Capítulo 9 #3
—Me dijo que todo tenía un propósito. Que esa rosa no se marchitaría sin razón. Y que si alguna vez encontraba alguien con ojos como los suyos… entonces el destino los guiaría hasta el lugar correcto.
El destino.
Sus palabras flotan en el aire. Cada sílaba que dice me atraviesa como una flecha, y siento que todo lo que he estado buscando está justo frente a mí.
Pero ¿qué significa realmente? Fylian siempre hablaba en acertijos, en metáforas que parecían no tener sentido hasta el momento justo en que todo cobraba claridad.
Ojos como los suyos. Yo… yo tengo los ojos de Fylian. ¿Será a mí a quien estaba guiando?
Ailura sigue hablando, y su voz se hace más firme. Parece saber lo que está diciendo, pero su mirada es casi triste.
—Así que lo que hice fue… ir a la Sociedad del Hilo. A pesar de que, en teoría, Fylian nació aquí. Pero de alguna forma, esa rosa… esa flor… viene de allá, ¿no creen?
—¿Y qué significa todo esto? —pregunto, más para mí mismo que para ella.
Ailura no responde de inmediato. Solo se queda mirando la ventana, como si las palabras que le estoy pidiendo no fuesen lo que más importa ahora. Entonces, finalmente, habla de nuevo, con una seriedad que me cala.
—Todo esto significa que el camino que están por recorrer está marcado, chicos —su mirada se fija en Nick y en mí—. Pero no será fácil. La rosa negra… no es solo una flor marchita. Es la señal de algo mucho más grande. Algo oscuro. Algo que está despertando.
Las palabras de Ailura se quedan flotando en la habitación, y siento como si el aire se volviera denso, espeso. Algo oscuro. Algo que está despertando.
Nick, que hasta ahora había estado callado, da un paso adelante, sus ojos llenos de una mezcla de determinación y cautela.
—Tenemos que seguir adelante. Lo que sea que Fylian haya dejado para nosotros, necesitamos descubrirlo. Y tal vez, solo tal vez, podamos detener lo que sea que esté viniendo.
Asiento lentamente, sintiendo el peso de lo que acaba de decir Ailura. El camino que nos espera no será fácil, pero ahora sé que no puedo darme el lujo de rendirme.
—¿Él te dejó algo? —le pregunto, un poco tenso.
Asiente. Se acerca al escritorio y saca una caja de madera, con bordes tallados con símbolos que reconozco del códice de simbología que tuvimos que estudiar en principios de teoría.
—Dijo que si alguien venía… con su misma mirada… debía dárselo. Estoy seguro de que eres tú, joven apuestísimo.
La caja se abre con un pequeño clic. Dentro, un mapa con bordes quemados. Y una nota:
“Donde el rugido de hierro se ahoga en arena y sombras florecen. Festival de Trenes. Rosa Negra. No llegar solo. Y cuando las rosas comiencen a marchitar, actuar es la única opción que tenemos.”
Festival de Trenes. Increíble. Ya, junto a mis amigos, tenemos una pauta para ese lugar. Nick silba bajito.
—¿Sabías que esto iba a ser tan literal?
Ailura se acerca y coloca una mano en el mapa.
—Él hablaba de algo oscuro. Una criatura que se estaba construyendo entre los trenes abandonados. Decía que no era una marioneta. Que no respondía a ningún Hilo humano.
—¿Una bestia? —pregunto.
—Una abominación. Dijo que si alguien llegaba demasiado tarde… esa cosa ya estaría despierta.
Nick se inclina hacia el mapa, su rostro más serio de lo que le he visto en días.
—Entonces no llegaremos tarde.
—¿Y si está allí? —le pregunto a él, sin dejar de ver el mapa.
—Entonces lo encontramos. Y lo traemos de vuelta… aunque tengamos que cruzar cada maldito tren para hacerlo.
Ailura nos mira con tristeza y orgullo.
—Vayan con cuidado. Pero vayan. Si algo de Fylian aún vive, está esperándolos allí.
Salimos de la casa cuando la noche cae. Nick camina a mi lado en silencio por un buen rato, hasta que rompe el momento con su voz:
—Necesitas mi ayuda —Nick me mira con los ojos abiertos de par en par, la respiración agitada. Sus manos tiemblan un poco mientras señala la hoja que acabo de sacar de la caja de madera.
—No —le respondo de inmediato, con firmeza—. Puedo solo.
Nick frunce el ceño, se pasa una mano por el cabello negro y deja escapar un suspiro nervioso.
—Rod, lo siento, pero te he agarrado mucho aprecio y esto suena muy, pero muy serio. —Su dedo golpea el papel como si quisiera remarcar cada palabra—. Incluso parece una misión de alta prioridad. No sé… la verdad estoy un poco aturdido, con ganas de vomitar.
Hace una pausa, se lleva la mano al estómago y me mira con una mezcla de miedo y lealtad.
—No sé cómo te sientas tú, pero aquí sí existen los malditos peligros. Lo vimos, ¿no? Al salir, las rosas marchitaron en segundos. Eso no es normal. Yo creo que esto es demasiado grande para ti.
Me acerco un poco, colocando mi mano sobre su hombro. Hablo despacio, intentando que mi voz suene tranquila, aunque por dentro también me tiemble el pecho.
