La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 8
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Capítulo 8

“A pesar de que ciertas misiones son emitidas directamente por el Ministerio de Defensa hacia las Sociedades del Hilo, se estipula que los expedientes deben resguardarse dentro de dichas instituciones, con el objetivo de facilitar futuras investigaciones o auditorías estratégicas.

Este tipo de asignaciones son clasificadas como especiales y, en la mayoría de los casos, están vinculadas a asuntos de índole política superior.

Aunque el Cónclave no suele aprobarlas de forma oficial ni pública, se apele a su carácter de urgencia e importancia nacional, y, por ende, la retribución económica asociada es aceptada por los directivos de cada Sociedad.

Con ello, la responsabilidad total —tanto del éxito como de las consecuencias— recae exclusivamente en dichas autoridades firmantes. ”

—Resumen del capítulo III del libro de Desarrollo de Actividades de la Sociedad del Hilo mención: el Arte de los Marionetistas.

La habitación se siente demasiado grande para el silencio que la envuelve.

Apenas una lámpara ilumina la mesa, proyectando sombras largas que parecen observarnos.

Flagbys entra detrás de mí, cargando un botiquín improvisado.

Sus pasos son nerviosos, casi torpes, y por un instante pienso que va a dejar caer todo.

Le sonrío a duras penas, pues el efecto de la herida en la mano comienza a tocar la puerta del dolor.

—Bueno… aquí estamos —dice, intentando sonar segura, aunque su voz tiembla un poco—. Tu mano parece un campo de batalla. De verdad que el tiro a ciegas fue algo que… sigo sin creérmelo —y sí, parte de esto fue gracias a ella que tuvo la idea.

Se tropieza con la esquina de la cama y suelta un pequeño grito ahogado. El botiquín se tambalea en sus brazos, pero logra sujetarlo a tiempo. No puedo evitar sonreír, aunque el dolor en mi palma me recuerda que no debería.

—No eres un desastre —murmuro, observándola—. Solo… distraída.

Ella se sonroja y abre el botiquín, revolviendo vendas y frascos con una torpeza que, lejos de molestarme, me resulta extrañamente tierna.

—¿Puedes poner la mano aquí? —pregunta, acercándose demasiado. Al intentar tomar mi palma, roza mi brazo con brusquedad.

—¡Lo siento! —se apresura a decir—. Es que nunca fui buena con estas cosas.

Yvan mucho menos. Cynthia no ve. Así que la mejor opción para ayudarte era yo.

Y claro, esto no es que me moleste en lo absoluto, realmente no me molesta para nada, nada.

Es solo para explicarte el motivo, ya sabes.

Creo que estoy hablando mucho y haciendo poco. Lo siento.

—No importa —respondo, conteniendo un gesto de dolor—. Lo importante es que intentas ayudar.

Sus dedos finalmente se posan sobre mi piel. Son cálidos, inseguros, pero firmes. El contacto me sorprende: hacía tiempo que nadie me tocaba con tanta delicadeza. Limpia la herida con un paño húmedo, y aunque el escozor me obliga a apretar los dientes, no me quejo.

—¿Duele mucho? —pregunta, mirándome con preocupación.

—Un poco —admito—. Pero el dolor me recuerda que sigo aquí. Que todavía puedo buscarlo.

Ella me observa en silencio, como si mis palabras fueran demasiado pesadas para alguien de mi edad.

—Hablas como alguien mucho mayor —susurra—. Claro, a veces. A veces eres gracioso, y también cuando echas tus comentarios sobre las comidas.

—Cuando pierdes a alguien… creces rápido.

La venda se ajusta torpemente, pero firme. Flagbys suspira, satisfecha como si hubiera cumplido una misión. Sus ojos, grandes y brillantes, se clavan en los míos.

—¿Sabes? Yo también sé lo que es que falte alguien. Que falte tanto que el silencio se vuelva insoportable. —Hace una pausa, y su voz se suaviza—. Por eso… quiero ayudarte a buscarlo. A tu amigo. No deberías hacerlo solo.

Sus palabras me golpean más fuerte que el dolor de la herida. Bajo la mirada, sorprendido, y mis dedos rozan la venda improvisada.

—¿De verdad estarías dispuesta? —pregunto, con un hilo de voz.

Ella sonríe, nerviosa, y su mano roza la mía sin querer. No la retira.

—Claro. Aunque tropiece cada cinco pasos, estaré ahí. Porque sé lo que se siente no tener cerca a alguien que quieres.

El silencio que sigue no es incómodo. Es distinto. Por primera vez en mucho tiempo, siento que no cargo el peso solo.

—Durante el primer año de formación, un estudiante no será considerado marionetista hasta que haya conseguido su propia marioneta y esta cumpla con todos los estándares establecidos por el Código del Hilo.

Además —dicta Cynthia con tono firme, mientras todos prestamos atención a sus palabras dentro de la habitación de Flagbys e Yvan—, los estudiantes deben asistir, durante dos meses, a dos clases básicas: en las Torres de Meditación y en las de Teoría.

Su voz resuena con autoridad, pero el ambiente que nos rodea suaviza la dureza de sus palabras.

