La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 8 #5
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Capítulo 8 #5

Frente a mí, Fylian grita mi nombre. Su voz se quiebra en la tormenta, pero llega hasta mí como un eco desgarrado.

Cada segundo lo veo alejarse más, absorbido por una niebla espesa que lo borra todo.

Quiero correr hacia él, quiero gritar, pero mi voz es apenas un murmullo ahogado, un sonido que se pierde en la lluvia. Esto realmente desespera, y mucho.

—¡No me dejes! —escucho mi propio grito. Es más joven, más roto, como si viniera de un niño que aún no entiende la magnitud de la pérdida. La magnitud de una tormenta que nunca acaba.

El dolor me aplasta. Es un peso insoportable en el pecho, un nudo que me ahoga. Siento que me hundo, que me pierdo en esa niebla junto a él.

Entonces, alguien me toma del brazo. Es Flag. Pero no la Flag real. Esta está herida, sus ojos llenos de lágrimas, la piel marcada por la tormenta. Ella también fue arrastrada por la niebla, también perdió a alguien.

—No puedes seguir culpándote, Rodrygo —dice ella, y su voz es la mezcla perfecta entre dolor y ternura—. Nadie podía detener lo que pasó.

Sus palabras atraviesan la tormenta como un rayo. El dolor en mi pecho se abre como una herida vieja, pero esta vez no lo aparto. Lo dejo salir. Siento el calor de mis propias lágrimas mezclarse con la lluvia. Siento que algo dentro se quiebra… y al quebrarse, deja entrar la luz.

Una voz distinta entra en mi mente: Zalmyram.

—Eso es, Rodrygo. Siente. Reconócelo. No lo encierres. Lo que no se enfrenta… se arrastra contigo.

Y como si algo hiciera clic, regreso.

Estoy de nuevo en la sala. Flag frente a mí, también con lágrimas en los ojos. Nos miramos sin decir palabra. Y asentimos al mismo tiempo. Por primera vez, creo que no me fue tan mal esta vez.

Estoy a punto de irme cuando la profesora Zalmyram me detiene con un leve gesto de la mano. Luego inclina la cabeza, indicándole a Flagbys que puede retirarse. Ella me lanza una mirada fugaz, como queriendo decir algo, pero se contiene y se marcha en silencio.

Con un chasquido de los dedos, la Esmeralda de Paz se desvanece en una estela tenue de luz verde. Zalmyram deja escapar un suspiro cansado, como si llevara demasiado tiempo sosteniendo algo invisible.

—Kybelm comenta que no es fácil adentrarse en tu mente —dice en voz baja, con una gravedad distinta a la que usó en clase—. Especialmente por… ciertas burbujas de ira que flotan sin descanso bajo la órbita de tu conciencia.

Hace una pausa, como si evaluara cuánto decir.

—Y eso —continúa— podría jugar en tu contra cuando intentes obtener tu marioneta al ingresar a la Torre de los Espejos. Puede volverse una desventaja real, Rodrygo.

La miro a los ojos, sorprendido por su franqueza, pero agradecido.

—Me esfuerzo lo más que puedo, si soy sincero —respondo—. Pero creo que el problema es que… uno no siempre nota esas burbujas. No sabe si están rotas o si siquiera existen, hasta que alguien más las ve. Y tal vez eso nos pasa a todos, ¿no cree?

Zalmyram asiente con una leve sonrisa que no alcanza a borrar del todo la preocupación en su rostro.

—Lo creo. Y, sin ofender, también creo que las personas de Conquista… guardan un dolor muy particular. Uno que no siempre saben dónde poner, así que lo entrelazan con su deseo de poder. Con su ambición.

Asiento, sin saber qué responder. Sus palabras se sienten más ciertas de lo que me gustaría admitir.

—Gracias por decírmelo —le digo al final, apenas un susurro.

—Conocí a Fylian. Muy bien, créeme —dispara Zalmyram, de pronto con un tono más personal, casi melancólico—. Era… particularmente bueno en casi todo. Tenía esa maldita habilidad de estar siempre un paso adelante, incluso cuando parecía distraído.

La miro con atención. El aire entre nosotros se tensa. Ya no estamos hablando como profesora y estudiante.

—Sé que estás aquí para buscarlo —añade con calma—. Y, para hacerlo, necesitas gestionar todo eso que llevas dentro. Es ira, sí, pero también es confusión, miedo… y esperanza. Si no lo haces, ese camino que te espera será mucho más difícil.

Hace una pausa, y por un segundo parece dudar, como si estuviera decidiendo si decir lo que viene.

—Te cuento algo… —continúa, bajando la voz como si revelara un secreto—. A él le gustaba hablar mucho sobre ti. No sabía que eras tú, claro. Pero hablaba de un joven al que había dejado atrás. Uno que, decía, un día entendería por qué se fue.

Mi garganta se cierra de golpe. El corazón me late más fuerte.

—Puedo ver tus ganas de encontrarlo, Rodrygo. Están ahí, gritándome. Y eso me dice que sí… que eres tú.

Zalmyram me clava la mirada, y sus ojos, por un instante, se tornan suaves, comprensivos.

—¿Sabes? Algo que identificaba a Fylian era su forma de dejar pistas. Le encantaba ocultar verdades en medio de problemas. Era su manera de entrenarnos, pero también su forma de decir “te estoy esperando”. Te suena, ¿no es así?

Y entonces lo veo.

Tan real, tan inesperado, que se me eriza la piel. Como si una memoria que no sabía que tenía se hubiera activado de golpe.

Una imagen. Un gesto. Una palabra que alguna vez me dijo y que ahora cobra sentido. Ella solo asiente de nuevo, y por un momento, el silencio entre ambos es más valioso que cualquier consejo.