La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Después de cenar, regresamos a mi habitación sin decir mucho.

El aire está cargado, no sé si de tensión o de incertidumbre, pero pesa sobre nosotros como una losa.

Lo cierto es que esto es grave. Es lo que debí haber hecho con Esteban desde el inicio, si él no me hubiese ignorado todas estas semanas.

Me siento en el borde de la cama, la espalda rígida, y respiro hondo.

Sé que no he participado demasiado en clases, especialmente en meditación, donde me cuesta concentrarme, pero no puedo rendirme ahora.

No cuando la vida de mi amigo puede estar en peligro o si ya lo está.

No lo sé. Lo que sí sé es que debo encontrarlo al menos.

Y debo convencerme de que sí soy capaz de hacerlo.

Coloco el documento sobre la mesa. La protección que antes lo sellaba ha desaparecido, como si el sello hubiese muerto.

Con la ayuda de Yvan y Flagbys, ambos con ese semblante sereno, casi inquietantemente sereno, comenzamos a leer los reportes.

Sus rostros permanecen inmóviles, pero sus ojos se mueven rápido, absorbiendo cada palabra.

Nos repartimos las diferentes misiones, pues veo que fueron varias y no solo una en el mes.

La información es contundente. Trago saliva, y al mismo tiempo ellos también lo hacen, como si algo espeso se nos hubiese quedado atorado en la garganta.

—Esto es lo que mencioné hace unos días —dice Yvan con voz grave, señalando las coordenadas en la pantalla holográfica y a su lado los documentos.

Sus dedos largos se mueven con precisión, marcando cada cifra—.

Estas cifras coinciden exactamente con lo que se estudia en principios de teoría, cuando se nos enseña a evaluar códigos.

Se inclina hacia adelante, el ceño fruncido, y continúa:

—Es el lugar donde se trafican piezas de Venusfly. Pero lo extraño es que aquí está disfrazado como el “Gran Festival del Cementerio de Trenes”. Solo hay un sitio que encaja con ese nombre…

El silencio se vuelve más denso. Flagbys se muerde el labio inferior, nerviosa, mientras Yvan ajusta el mapa virtual con un gesto de la mano. La proyección ilumina la habitación con tonos azules y verdes, reflejándose en sus rostros.

Comenzamos a trazar el primer punto en el mapa.

Desde nuestra ubicación en la Sociedad del Hilo, la distancia hasta el lugar indicado se revela con claridad.

Está cerca de la frontera con Bosqueoscuro, pero también se extiende hasta una franja que roza los túneles de Conquista…

el mismo sitio donde fui atacado por el Venusfly.

También, hay una distancia bastante considerable con el Jardín de Espadas.

El recuerdo me golpea con fuerza: la sensación de las fauces, el miedo, la desesperación. Trago saliva otra vez, más fuerte, como si quisiera ahogar el recuerdo.

Incluso pienso en aquel desayuno con Esteban, tan cerca de ese lugar, tan lejos de lo que ahora sabemos.

Fylian… ¿en qué te has metido, amigo?

—Así que tiene conexión —dejo escapar sin pensarlo, y mis amigos me miran de golpe, como si mis palabras hubieran encendido una alarma invisible—.

Es decir, estuve en el Jardín de Espadas, les conté, ¿se acuerdan?

Y… no es que sepa mucho de los mapas de Chatarra, pero es evidente que ese festival se celebra cerca de ese punto.

Fue como el principio de algo sospechoso.

—Sí, la ubicación es correcta, Rodry —afirma Yvan, asintiendo lentamente, con el ceño fruncido y la mirada fija en el documento—.

El reporte se enumera como el inicio: recopilación de información y estructuración.

Los códigos son correctos y efectivamente era un punto clave, supervisado por el Ministerio de Defensa.

Pero… por cómo se formulan, aparentemente nada extraño ha sucedido.

Lo único que se reporta es a alguien con “cuerpo de burbuja, humo y… oído de sangre”.

—Hace una pausa, arqueando las cejas—. No entiendo bien. ¿Oído de sangre?

—O a lo mejor no sabes tanto como sueles aludir, Yvan —dice Cynthia, con una sonrisa ladeada, casi burlona.

—Esto no es un chiste, Cynthia —responde Yvan de inmediato, su voz cortante, mientras sus cejas se arquean aún más y sus dedos golpean el borde del escritorio con impaciencia.

El ambiente se tensa. Flagbys se mueve silenciosamente, casi como una sombra, hasta quedar a mi lado.

Sus pasos son suaves, pero su presencia se siente cercana, como si intentara ofrecerme algo de consuelo sin palabras.

Puedo percibir cómo me observa de reojo, y estoy seguro de que mi rostro refleja preocupación.

No es para menos. El capitán Esteban jamás pudo darme detalles concretos sobre esto. Solo aquella noche, bajo la luna llena, junto al lago cerca de mi casa… su voz dura, amenazándome para que viniera aquí. Nada más.

El recuerdo me atraviesa como un cuchillo. El reflejo plateado de la luna sobre el agua, el frío que me calaba los huesos, y la mirada de Esteban, tan implacable, siguen grabados en mi memoria. Aprieto los puños, intentando contener el temblor que me recorre.

