Capítulo 9 #4
—Es muy tarde. Los vigilantes son perezosos y permisivos, pero yo no.
Y si descubro que han incumplido las reglas, habrá consecuencias.
—Eso se lo dice a Nick, porque lo mira fijamente a él—.
Pero en cambio tú, Clynk —el simple hecho de pronunciar lenta y seriamente mi apellido me hace intentar recular unos pasos no sé por qué.
Se inclina hacia mí, tan cerca que puedo sentir el olor metálico de su aliento, como hierro oxidado. Sus ojos brillan con una intensidad animal.
—¿Qué hacían exactamente?
Nick da un paso atrás, casi tropezando con la pared cercana.
—No estábamos haciendo nada malo, señor —balbucea.
El hombre lo mira con desdén, como si sus palabras fueran polvo arrastrado por el viento.
—Nada malo… —repite con ironía, dejando que la frase se alargue en el aire—. Eso lo decido yo.
El silencio se vuelve insoportable. Un sudor frío recorre mi espalda. Entonces, una voz firme corta la tensión como un cuchillo.
—Basta. Ya.
Esteban aparece desde la penumbra del pasillo.
A su lado, apenas visible entre las sombras, flota una tenue esfera de luz dorada del tamaño de un puño: Kendram, encendida por sí sola ante la oscuridad del corredor.
Su silueta emerge con calma, pero su presencia es inconfundible.
El hombre de los ojos marrones retrocede apenas un paso, como si reconociera la autoridad de quien habla.
—Ellos están conmigo —dice Esteban, con tono grave y seguro—. No tienes por qué interrogarlos.
El hombre lo mira fijamente, sus ojos brillando con un desafío contenido.
—¿Con ellos? ¿Y tú respondes por lo que hagan?
—Respondo por todo lo que ocurra bajo mi vigilancia —replica Esteban, sin titubear, su voz firme como piedra—. Y no es un secreto para ti el condicionamiento que tiene Rodrygo Clynk conmigo. ¿Se te ha olvidado quién coño lo ha traído hasta aquí?
El hombre bufa, un sonido áspero que resuena en el pasillo. No insiste. Se gira lentamente, como un depredador que decide dejar escapar a su presa, y sus pasos pesados se pierden en la oscuridad.
—Muy bien. Pero recuerden esto: la Sociedad del Hilo no tolera debilidades. La próxima vez, no habrá defensa. —Se detiene, gira hacia Esteban y su voz cambia, más baja, más íntima—. Eban… te aconsejo que cuides mejor las cosas que traes de afuera. No lo digo por ser un pesado, lo digo por ti… hijo.
Nick abre los ojos con sorpresa y deja escapar un murmullo entre risas contenidas:
—Por los cielos… con que es cierto.
Esteban se gira levemente hacia él, y yo le golpeo con el codo en las costillas para que se calle. Nick se encoge, aun sonriendo nervioso.
El hombre suspira, y de pronto su gesto severo se suaviza. Sus ojos marrones, antes tan intimidantes, se humedecen apenas con un brillo distinto.
—Sí, viejito. Lo siento —dice, y en un abrir y cerrar de ojos la tensión se disuelve. Su voz ahora suena más cálida, más cercana—. Me encargaré yo de ellos y les hablaré, ¿de acuerdo?
—Siempre confío en ti, Eban —responde su padre, y al girarse hacia nosotros aún mantiene un aire de autoridad, pero ya no es agresivo.
Su desdén se transforma en paciencia. Cuando vuelve a mirar a Esteban, el cambio es completo: su rostro se ablanda, y sus palabras se llenan de cuidado—.
Y no es tu guardia, es la mía. Así que intenta dormir un poco esta noche, al menos.
Se acerca y lo envuelve en un abrazo fuerte, prolongado, de esos que parecen querer proteger contra todo. Yo me quedo boquiabierto, sin saber cuánto tiempo pasa mientras los brazos del supervisor rodean a Esteban con una ternura inesperada.
—Buenas noches, hijo —susurra, con un tono que mezcla firmeza y cariño.
—Gracias… lo intentaré —responde Esteban, con voz más baja, casi emocionada.
Nick suelta el aire que había estado conteniendo, casi con un gemido. Sus manos aún tiemblan, pero ahora su expresión es de asombro más que de miedo.
Esteban lo mira de reojo, con gesto serio, aunque sus ojos todavía reflejan el eco del abrazo.
—Mi papá es un supervisor. General de los puntos de seguridad. No suele acercarse a las torres, por eso casi no lo han visto. Pero créanme… siempre está observando.
Nick se despide con un gesto rápido, un movimiento casi torpe de la mano, como si quisiera desaparecer antes de que alguien lo detuviera y se marcha por el pasillo hasta perderse en la penumbra. El eco de sus pasos se estira un instante y luego se disuelve.
Durante un momento, el silencio pesa. No es un silencio vacío, sino uno que parece sostener algo suspendido entre nosotros.
Las lámparas chisporrotean suavemente, lanzando destellos cálidos que bailan sobre las paredes y se reflejan en la piel de Esteban, dibujando contornos más suaves de lo habitual.
El viento se cuela por las rendijas y hace vibrar las cortinas, como si intentara colarse en la conversación.
