Capítulo 9
“A veces, lo que llaman evolución es solo un disfraz para el olvido. Los humanos no cambian: se fragmentan. Y en cada fragmento que dejan atrás, pierden algo que jamás sabrán recuperar. Fíjate bien, Rodrygo… La humanidad no se mide en circuitos ni conquistas, sino en lo que aún duele cuando nadie más lo recuerda.”
—Mensaje en la contraportada del cuaderno de dibujo de Rodrygo, como regalo de cumpleaños de parte de Fylian.
No puedo controlar mi respiración. Las sienes están a punto de estallar.
El pecho me sube y baja con violencia, como si cada bocanada de aire doliera.
La mano de Flag descansa sobre mi hombro, firme pero temblorosa.
Yvan grita mi nombre, una y otra vez, su voz filtrada como si viniera desde debajo del agua.
Pero un zumbido lineal me controla, no me permite realmente escuchar y entender lo que me dicen.
Hasta que Yvan me regala un empujón enérgico que me vuelve a traer a la realidad.
—¡Rodrygo! ¡Detente! ¡Ya basta! —insiste, pero sus palabras son cenizas en el aire, apagadas por la furia que me arde dentro.
Las sienes me estallan aún más, palpitantes, y siento cómo los latidos en mi cabeza compiten con el golpeteo brutal de mis nudillos contra el rostro de Clyber Heavyn, de primer año. No lo veo ya como una persona. Solo como un eco del impulso que no puedo frenar.
Mi vista se nubla. Los ojos me arden. La sangre martilla en mis oídos. Ni siquiera siento el dolor del impacto: solo un zumbido metálico que me domina, que me arrastra.
Unos minutos antes, solo íbamos camino al comedor. Cynthia llevaba su bandeja con dificultad, demasiada comida en una sola mano y Flag la ayudaba a avanzar entre las mesas repletas. Cynthia conoce el lugar, sí, pero aún se mueve con torpeza por su dificultad de la vista.
Entonces ocurrió.
Clyber Heavyn la empujó de forma tan brusca que la vimos caer como si el tiempo se detuviera: el rostro golpeó la vianda de comida, la tela de los ojos se desgarró, y el silencio en la sala fue inmediato.
Flag lo empujó de vuelta, sin pensar. Él respondió con una bofetada rápida, seca. Pero yo fui más rápido. El primer golpe fue inconsciente. Los siguientes, inevitables.
Y ahí estoy ahora. Fuera de mí. Poseído.
Hasta que unos brazos fuertes me levantan de golpe, rodeándome el pecho, separándome de Heavyn con una facilidad casi elegante.
El aliento del capitán Esteban roza mi oreja mientras me mantiene inmovilizado.
Mi cuerpo se relaja de golpe, no por voluntad, sino por agotamiento.
Miro mis nudillos. Arden. Duelen. Sangran. El olor a hierro me raspa la garganta.
Flag le dice algo a Esteban, rápido, nerviosa. No distingo las palabras. Yvan, a unos pasos, me hace señales con las manos: respira, respira, respira.
—Recuerda lo que practicamos… —murmura, aunque no sé si lo dice o solo lo imagino.
Lo recuerdo. Ese temperamento. Esa ira. Lo he visto antes. En mí. Caigo de rodillas. Y el mundo se apaga.
Despierto más tarde en la sala anexa. Solo Flag está conmigo. Cynthia ya descansa. Yvan fue a hablar con la directiva. Flag se ofreció a limpiarme los nudillos, aunque hay asistencia médica. No quise verla. No quiero la amonestación ni la mirada de juicio de ningún superior. Flag entendió eso.
—Esto va a arder un poco —me dice, sin juzgar, mientras aplica un líquido frío que me hace apretar la mandíbula.
Asiento en silencio. Ella trabaja en calma. Limpia cada herida con precisión, como si no quisiera hacerme daño… o como si necesitara hacer esto para mantenernos unidos.
Cuando termina, se levanta y va al pequeño lavamanos del rincón. Lava sus manos, los instrumentos, y suspira como si soltara un peso que no es suyo.
Está a punto de irse cuando me pongo de pie de golpe.
—Flag… —murmuro, apenas.
Se detiene en seco. Me da la espalda. No dice nada.
Lo sé. Sé que lo que hice no está bien. Fue errático, violento, desproporcionado.
Clyber está en mis mismas clases. Tal vez no justificaba su humillación a Cynthia, pero aquí…
aquí todos lo hacen. Aquí, en este lugar de muros negros y líneas grises y amarillas, donde las torres se alzan como dioses de piedra, la compasión es un lujo. La crueldad es rutina.
Camino hasta la ventana. La luna se alza en lo alto, blanca entre las nubes. El reflejo baña las torres. Flag se gira finalmente. Me mira. Niega con la cabeza.
—No puedes salvar a todos con los puños, Rodrygo —dice, con una mezcla de tristeza y firmeza.
—Lo sé, Flag. Pero, es que él golpea y siempre intenta humillar a Cynthia. Quizás no sea bueno en eso como lo creo —digo.
—Yo tampoco pensé que sería buena para ingresar a la Sociedad del Hilo —dice Flag, encogiéndose de hombros, con una media sonrisa cargada de duda—.
Era una tontería en su momento, ¿sabes? Si te has dado cuenta…
no soy tan diestra en casi nada. Ni siquiera puedo hacerme una trenza decente con este cabello.
