Capítulo 8 #3
—Estoy de acuerdo, aunque casi nunca estoy de acuerdo con ustedes —dice Cynthia, encogiéndose de hombros con una sonrisa ladeada—.
Recuerden que somos como una unidad de seguridad, y si no tenemos iniciativa para ejecutar una…
—se cubre la boca con ambas manos, como si se arrepintiera de decirlo, y susurra—, una misión…
Yvan frunce el ceño, al igual que Flag.
—Y yo estoy dispuesta a hacer esa misión por ti, Rodrygo —añade Cynthia, asintiendo con convicción—. Porque sé que eres un buen amigo, y si yo estuviera en esa situación, tú no me dejarías sola. Así que, yo los protegeré.
Los demás asienten al unísono. Siento un cosquilleo en el pecho que no sé si es felicidad o el peso del compromiso que estoy asumiendo con todos ellos.
Son… geniales. Lo he comprobado con las mañanas y noches de estudio, cuando comemos dulces en nuestras habitaciones, cuando reímos hasta que nos duelen las costillas.
Todo eso me recuerda a Fylian, mi mejor amigo, secuestrado.
Dejo escapar un suspiro, un poco ahogado, y Flag comienza a acariciarme la espalda con suavidad.
—Toda misión debe comenzar con un objetivo —dice Cynthia, dejando una pausa intencional, como si esperara que alguien más complete la frase.
—Buscar pistas del paradero de Fylian y Kyra —interviene Yvan—. Según los reportes, a ambos se les asignó la búsqueda en ese sitio…
Pero Yvan no parece convencido del todo.
—Aunque, hay cuatro reportes más que indican que sí regresaron después de haber estado ahí.
Todos los documentos dicen que el capitán y la capitana volvieron a la Sociedad del Hilo —sostiene un archivo, busca algo, y luego toma otro—.
Sí, esta es la fecha más antigua. Y aquí —me muestra el segundo archivo—, está el más reciente, justo antes de las semanas que nos comentaste, Rodrygo.
Asiento firmemente. Yvan acomoda los archivos por orden cronológico, con una sonrisa satisfecha. Es increíblemente organizado, incluso más que Flag, a quien le doy un pequeño codazo. Ella arquea una ceja, entendiendo el motivo, pero no dice nada.
—Comenzaremos la búsqueda en el Gran Festival de Trenes. Tenemos dos días. Debemos estar preparados para cualquier cosa. Las misiones de este tipo son de categoría alta. —Yvan se soba el antebrazo, con su suéter negro de líneas amarillas—. Siento que la clase de meditación me va a volver loco.
Flag logró salir ilesa de la última clase, así que me pongo del lado de Yvan. Cruzamos los brazos al mismo tiempo. Flag se posiciona junto a Cynthia, y ambas arquean las cejas en perfecta sincronía.
—Hombres —dicen ambas al unísono y poniendo los ojos en blanco.
—Necesitamos que nos ayuden —digo, con seriedad.
—Son superaciones personales, Rodrygo —responde Cynthia, con un tono amable pero firme—.
No hay atajos en esto. Deben aprender a concentrarse.
Eso que ven… no es real. Lo que sí es real es el daño que causan los recuerdos inconclusos, los que te hirieron en su momento.
Pero eso, ya no existe. Y no debería seguir lastimándote.
Hace una pausa y su voz baja, pausada y grave, señal de que habla con completa sinceridad.
—Seremos marionetistas, y nuestros compañeros estarán vinculados a nuestras mentes. Si dejamos que los recuerdos nos dañen… también los dañaremos a ellos y viceversa.
Flag asiente con la cabeza una y otra vez. Yvan se encorva un poco; supongo que es la preocupación lo que lo dobla.
Voy apresurado hacia la clase de principios de teoría, cuando Esteban se interpone en mi camino. Se planta frente a mí, brazos cruzados, ojos marrones que me estudian de arriba abajo. Hace un leve gesto con la cabeza para que lo siga. Miro el reloj: tengo tiempo.
—Buen trabajo en la clase de principios de teoría. Al final, te evaluarán con todo lo que aprendiste —me dice mientras me da un suave golpe en el hombro contrario al del símbolo del “uno”—. Te pondrán la etiqueta de superación con el emblema de la Torre… pero con un “uno” incrustado.
Su voz es baja. La barba está más poblada, no parece habérsela perfilado, y su cabello luce desordenado, bueno, más de lo normal. Su mirada sigue siendo intensa.
—Ese día en el lago… sentí esperanza. Pensé que podríamos encontrar a Fylian y Kyra.
Pero fui apresurado —frunce el ceño, se recuesta contra una pared, suspira—.
Luego nos atacó ese Venusfly. Después, el conflicto con los bandidos.
Encontramos a Haalynd en medio del Jardín de Espadas…
Muchas cosas pasaron, y eso que ni siquiera has tenido clases formales de combate. Pero adquiriste experiencia.
Hace una pausa.
—Ponte las pilas y supera la clase de meditación. Es importante. Y si quieres un consejo: en vez de intentar contener la rabia, o huir de ella… libérala. Di por primera vez todo lo que siempre quisiste decir.
Y con eso, se marcha. Me deja con las palabras colgando en la boca.
