrygo se encargarán de patrullar cerca del centro del Festival en busca de esos tipos.
Siento que el peso de la responsabilidad recae sobre mí. ¿Qué haríamos si los encontramos? ¿Qué pasa si son los mismos que atacaron a Esteban? No puedo dejar de pensar en lo que podría suceder si me topo con ellos.
—Recuerden —dice Yvan, ahora mirando con seriedad a todos—: Si nos topamos con alguno de ellos, lo mejor es alejarse y buscarnos lo más rápido posible.
No sabemos qué tan peligrosos pueden ser, pero estos tipos son traficantes de repuestos de Venusfly.
—Hace una pausa, como si pesara cada palabra—.
Y Rodrygo… si pasa algo, por favor, controla tu enojo.
Asiento con determinación, sabiendo que mi mayor desafío no es solo enfrentarlos, sino mantenerme bajo control, sin dejar que la ira se apodere de mí. Todo puede irse a la mierda si no logro mantenerme firme.
El ruido y la gente nos rodean cuando entramos en el Festival de los Trenes, y me siento pequeño entre tanta multitud.
Los vapores de los cigarros se mezclan con el olor a comida, el aire denso con el eco de la música estruendosa.
Flag me toma de la muñeca para guiarme, ayudándome a no perderme entre la multitud.
Nos separaremos pronto, tal como Yvan dijo.
Pero, mientras avanzamos, una pregunta se clava en mi mente, como una daga: ¿Por qué Fylian confió en mí para todo esto?
Al final del día, soy solo un novato en este mundo. No tengo nada especial, o al menos eso es lo que solía pensar.
Al acercarnos al centro del Festival, mis ojos se clavan en la figura de Flag, que también parece irremediablemente inmersa en sus pensamientos. Unos pasos más y nos separamos. El plan es claro. Encuentra a esos tipos. Infiltrarse, observar, seguir hasta que podamos reunir la información necesaria.
Pero, en medio de todo, no puedo evitar la sensación de que todo esto, todo lo que está sucediendo, está llevándome hacia algo mucho más grande de lo que imaginaba. Como si estuviéramos abriendo puertas que tal vez no deberían ser abiertas.
De repente, Flag se detiene, y mis pensamientos se ven interrumpidos por un grito débil que escapa de ella.
La observo con rapidez y me apresuro hacia ella, atrayéndola hacia mi cuerpo para protegerla.
Algo la ha golpeado en la multitud, y la noto temblar, aunque con rapidez, la obligo a seguir caminando, sin soltarle la muñeca.
No podemos detenernos. No podemos perder tiempo.
—¿Todo bien? —Le pregunto a Flag y ella asiente—. Mucha gente. Quédate aún más cerca.
Pero lo que veo luego, me congela. Un hombre, delgado, con el cabello gris oscuro, ojos hundidos y la mirada vacía. ¡Es uno de ellos! Tengo la certeza de que sí. Yo me enfrente a uno de ellos.
Nos movemos con cautela, mezclándonos con la multitud, sigilosos, cada paso medido, cada mirada oculta.
La música aumenta de volumen, ensordecedora, distorsionando el tiempo y los sentidos.
Todo se vuelve confuso, difuso. La visión de las personas que bailan se pierde, me hace sentir más perdido que nunca.
—Ven, creo que encontré algo —le digo a Flag en un murmullo que apenas mueve el aire.
Nos movemos en sincronía, como dos sombras deslizadas sobre la arena helada.
Las dunas blancas crujen suavemente bajo nuestros pasos, y el viento arrastra un olor metálico, aceitoso…
el aroma de los Venusfly. Es tan penetrante e inconfundible que me tensa los músculos al instante.
Algo dentro de mí reconoce ese olor como una advertencia.
Me agacho detrás de una formación rocosa y fijo la vista a lo lejos. Definitivamente, creo que encontré algo. Algo está terriblemente mal.
El pequeño grupo que había visto antes tres hombres, nada más, comienza a multiplicarse.
De entre las dunas van apareciendo más figuras, como si brotaran de la arena misma, pero realmente no.
Todos comparten el mismo tipo de rostro: pómulos marcados, mandíbulas tensas, ojos pequeños y duros.
Parecen copias unas de otras, variando solo en pequeños detalles, como cortes de cabello o cicatrices delgadas.
La semejanza es tan inquietante que me eriza la nuca.
—Esos tipos… —susurro, incapaz de arrancar la mirada.
Flag asiente sin una palabra, tragando saliva. Su postura cambia, más baja y alerta, como si su cuerpo entendiera antes que su mente el peligro en el que estamos.
Nos deslizamos hacia adelante con una lentitud casi como la de una tortuga, controlando cada paso para no levantar ni un puñado de arena. Pero a medida que avanzamos, la presión en el pecho se hace más fuerte, como si el aire se espesara alrededor nuestro.
—¿Estás seguro de que son ellos, Rodry? —pregunta Flag, apenas audible.
Asiento sin dudar. Sí. Son ellos. Y si ellos están aquí… significa que estamos más cerca del núcleo de esta operación de lo que jamás habíamos estado. Para ser la primera vez, creo que hemos podido encontrar algo, ahora debemos saber que es lo que hemos encontrado en sí.
De pronto, uno de los hombres pasa una tarjeta verde a otro.
El gesto es tan rápido, tan preciso, que parece premeditado, casi ceremonial.
El receptor la guarda dentro de su chaqueta con un movimiento mecánico, como si lo hubiera practicado cientos de veces.
En ese instante, la multitud se abre. No como personas moviéndose…
sino como si hubieran recibido una orden silenciosa, perfecta, imposible de cuestionar.
Y ahí está.
Una mujer delgada emerge del centro del grupo, avanzando con una calma letal. Su cabello largo y gris cae en mechones lisos, con un brillo metálico que recuerda al filo de un arma. Su paso es ligero, pero cada movimiento que hace altera el aire alrededor, como si este retrocediera para no tocarla.
Sus ojos… fríos, analíticos, de un gris tan pálido que casi parecen transparentes. Cuando los posa sobre los presentes, todos bajan la cabeza. No hay gritos. No hay amenazas. Solo su presencia.
Ella levanta una mano.
Todo se hace silencio.
Un silencio tan absoluto que incluso el viento parece contener la respiración. La duna frente a nosotros vibra con una ráfaga repentina de arena, como si el desierto mismo respondiera a su gesto.