La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 8 #4
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Capítulo 8 #4

Lo hacemos justo a tiempo. El tercer golpe es acompañado por una onda expansiva que barre el campo. El fuego se apaga de golpe, absorbido por el rugido de la marioneta de Murmush, una explosión sónica que hace vibrar los huesos y distorsiona el aire.

Grealish cae. Ruge. De dolor. De impotencia.

La marioneta reptil cae con él, las llamas extinguidas, su cuerpo derrotado. Silencio. Y luego: aplausos. Notas frenéticas. Murmullos. Gritos de emoción.

Yo suspiro, aliviado. Aposté por Murmush… y ganó.

Ahora lo veo claro: su táctica fue la vulnerabilidad aparente.

Permitió que Grealish se confiara. Midió sus ataques, su ritmo, su alcance…

y cavó su trampa justo debajo de sus pies.

Lo entendí. Las clases de Wylcam no solo enseñan teoría.

Enseñan guerra mental. Y lo mejor de todo: presencié un auténtico espectáculo de marionetas. Uno que no voy a olvidar jamás.

Flag me espera en la puerta de la sala de meditación, moviendo una pierna con inquietud. La noto más seria de lo habitual. Cuando me acerco, intenta esbozar una sonrisa, pero no logra disimular los leves tonos de nerviosismo que tiñen sus mejillas pálidas.

—¿Ya estás listo? —pregunta sin mirarme directamente, como si quisiera evitar que le dé una excusa para decir que no.

—No sé si estoy listo… pero estoy aquí —respondo, forzando una sonrisa tensa.

Hoy es clases en pareja. Hoy nos toca trabajar de a dos, y el profesor Felyan fue claro: necesitaremos conectar profundamente para la dinámica del día.

Me tocó con Flagbys, lo cual me alivia un poco.

Ella, aunque no revela los trucos que la llevaron al éxito, superó la última simulación mental creada por Queenbelk.

Así que, quién sabe, tal vez eso juegue a nuestro favor.

Yo… necesito los puntos. No estoy avanzando como debería, y Yvan me lo recuerda cada vez que puede. A veces con bromas. A veces con silencios que pesan más.

Entramos juntos. El espacio es amplio y circular, con paredes de piedra pulida que parecen respirar calma. La luz cálida baja desde el techo como si fueran hilos de sol descendiendo en cámara lenta. El aroma a incienso, mezclado con madera húmeda, llena el aire como una caricia invisible.

En el centro de la sala, sentada con las piernas cruzadas sobre una plataforma de piedra ligeramente elevada, se encuentra la profesora Zalmyram, asistente del profesor Felyan y, al parecer, su reemplazo para hoy.

Según se dice, Felyan tuvo que atender una clase importante, así que la jornada queda en manos de ella.

Zalmyram mantiene los ojos cerrados, la respiración profunda, y su presencia, aunque serena, impone.

Su largo cabello blanco cae como una cascada de luz plateada sobre los hombros.

Lleva una túnica azul oscuro que parece beber la luz del ambiente.

En sus pliegues, bordados brillan con hilos de plata y oro, formando constelaciones que se mueven lentamente, como si el cielo nocturno estuviera atrapado en su ropa.

No es un simple adorno: los patrones giran con una voluntad silenciosa, como si respondieran a su energía interior.

A su lado flota su marioneta, un Esmeralda de Paz.

Similar al del profesor Felyan, pero con rasgos más suaves, casi etéreos.

Su rostro, aunque mecánico, tiene una delicadeza casi humana.

Los ojos, dos piedras verdes refulgentes, parpadean con una luz tenue que cambia con cada inhalación de su marionetista.

Zalmyram no necesita hablar para hacerse notar. Hay algo en su quietud que hipnotiza. Como si el tiempo mismo se replegara a su alrededor, esperando instrucciones.

—Rodrygo. Flag. Bienvenidos. —Su voz resuena dentro de mí más que en mis oídos—. Hoy no van a luchar contra nadie más que ustedes mismos, ¿de acuerdo?

Nos sentamos frente a ella. La luz baja un poco más. Todo se vuelve más íntimo, más interno.

—Van a entrar en sus propias mentes —dice Zalmyram con una voz tan suave como firme, que flota en el aire como si no perteneciera del todo a este mundo—. Pero no estarán solos. Yo estaré allí con ustedes… observando, guiando si es necesario.

Abre los ojos. Son de un gris casi transparente, como espejos sin fondo. Su mirada se posa sobre todos nosotros con una mezcla de compasión y advertencia.

—Solo recuerden algo: lo que vean… lo que sientan…

no es el presente. Es el pasado. Es un eco.

No lo teman. Escúchenlo. —Hace una pausa breve, como si diera espacio al aire para asentarse en nuestros pulmones—.

Si puedo darles un consejo —añade, bajando el tono con una intensidad que pone la piel de gallina—, y es el que siempre le doy a todos: el pasado doloroso suele ser peor que un Venusfly.

Es un monstruo que no necesita garras para herirte, solo recuerdos.

Pero como cualquier criatura, puede ser enfrentado.

Puede vencerse. Es decir, tiene una debilidad.

Zalmyram entrelaza los dedos sobre su regazo. Su marioneta, flotando a su lado, inclina levemente la cabeza, como si también escuchara.

—Y para hacerlo… hay que aceptar. Aceptar que sucedió.

Que lo vivimos. Que dolió. Porque no hay marioneta, por poderosa que sea, capaz de hacernos retroceder en el tiempo.

Nada de lo que hagamos cambiará lo que ya fue, aunque en el fondo…

aunque en lo más profundo de nosotros, lo deseemos con toda el alma.

El silencio que sigue no es vacío. Es un pozo profundo en el que todos caemos por unos segundos, como si el aire mismo se hubiera detenido. La sesión comienza.

Cierro los ojos con toda la valentía del mundo, pues sinceramente estas sesiones no sé cómo no me han hecho que me orine encima.

Y de pronto… ya no estoy en la sala.

Estoy en un muelle. El agua negra golpea con violencia las rocas, cada impacto retumba en mi pecho como un tambor de guerra.

La lluvia cae sin piedad, fría, cortante, clavándose en mi piel como agujas.

El viento me arrastra, pero no puedo moverme.

Estoy atado por hilos invisibles, tensos, crueles.

Mis pies no responden. Mis brazos pesan como hierro.