Capítulo 9 #2
—Casi. Pero no. Me obligaron a trabajar con él durante un trimestre entero. En silencio. Codo a codo. Me aprendí cada uno de sus gestos, sus miedos, sus razones. Terminé dándome cuenta de algo: el tipo también tenía sus monstruos. Y aunque no lo justificaba, entendí que no éramos tan distintos.
Me quedo en silencio. Nick, por una vez, también lo hace.
—Rod —dice finalmente, mirando al agua—. La rabia no te hace débil. Te hace humano. Pero si la dejas gobernarte, te come por dentro. Lo que hiciste… fue por justicia. Pero si quieres tener verdadero poder, del que importa, necesitas aprender a elegir tus batallas. Y cómo pelearlas.
—No soy tan bueno como tú —murmuro.
Nick ríe, con una calidez que me desarma.
—Yo no soy bueno. Solo me he equivocado más veces. Tú apenas estás empezando. Y créeme… hay batallas más grandes allá afuera. Algunas no se ganan con puños. Algunas se ganan… así —sumerge la mano en el agua y la eleva lentamente, dejando que el sol refleje un arco en las gotas que caen.
—¿Así?
—Sí. Con paciencia. Con visión. Con calma en medio del caos. Porque a veces, Rod, el verdadero golpe… es el que no das.
Nos quedamos en silencio un rato más. El lago refleja el cielo.
Nos quedamos en silencio por unos segundos.
El agua del lago refleja trozos de cielo entre las ramas altas que lo rodean, y el canto de unos pájaros en la lejanía llena los huecos que dejamos al callar.
Tomo una piedra pequeña y lisa, la paso entre mis dedos como si pudiera exprimir de ella una respuesta más certera que las de Nick.
—¿Qué tanto conociste a Fylian? —pregunto finalmente, sin mirarlo, sintiendo que, en parte, ya sé la respuesta.
Nick deja de lanzar piedras. Se agacha junto a mí y resopla con cierta incomodidad.
—No mucho —dice—. No éramos particularmente amigos… es que vamos, era de cuarto y ya estaba metido en esas misiones eternas. Ya sabes cómo es esto, Rod. Cuando alcanzan ese nivel, apenas se dejan ver. Se vuelven como sombras con uniforme.
Levanta una piedra y la lanza con más fuerza de lo necesario. Rebota una sola vez y se hunde en el agua con un plop seco.
—Pero… —continúa, ahora con el tono algo más bajo—, era particularmente compasivo con todos. Hasta con los que no lo merecían. En especial…
Hace una pausa. Mira el agua. Las ondas siguen expandiéndose desde donde cayó la piedra.
—Ahora que lo pienso —dice, como si intentara recordar un sueño—, hace una semana dijeron vino una señora preguntando por él o por alguien que lo conociera bien. Una mujer mayor, de cabello gris y un sombrero marrón viejo, desgastado por el sol. Dijo venir de Aprilcol.
Me volteo hacia él, frunciendo el ceño.
—¿Y nadie la atendió?
—La vieron. Pero no le dieron mucha atención. Fue justo al cambio de guardia, creo. Unos especialistas de los de Torre Norte hablaron con ella unos minutos, pero luego la dejaron esperando. No se volvió a saber más.
—¿No te parece extraño? —digo, y mi voz suena más baja de lo que quería.
El lago se extiende frente a nosotros, oscuro y sereno, con pequeñas ondas que reflejan la luz tenue del atardecer. La vegetación alrededor murmura con el viento: hojas que se rozan, ramas que crujen suavemente. El aire huele a tierra húmeda y a agua fresca.
Nick se sienta a mi lado sobre una roca plana, inclina el cuerpo hacia adelante y lanza nuevas piedras al agua. El sonido del chapoteo rompe el silencio. Luego me mira, con los ojos cargados de algo que no sé si es duda o certeza.
—Me lo pareció, sí —dice, con voz baja, casi como si temiera que el lago escuchara—.
Más porque no volvió a venir. Ni siquiera dejó nombre, solo dijo que necesitaba hablar con alguien que conociera a Fylian…
como si ya supiera que él no estaba. ¿Entiendes?
No vino a preguntar por él tan directamente, vino a confirmar algo que temía.
Hace una pausa. Sus dedos juegan con otra piedra, la pasa de una mano a la otra.
—Luego, hablaba de que él la recordaría porque le regaló un artefacto de música e historia. Yo pensé que estaba completamente loca cuando escuché todo eso.
Nick suspira, se recuesta un poco hacia atrás y fija la mirada en el agua. El reflejo del cielo se dibuja en sus pupilas, y por un instante parece perdido en sus propios pensamientos.
Yo guardo silencio. Porque sé que no está loca. Pero no puedo darle ese detalle a Nick, por más que me sienta bien hablando con él.
El recuerdo me golpea: ese artefacto es el mismo que recibí la noche del conflicto con Esteban. Él me dijo que provenía de su última misión.
Aprieto los puños sobre mis rodillas, intentando que Nick no lo note.
El viento sopla más fuerte, y las ramas se agitan como si quisieran acompañar mi tensión. Genial, pienso. Tengo otra pista.
—¿Tú crees que debería buscarla? —le pregunto, mirándolo directamente.
Nick me sostiene la mirada. Luego se encoge de hombros, pero en sus ojos hay una seriedad que rara vez se le ve.