—Nick… agradezco que quieras ayudarme. De verdad. Pero no quiero que te pongas en riesgo por algo que no entiendes del todo. Yo sé lo que busco, sé lo que me juego.
Él baja la mirada, aprieta los labios.
—¿Y si te pasa algo?
—Me cuidaré —respondo, con un tono más suave—. He estado en situaciones peores y sigo aquí. No necesito que me salves, necesito que confíes en que puedo hacerlo.
Nick se queda en silencio, sus dedos aún crispados sobre la hoja. Finalmente, la suelta, como si aceptara que no puede retenerme.
—No me gusta la idea, Rod. Pero… si dices que estarás bien, entonces confiaré en ti.
Le sonrío apenas, intentando aliviar la tensión.
—Eso es lo único que te pido. Confianza. Yo me encargaré de esto.
Nick asiente lentamente, aunque sus ojos todavía reflejan preocupación. Se recuesta contra la silla, exhala con fuerza y murmura:
—Está bien… pero si algo sale mal, no me lo perdonaré.
Yo guardo silencio, porque sé que no hay forma de prometerle lo contrario.
No puedo involucrar a Nick en esto. No, no sería justo.
Él tiene su propio camino, sus propios desafíos, y creo que no puedo arrastrarlo a lo desconocido, a lo peligroso.
Ailura ha sido clara: lo que está despertando es mucho más grande que nosotros, más grande que cualquier lucha personal.
Y no quiero ponerlo en peligro. No, no esta vez.
—Nick… —digo, deteniéndolo en seco. Él se gira hacia mí, su expresión aún seria, pero con la preocupación pintada en su rostro—. No te preocupes por esto. Este no es tu problema. Solo… quédate al margen. Yo me encargaré de todo.
Él frunce el ceño. Pero, después de un momento, asiente, aunque sé que no lo hace porque esté de acuerdo, sino porque respeta mi decisión al cien por ciento.
—¿Estás total y completamente seguro, Rod? —su voz tiene un tinte de duda, pero también de comprensión. Sabe que lo estoy haciendo por él, aunque no lo diga en voz alta. Es como si de alguna manera ya lo hubiera intuido.
—Sí —respondo con firmeza, aunque dentro de mí algo se revuelca. Sé que estoy tomando una decisión difícil, pero también sé que es la correcta. Al final, solo me quedaré con el mensaje, con las piezas del rompecabezas que Fylian dejó atrás. Y eso, por el momento, tiene que ser suficiente.
Nick me observa por unos segundos más, como si quisiera decir algo, pero se queda callado. Solo suspira y da un paso atrás, dispuesto a dejarme ir por mi cuenta.
—De acuerdo —dice al final, con un tono que es mezcla de aceptación y preocupación. Luego, con una sonrisa que intenta parecer desenfadada, agrega—: Aunque no puedo prometer que me mantendré al margen si las cosas se complican.
Asiento, agradecido por su apoyo, aunque sé que tiene razón. A veces es difícil mantenerse alejado cuando los amigos están involucrados.
—La gente de la superficie es verdaderamente loca —dice Nick al final, sonriendo.
Sin decir nada más, nos giramos y comenzamos a caminar bajo la luz plateada de la luna.
El reflejo sobre el agua cercana nos acompaña.
Cada paso cruje sobre la grava húmeda, y el aire nocturno se siente pesado, cargado de incertidumbre.
Yo tengo un mensaje que descifrar y una serie de pistas que seguir, pero lo más importante de todo es que ahora sé que debo hacerlo sin involucrar a tantas personas.
No puedo arrastrar a nadie más al misterio de Fylian, al secreto de la rosa negra, ni al destino que parece esperarme al otro lado del Festival de Trenes.
Nick y yo regresábamos a la Sociedad del Hilo. El pasillo estaba casi vacío, iluminado apenas por las lámparas que colgaban de las paredes. El eco de nuestros pasos se mezclaba con el silencio nocturno.
De pronto, una mano rápida me toca el hombro y me gira con violencia.
Es tan ágil, tan planeada, que ni el cambio de aire me da tiempo de advertirlo.
Frente a mí, un hombre alto, de mirada feroz.
Debo alzar la cabeza para encontrarme con sus ojos marrones, idénticos a los de Esteban, pero más fríos, más calculadores.
Su barba perfilada muestra pequeñas marcas en forma de espiral, cicatrices que parecen símbolos grabados en la piel.
—¿Qué hacen a estas horas fuera de las instalaciones? —su voz retumba como un golpe seco, cargada de autoridad—. ¿Con qué propósito? —Posa sus manos sobre su cintura llena de un considerable armamento.
Nick se tensa a mi lado, traga saliva. Sus manos se crispan contra el borde de su camisa negra, y sus hombros se encogen. Yo intento mantener la calma, aunque el corazón me golpea el pecho como un tambor desbocado.
—Solo… regresamos —respondo, con un hilo de voz que apenas me reconozco.
—¿Hay toque de queda o qué? —Pregunta seguidamente Nick, alzando una ceja, pero incluso intentando ser irónico puede lograr ocultar cierto nerviosismo en su rostro.
El hombre arquea una ceja, cruza los brazos con lentitud, como quien se prepara para dictar sentencia.