Se lleva una mano al mechón suelto que le cae sobre la mejilla.
Sus ojos azules bajan de brillo, como si en el fondo de sus pensamientos hubiera un pozo de inseguridad demasiado hondo.
Me sorprende cómo baja la mirada, cómo se encoge, como si no quisiera verse…
y, sin embargo, ahí está, tan bonita que me descubro abriendo la boca, sin darme cuenta.
Ella retrocede un paso, incómoda, como si mis palabras hubieran tocado un punto sensible.
—Pero Yvan siempre me ha apoyado —dice, bajando la mirada por un instante—. Él siempre soñó con entrar a la Sociedad. Tú… no soportaste la selección, que, bueno, fue un poco complicada. Pero al final logré conseguirlo, ¿no?
Hace una pausa. Sus dedos juegan nerviosos con el marco de la ventana, y luego levanta la vista hacia el exterior. El cielo está teñido de un gris apagado, y la luz que entra apenas ilumina su rostro, dibujando sombras suaves sobre sus mejillas llenas de pecas.
—Allá afuera hay cosas peores que los brabucones que enfrenta Cynthia cada día —continúa, con voz más baja, casi reflexiva—.
Lo de ella es visible. Pero todos, en mayor o menor medida, llevamos una discapacidad por el simple hecho de vivir aquí abajo…
y no allá arriba, donde los platos siempre tienen pan y las casas nunca tiemblan por dentro.
Es decir, no tienen ciertas debilidades físicas o psicológicas.
Se gira hacia mí, sus ojos azules brillando con una mezcla de firmeza y melancolía.
—No digo que seamos pobres… pero hay una realidad distorsionada en Chatarra. Yo estoy aquí porque quiero un cambio. Quiero defender lo correcto. El poder es la vara que guía a los débiles. Y de donde venimos Yvan y yo… lo necesitamos.
Hace una pausa larga, como si dudara de si seguir hablando. Sus labios tiemblan apenas, y finalmente sus ojos se clavan en los míos. Siento que me atraviesan, que buscan algo más allá de mis palabras.
—Este lugar… este estado tan especial para mí… es más grande de lo que crees. Espero algún día poder enseñártelo, Rodrygo. —Su voz se suaviza, casi un susurro—. Pero dime… ¿por qué quieres ese poder, el de ser marionetista? Más allá de encontrar a tu mejor amigo.
El silencio se estira entre nosotros. Quiero responder, pero las palabras se atascan en mi garganta. Me doy cuenta de que estoy demasiado cerca, que puedo ver el reflejo de la luz en sus pupilas, y que mi mano se ha tensado sobre el escritorio como si buscara sostener algo.
—Yo… —empiezo, pero el sonido del timbre de salida corta el momento.
Nos separamos en silencio, aunque ninguno aparta la mirada de inmediato. Ella se mueve primero, recogiendo sus cosas con torpeza, y antes de salir me lanza una mirada fugaz, cargada de algo que no se atreve a decir.
Yo me quedo quieto, con el eco de sus palabras clavado en el pecho, como si se hubieran tatuado por dentro.
Me encuentro con Nick cerca del pequeño lago al este de la Sociedad del Hilo.
El lugar está tan lejos de todo que el viento parece llegar tarde, y las hojas de los sauces que bordean la orilla se mueven con una lentitud encantadora.
El trayecto hasta aquí me tomó unos cuarenta minutos a pie, pero valió la pena.
Nick salta de una piedra a otra como si no tuviera peso, lanzando de vez en cuando piedritas al agua.
Al caer, no se hunden, sino que rebotan varias veces, como si tocaran cuerdas invisibles tendidas sobre el lago.
Me siento en una roca grande, lo bastante cómoda para quedarme un rato. Cruzo los brazos, en silencio. Nick se acerca, mete los dedos en el agua helada, y luego sin aviso me da un golpecito en la frente.
—¡Ey! ¿Qué ha sido eso? —le pregunto, apartando sus dedos con una sonrisa disimulada.
—Golpe de realidad, Rod —responde, encogiéndose de hombros con su típica media sonrisa torcida—. No es letal, pero a veces hace falta, ¿no crees? Pues, por lo que vi, a ti te faltó porque casi matas a Heavyn.
Me rio por lo bajo, pero él se sienta a mi lado y suspira. Su mirada, por primera vez en días, se queda quieta.
—Sé que quizás te parezca muy aburrido sobre lo de Clyber —dice, sin mirarme—. Y sí, fue violento. Muy violento. Pero también fue real. No lo justifico… solo digo que a veces el dolor se nos escapa por donde puede.
—No fue la forma correcta —admito, bajando la vista—. Pero no podía quedarme quieto. Lo que hizo…
—Lo sé. Yo también he tenido ese fuego. Pero te cuento algo —hace una pausa, lanzando una piedra con más fuerza esta vez, que rebota cinco veces antes de hundirse—.
En mis primeras semanas, un tipo me provocó tanto que terminé rompiéndole la ceja en plena cafetería.
También por defender a alguien. También por impulso.
Lo miro, sorprendido.
—¿Y qué pasó?
—Suspensión, claro. Amonestación. Un discurso eterno del profesor Greltz sobre “la templanza como virtud”, ya sabes —rueda los ojos—.
Pero lo que más me marcó fue lo que pasó después.
Ese chico… con quien me peleé, resultó ser el hermano menor de una de las instructoras de la Torre de Meditación. Imagínate el problema.
—¿Te echó?