Trago saliva antes de atreverme a hablar. No debería hablarle, de eso es seguro. Creo que sigo un poco molesto o incómodo con él.
—¿Cómo te has sentido? —pregunto, mirándolo de reojo, aunque mi mirada se demora un segundo más de lo que debería.
Esteban permanece inmóvil, con los hombros tensos y los brazos cruzados. Su postura es rígida, defensiva, pero hay algo en la forma en que baja la mirada al suelo… algo frágil. Suspira, un sonido profundo, agotado.
—Mi papá… se llama Edran —dice al fin, y una sonrisa cansada le suaviza los rasgos, sus pómulos altos y sus ojos marrones—.
Siempre ha sido duro… pero también protector.
Lo que viste hoy es lo más cercano a su forma de decir que me quiere.
O eso creo yo. Y si me lo hecho creer, creo que ha funcionado bastante bien.
Cuando levanta la vista, nuestras miradas se cruzan. No sé por qué, pero el aire parece tensarse. Sus ojos tienen un brillo distinto, más vulnerable, y esa vulnerabilidad me golpea de una manera inesperada. Me obliga a sostenerle la mirada cuando normalmente sería él quien la apartaría primero.
—¿Y por qué no has dormido? —me atrevo a preguntar, bajando la voz. Su cercanía me vuelve consciente de cada sonido, incluso de mi propia respiración.
Esteban traga saliva, incómodo. Se pasa una mano por la nuca y su mirada se desvía hacia el suelo.
—No es nada… —murmura, pero la forma en que lo dice, casi en derrota, lo contradice.
La tensión en sus hombros se afloja apenas. Cuando continúa, lo hace con un susurro que vibra entre nosotros, como si hubiera decidido confiarme algo que no piensa decirle a nadie más.
—Es difícil cerrar los ojos cuando sabes que Fylian y Kyra… desaparecieron sin dejar rastro. Cada vez que intento descansar, lo único que veo es la sombra de lo que pasó. Y entonces… el sueño se rompe.
Me quedo mirándolo, procesando sus palabras, pero también la forma en que sus ojos tiemblan apenas al admitirlo. Esteban se frota el rostro, cansado, y cuando baja las manos me dedica una sonrisa que quiere parecer tranquila… aunque no le alcanza.
—Pero no te preocupes. Estoy acostumbrado.
—Eso no significa que esté bien —respondo sin pensar. La frase se escapa sola, demasiado honesta.
Esteban me observa, sorprendido. Por un segundo, la dureza habitual en su expresión se derrite, y algo más cálido más cercano aparece en su lugar. No dice nada, pero su mirada se sostiene en la mía con una intensidad que me obliga a inhalar más hondo de lo normal.
La distancia entre nosotros no cambia… pero se siente distinta. Más corta. Más consciente.
Asiento, incapaz de romper ese momento primero. Siento un nudo en la garganta, no solo por su confesión, sino por lo que flota en el aire: la certeza silenciosa de que, detrás de toda su fortaleza, Esteban carga más de lo que deja ver. Y de algún modo… me está dejando verlo a mí.
—Mi vínculo con Kendram en estos momentos es algo débil —confiesa—. Pero, trato de arreglármelas en las misiones. Pero, quiero decirte que sigo trabajando para encontrarlos.
—Sí —no me queda duda de que si lo hace. Se le nota mucho en sus facciones—. Yo también lo hago. Ya sabes… para no volverme un problema —y la mirada de Esteban se abre—. Buenas noches, capitán —y me giro apresurando mis pasos, y sosteniendo fuerte el papel con el mensaje de Fylian.
Más tarde, cuando nos preparamos para partir hacia el Festival de Trenes, noto que ninguno lleva armaduras.
Solo nuestros uniformes de reposo: suéteres ajustados con capucha negra, pantalones holgados y botas de seguridad.
El motivo es simple: aún no hemos pasado a las prácticas avanzadas, y sin aprobación, no hay equipamiento de combate.
—Los trajes tienen un modo furtivo, ¿de acuerdo? —nos explica Yvan, señalando a la dirección de su antebrazo izquierdo—. Cuando nos adentremos, vamos a activarlo para que los parches y cualquier identificación sobre la Sociedad del Hilo se oculten.
Nos adentramos en el camino con pasos decididos, aunque con pocas garantías de retorno. Yvan y Flag marchan al frente, sus siluetas recortadas contra la luz de los faroles dispersos. Cynthia se queda unos pasos detrás de mí, su andar silencioso como una sombra que nunca se despega.
Durante la marcha cruzamos varios pueblos.
Sus estructuras son sorprendentemente sólidas, pero los rastros de abandono se notan en las ventanas cerradas, en las grietas ocultas bajo fachadas ordenadas.
La pobreza se disimula, pero se siente en el aire, en las miradas cansadas de quienes nos observan.
La gente nos reconoce. Nuestros parches, nuestras capas con los símbolos de la Sociedad, nos delatan.
Algunos bajan la mirada, otros murmuran entre sí.
Nadie se acerca. Aceleramos el paso, sin demostrar emociones.
El silencio es estratégico: no sabemos quién nos observa ni qué podemos despertar si nos detenemos demasiado.
Lo único que me da cierta calma es saber que Cynthia lleva su marioneta. Si algo se complica, al menos tendremos una carta de respaldo.