El atardecer comienza a teñir el cielo de un naranja profundo, ese tono cálido que siempre he considerado el mejor color del mundo.

La luz atraviesa los vitrales altos de la habitación, pintando las paredes con destellos dorados y rojizos.

El efecto es hipnótico: una atmósfera casi onírica que contrasta con la seriedad del tema.

Yvan y Flagbys están sentados al otro lado de la habitación, inclinados sobre sus cuadernos. Sus plumas se mueven con disciplina, como si temieran perder un solo detalle. El silencio solo se rompe por el roce del papel y el murmullo de Cynthia.

Yo, en cambio, no puedo evitar que mi atención se desvíe hacia mi mano.

Por suerte, ha comenzado a sanar. La piel aún arde al contacto con el agua, sobre todo al bañarme, pero el dolor ya no es tan agudo como antes.

Aun así, seguimos evitando la enfermería de la Sociedad.

Ir allí habría sido demasiado arriesgado.

Si alguien nos hubiera preguntado por la causa de la herida, habría sido difícil mentir sin levantar sospechas.

Aquí, cualquier indicio de conflicto físico es motivo de investigación, y lo último que necesitamos ahora es atraer la atención.

Podría haber dicho que fue una caída, pero incluso esa excusa suena endeble en un lugar donde las reglas se cumplen con precisión quirúrgica.

Así que guardamos silencio. El expediente, la herida y todo lo que ocurrió en aquella misión permanecen ocultos bajo la superficie, como un secreto que late en la sombra mientras Cynthia continúa dictando las normas que, oficialmente, deberían regir nuestra formación.

—Luego de esos meses —prosigue Cynthia, rascándose distraídamente su cabello castaño claro—, tendremos un día dedicado a la práctica e ingreso en la Torre de los Espejos. Dependiendo de los resultados, se inicia un nuevo ciclo de dos clases por trimestre, repitiendo ese patrón hasta cerrar el año.

Hace una pausa. Luego suspira.

—Lo que quizás se interponga en el medio de todo es el Gran Torneo de los Marionetistas.

Frunce los labios con cierto desdén.

—Un espectáculo un poco tonto, la verdad… pero hay que respetar las tradiciones. Lo que dicta el código, ya sabes.

Y no le falta razón. Aunque hay escasez de marionetistas, y elaborar algo como ese torneo es logísticamente complicado, se ha hecho de esa forma durante años. Nosotros simplemente lo aceptamos. No somos nadie para intervenir en eso.

Ya durante la cena, hablamos un poco de lo que ocurrió anoche con los guardias y la extraña manifestación de la marioneta de Cynthia.

Aunque no se mostró por completo, fue impresionante cómo logró interceptar aquel golpe.

A pesar de su habilidad, rara vez le hacemos preguntas.

Es amable, sí, pero mantiene un perfil bajo, incluso cuando la molestan o la empujan constantemente en los pasillos.

Come en silencio, como si siempre estuviera calculando el siguiente paso en una partida de ajedrez invisible.

—En ocasiones es mejor reservarse las cosas, ¿saben?

—dice Cynthia, justo antes de darle un mordisco sonoro a su rebanada de pan tostado.

El crujido resuena suave en la sala, casi en contraste con lo que acaba de decir.

No parece que lo haya dicho con malicia, más bien como si se lo estuviera recordando a sí misma.

—¿Lo dices por lo de los archivos con el sello guardián? —pregunta Flag con la boca medio llena. Está tratando de sonar casual, pero la pregunta cuelga en el aire como una cuerda tensa.

Cynthia se encoge de hombros, sin dejar de masticar.

—Lo digo por muchas cosas —responde tras tragar—. Pero sí, también por eso. A veces saber demasiado de golpe… te cambia. Y no siempre para bien.

—¿Y no crees que guardarse tanto también puede hacer daño? —interviene Yvan, revolviendo su taza de infusión sin mirarla directamente—. Uno se pudre por dentro si no suelta algo, aunque sea en voz baja.

—O escribiéndolo o dibujándolo, como es mi caso —añado yo, rompiendo el silencio desde mi rincón, mientras remojo la granola en la leche tibia—. A veces es más fácil contarle las cosas al papel. El papel no juzga, solo escucha.

Cynthia se queda pensativa por unos segundos. Mira su tostada, como si ahí encontrara la respuesta.

—Sí… pero el papel también puede encontrarse. Y leído. Y usado en tu contra —dice finalmente, con una voz más baja, como si fuera una advertencia.

—¿Te ha pasado? —pregunta Flag, esta vez con más seriedad.

Cynthia niega con la cabeza, pero no dice nada más. Sólo se lleva otro trozo de pan a la boca, como si fuera un cierre simbólico al tema.

—Hay cosas que uno carga solo —susurra, casi para sí misma—. Pero no porque quiera… sino porque no queda de otra. Además, Flagbys, recuerda… —hace un gesto sobre sus ojos vendados—. No veo, ¿cómo rayos crees que pueda escribir o dibujar?

—Hay ciegos que lo hacen —responde al final, encogiéndose de hombros.

—Sí, pero no estuve en la fila cuando repartían talentos a los inválidos, Flagbys.