—Hoy haremos la clase un poco más divertida —dice el profesor Wylcam con una sonrisa, mirando por encima de mí hacia el grupo de seis que siempre se sientan al fondo. Esos que cuestionan todo.
Lleva puesto un traje de capitán, con protecciones y una braga igual a la que usa Esteban. Tiene presencia.
—Vamos a comenzar.
Las gradas comienzan a separarse lentamente, como si el mundo mismo respirara profundo antes de contener el aliento.
El sonido metálico del mecanismo chirría en el silencio absoluto, y el movimiento nos obliga a sujetarnos con fuerza a los bordes para no perder el equilibrio.
Un zumbido grave recorre el espacio, vibrando en los huesos.
En el centro, el suelo se desplaza, se ensancha, como un escenario que se prepara para algo colosal.
La sala se transforma en su totalidad.
Una bruma tenue se eleva desde las rendijas del suelo, y el olor a metal, madera quemada y aceite se mezcla en el aire como una advertencia. Luces tenues y circulares empiezan a iluminar el centro, lanzando sombras largas, alargadas, como si las figuras humanas se estiraran hacia lo imposible.
Aparecen dos figuras. Dos estudiantes de cuarto año.
Los puedo identificar por cada parche y emblema que embellecen sus chaquetas.
Ambos llevan trajes de combate: fibras oscuras reforzadas en hombros, brazos y pecho.
Las insignias de las torres bordadas brillan con sutil resplandor. Algunas completadas. Otras aún vacías.
El profesor Wylcam levanta una mano y su voz retumba, proyectándose en cada rincón:
—Tomen nota de lo que están por ver. Este es Grealish, cuarto año.
Está a punto de ascenderse a capitán. A su lado, Murmush, también de cuarto año.
Ambos ejecutarán un espectáculo de marionetas como nunca han visto.
Su tarea es identificar la raza de cada marioneta, las habilidades que despliegan, el dolor que expresan…
y los principios teóricos que aplican. No parpadeen.
Porque un solo pestañeo… puede hacer que lo pierdan todo.
—¿No se supone que está prohibido usar las marionetas para pelear entre nosotros? —pregunto, sin apartar la vista del campo de combate.
—Lo está —responde Nick, sentándose junto a mí como si la cosa no fuera nada—. Pero esto parece una excepción… extraordinaria. Supongo que incluso tuvo que pedir permiso al mismísimo Decano del Hilo para autorizarlo.
Hace una pausa, mirando con atención el duelo.
—Lo que me intriga —añade— es por qué. ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué aquí, frente a nosotros?
Se encoge de hombros y sonríe como si ya supiera la respuesta.
—Sea lo que sea, disfrútalo. Estas cosas no pasan todos los días. Yo lo tomaría como un homenaje. Para ti.
La tensión se espesa como el vapor antes de una tormenta.
Grealish y Murmush se posicionan en extremos opuestos del área. El silencio se hace pesado, reverente.
Sus dedos se elevan. Una luz tenue brota de sus yemas… pulsando como un latido.
Parpadeo… y ya están ahí. Las marionetas.
Grealish convoca a su Fuego Fatuo. Y el nombre no le queda corto.
Es una criatura reptiliana de cuerpo largo, forrado en escamas incandescentes.
Tres cuernos rojo carmesí emergen de su cabeza, como antorchas encendidas.
Tiene tres ojos que forman un triángulo perfecto, y uno de sus brazos termina en una maza colosal, envuelta en llamas vivas que giran con un ritmo propio.
El suelo tiembla cuando da su primer paso.
Su boca se abre… y comienza el asedio. Proyectiles de fuego emergen uno tras otro, trazando líneas ardientes por el aire, marcando el territorio con furia.
Cada explosión es una advertencia. El calor es real.
Lo sentimos en las gradas. Algunos retroceden instintivamente.
Murmush no responde con fuerza… responde con paciencia.
Corre en dirección opuesta, ágil como una sombra. Y entonces su marioneta emerge: Obra de Bosqueoscuro.
Una criatura humanoide, alta, de proporciones inquietantes.
Compuesta de ramas oscuras entrelazadas con precisión ritual.
Tiene cuatro brazos, dedos como dagas de madera, y dos ojos verdes brillando como linternas en medio del abismo.
De su boca brota una energía etérea, verde, palpitante, como una respiración arcana.
Fuego Fatuo avanza, imponente, escupiendo fuego, marcando cada paso como un tambor de guerra. La criatura de Murmush bloquea con un escudo formado por raíces endurecidas, que estallan al contacto, liberando chispas y vapor.
Golpes. Ráfagas de aire. Chispas. Lenguas de fuego girando como látigos. Todo parece inclinarse hacia Grealish.
Hasta que ocurre.
Del suelo, detrás de Grealish, emergen sin aviso raíces negras, gruesas, salpicadas de espinas.
Lo atrapan con una velocidad imposible. Suben por sus piernas, su torso, sus brazos, y lo inmovilizan completamente.
Rugido de Fuego intenta liberarse, pero otra raíz lo atrapa por la cola y lo detiene con una brutalidad precisa.
El contraataque cae como una sentencia.
Tres golpes. Veloces. Brutales. Perfectamente sincronizados.
El profesor Wylcam alza la voz:
—¡Cúbranse los oídos!