Otro fugaz recuerdo se me viene a la mente, y no sé por qué…

—Rodrygo, ¿estás bien? —preguntó Fylian con voz baja, casi susurrada, mientras el frío de la noche parecía colarse entre las rendijas del silencio.

Negué con la cabeza, sin fuerzas para hablar, encogiéndome un poco más, con las rodillas apretadas contra el pecho.

Las lágrimas me escocían al deslizarse por las heridas abiertas en mis piernas.

Fylian se acercó sin dudarlo, arrodillándose frente a mí.

Sus movimientos eran suaves, casi temerosos, como si tuviera miedo de romper algo que ya estaba a punto de quebrarse del todo.

Con la manga de su chaqueta, limpió el rubor que teñía mis mejillas, sin preguntar por qué estaba allí, sin comentar el sutil rastro de labial que marcaba mi boca rota.

No dijo nada al respecto. No lo necesitaba. Su silencio fue más compasivo que cualquier pregunta. Y en ocasiones, necesitamos eso, alguien que se siente al lado de nosotros, en silencio, y nos apoye.

—Tienes que hacer algo —dijo por fin, con voz firme, cargada de urgencia contenida—. Tu mamá… ya sabemos que no va a intervenir. Pero tú sí puedes. Por más difícil que sea.

—¿Incluso si tengo que… meterme con gente peligrosa? —musité, con los ojos fijos en el suelo—. ¿Si tengo que hacer cosas que no están bien?

Fylian no titubeó.

—Incluso entonces, Rodry… —dijo Fylian, con la voz quebrándose apenas, como si cada palabra le doliera al salir—.

Si es la única forma de frenar lo que te está destrozando por dentro…

si es la única manera de buscar una luz, aunque sea tenue, en medio de toda esta oscuridad…

tienes que hacerlo. Aunque duela. Aunque nadie lo entienda.

Aunque sientas que estás completamente solo.

Hizo una pausa, y me miró como si pudiera ver todo lo que yo no sabía cómo poner en palabras.

—Pero eso… eso último nunca va a pasar. Porque yo estoy aquí.

Y lo estaré, siempre. Nuestra amistad no es cualquier cosa, Rodry.

Es como el lazo entre una marionetista y su marioneta: invisible, sí…

pero firme, eterno, imposible de romper.

Un hilo que, aunque se tense, aunque se enrede, nunca se corta del todo.

Sus ojos brillaban, y no supe si era por la luz tenue del cuarto o porque estaba a punto de llorar también.

—Y si alguna vez sientes que esos hilos se han roto… yo estaré aquí, Rodry, para coserlos de nuevo. Uno por uno. Porque te quiero, incluso si todo lo demás se cae. Incluso si el mundo decide girar al revés. Yo te quiero lo suficiente como para volver a unirnos cada vez que haga falta.

Me encogí más. No por miedo, sino por el nudo en el pecho que se hacía más fuerte con cada palabra suya. Me sentía pequeño. Invisible. Pero esas palabras me estaban dando forma otra vez.

—No sé si pueda… —dije, apenas audible.

—Yo sí lo sé —respondió él, clavando su mirada en la mía—. Y si no puedes… iré a buscarte. No importa cuán lejos estés, ni cuán oscuro se vuelva todo. No te voy a dejar solo en esto.

Sus palabras me temblaron dentro, como si hubieran prendido una chispa en lo más hondo de mí. Apreté los ojos, tragando la angustia, y por primera vez, sentí que quizá había un camino, aunque fuera el más difícil de todos.

Siento cómo me hormiguean las mejillas y mis sienes comienzan a latir con fuerza. Yvan, siempre metódico, toma el mapa virtual y comienza a trazar líneas con el dedo. Cynthia se encoge de hombros y suspira, mientras Flag se queda cerca de mí, como un escudo silencioso.

—El Festival es en dos días —anuncia Yvan, haciendo girar el mapa en el aire—. Cae sábado, así que solo tendremos medio día de entrenamiento muscular. Luego quedamos libres… a menos que alguien esté castigado y le toque limpiar o ayudar en la cocina.

Hace una pausa, buscando alguna reacción. Negamos todos al mismo tiempo.

—Perfecto. Aquí —dice, rodeando un punto en el mapa con un gesto circular—. Podemos llegar a esta zona, y de ahí subir a los trenes que nos dejarán cerca.

En ese momento, Flag resopla con fuerza, haciendo que su hermano se detenga en seco.

—¿¡Qué demonios te pasa, Flag!? —espeta Yvan, irritado—. ¿No ves que estoy explicando? ¡Me fastidias!

—Cierra la boca, idiota. Solo estoy suspirando —responde Flagbys, malhumorada, cruzándose de brazos.

Mira hacia un lado, como si se sintiera incómoda por la situación—.

Pero ir directamente, sin saber qué buscar, me parece un poco arriesgado.

Supongo que deberíamos poner en práctica todo lo que hemos aprendido en clase…

aunque honestamente, a veces se me olvida todo y ni siquiera recuerdo qué decir en estos momentos.

Solo somos estudiantes, ni siquiera hemos comenzado con las prácticas de combate o artes marciales, y la única que más o menos puede protegernos es Cynthia…

¿no les parece un poco, no sé…, arriesgado?