—Yo creo que, si hay alguien que puede encontrar a Fylian, ese eres tú. Y si esa mujer es parte de ese hilo… entonces ya sabes lo que hay que hacer, ¿no?
—Entonces iré —digo.
Nick sonríe, pero con melancolía.
—Sabía que lo dirías.
No es la primera vez que vengo aquí. Vine con Esteban. El camino a Aprilcol no es complicado, pero es largo y solitario. No llevo más que mi uniforme, una pequeña libreta de notas, y la piedra que recogí en el lago con Nick.
Aprilcol es un pueblo sencillo, de casas bajas y calles empedradas.
Huele a pan recién horneado, a humo de chimeneas y a tierra mojada.
La gente me mira con cierta reserva al ver el símbolo bordado en mi pecho.
La Sociedad del Hilo no es bien vista en todos lados, aunque todos acepten su existencia.
—¿Por qué siento que esto va a terminar con nosotros corriendo de algo que no entendemos y tú gritando mi nombre como si fuera tu marioneta personal? —dice Nick, mientras caminamos por un sendero de tierra rodeado de altos robles.
—Porque me conoces bien —respondo con una leve sonrisa, pero la verdad es que mi mente está muy lejos de bromas.
—Solo digo, si terminamos perdidos en un pueblo que huele a superstición y pan viejo, quiero que sepas que fue idea tuya.
Me toma un rato encontrar a alguien que recuerde a la mujer. Finalmente, un joven panadero me señala una casa con jardincillo desordenado y una valla rota, en las afueras del pueblo.
—La señora viene y va. No habla mucho. Pero si vino preguntando por alguien, seguro fue importante —dice mientras me da un trozo de pan envuelto en papel—. Tenga, por si el viaje le da hambre.
Agradezco el gesto. Camino hasta la casa. El jardín está lleno de flores… pero lo que me detiene es una en específico: una rosa negra.
Toco la puerta. La abre una mujer mayor de inmediato. Sus ojos se fijan en mí primero… luego en Nick.
—Rodrygo… y tú debes ser Nicholas, ¿verdad? —Nick y yo nos intercambiamos ciertas miradas súbitas, pero al final asentimos. La mujer mayor sonríe. Sí, cumple con las características que dio Nick e incluso lleva el sombrero desgastado puesto ahora mismo.
—Nick, mi señora. Aunque solo me llama así mi mamá cuando está enojada conmigo —responde, señalándome con el pulgar.
Nos invita a sentarnos, pero yo no estoy seguro de qué esperar. Nick no dice nada, pero puedo sentir la curiosidad en el aire. Nos sentamos.
—Soy Ailura. Fylian me ayudó una vez. Me salvó. Estaba herida cerca de las vías olvidadas. Nadie debía estar ahí… pero él apareció. Como si supiera que lo necesitaba —su voz es suave, pero con una carga emocional que hace que me quede en silencio, observándola con más atención.
¿Fylian? El nombre de mi mejor amigo se repite constantemente en mi cabeza, y cada vez que lo escucho, siento como si un rompecabezas que llevo armado en mi mente se fuera desmoronando poco a poco. Ailura nos mira a los dos, luego asiente levemente como si estuviera volviendo a esos momentos.
—¿Les gustaría algo para beber? —nos ofrece, con una sonrisa que parece más una cortesía que una invitación sincera. Negamos al unísono. No estamos aquí para eso.
Ailura no parece molestarse. Solo sonríe y se acomoda en su silla, preparándose para continuar.
—Seguro, seguro, dos hombres apuestos deben estar muy apurados —bromea con una risa baja, pero inmediatamente se ve que se toma algo más en serio.
La luz de la chimenea titila suavemente, y el tono de su voz cambia a algo más grave—.
Bueno, fui a la Sociedad porque el guapo Fylian una vez me pidió que entregase algo a alguien especial.
Muy especial, vaya que hizo énfasis en ese momento…
y yo me preguntaba, pero ¿por qué a él y no a las autoridades?
Yo evidentemente no quise abrirlo. Es que mi madre, en mis tiempos, me hubiese dado unas buenas nalgadas si me pillaba haciendo algo así, ¿saben?
Su risa me hace sonreír un poco, pero esa sonrisa desaparece rápidamente cuando sigo el ritmo de sus palabras. Cada una de ellas es una pista que encaja en mi mente como una pieza que no había considerado antes.
—Lo que es fascinante es todo lo que se mantiene.
En especial, la rosa negra que comenzó a marchitarse en mi jardín —la señora mira hacia el ventanal, y sus ojos se nublan ligeramente, como si esos recuerdos la golpearan con fuerza—.
Duró mucho tiempo. Fylian me la trajo, la vi crecer en mi jardín, y de un momento a otro comenzó a morir…
y yo me decía, ¿Qué estaría haciendo mal yo?
Entonces recordé lo que me dijo. Y quizás… quizás fuese una señal.
—¿Qué te dijo Fylian exactamente? —pregunto, más por impulso que por necesidad de saberlo todo. Pero algo en esa flor, en esa rosa negra, me hace sentir que estoy más cerca de entenderlo.
Ailura me observa, y por un momento parece vacilar, como si las palabras que va a decirle costaran más de lo que debería. Pero finalmente, las suelta, con un tono que parece más un susurro que un relato.