La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 7 #5
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Capítulo 7 #5

Cynthia no dice nada. Me toma de la mano con una fuerza que no admite réplica y empieza a correr.

Es ella quien ve el camino. Yo solo tropiezo detrás, arrastrado por su instinto.

Atravesamos corredores deformados por el humo, puertas que parecen deshacerse en los bordes, sombras que se mueven con voluntad propia.

El aire sigue caliente. El miedo no se va.

El expediente de Fylian, en mi otra mano, tiembla como si tuviera vida propia.

Y yo empiezo a entender que abrirlo no fue un error cualquiera. Fue un acto que acaba de poner en marcha algo mucho más grande que nosotros.

Y quizás, algo que ya no se puede cerrar.

Las puertas se cierran tras nosotros con un golpe sordo, pero el eco que dejan suena como una advertencia. Como si algo aún nos estuviera siguiendo.

El humo no se disipa del todo. Se enrosca en los pasillos como tentáculos perezosos, arrastrándose por las paredes.

El calor persiste. Bajo la piel, siento pequeños pinchazos, como si algo microscópico se estuviera metiendo por mis poros.

Me cuesta tragar. El expediente quema entre mis dedos, como si supiera que no debí tocarlo.

Cynthia no afloja. Su mano es firme, fría. Avanza sin mirar atrás.

Los guardias se detienen en seco al vernos aparecer por el pasillo. Se miran entre ellos por una fracción de segundo. Luego, sus ojos vuelven hacia nosotros, recorriéndonos de arriba abajo con incredulidad, como si no lograran comprender cómo llegamos hasta ahí.

Sus bocas se entreabren, en ese gesto de sorpresa que precede al grito de alerta.

Pero no alcanzan a hacerlo.

Ambos fruncen el ceño, sus cuerpos tensos al borde de la reacción.

Y entonces, Cynthia se mueve. Tan rápido que apenas la veo.

Da un paso al frente, su expresión serena, como si no cargara el peso del mundo en la espalda.

Con un gesto fluido de su mano —la misma que había convocado a esa criatura turquesa momentos atrás—, lanza un polvo grisáceo desde un pequeño frasco oculto entre los pliegues de su chaqueta.

El polvo flota en el aire como ceniza encantada.

Apenas los roza, los guardias dan un respingo, los ojos en blanco.

Y caen. Pesadamente. Como marionetas a las que se les cortan los hilos. El impacto de sus cuerpos contra el suelo retumba en las paredes. Yo me quedo inmóvil por un segundo. El corazón me late en la garganta.

—¿Qué fue eso? —pregunto en un susurro, acercándome a uno de ellos.

—Expresum Memoradum —responde Cynthia sin girarse, ya avanzando por el pasillo—. Pero concentrada. Y con un poco de magia de contención. Eficaz, pero volátil. No va a durar mucho. Pero sí les hará olvidar, digamos que pensarán que se comieron algo que les cayó mal y cayeron del cansancio.

—¿Qué era eso en la habitación? —logro preguntar, con voz quebrada. Mi propia voz me resulta extraña, como si no me perteneciera. Soy más miedo que persona ahora mismo.

—Un sello guardián —responde Cynthia, apenas girando el rostro hacia mí. Sus ojos brillan con un reflejo acerado—. No solo protege el contenido. Castiga a quien lo abre sin permiso. Fylian… debió hacer algo muy grave, o muy valioso, para merecer uno así.

Su tono es frío, casi clínico, pero la amenaza que desliza después me hiela la sangre:

—Si mis padres se enteran de que tendré castigo, yo misma los mataré a cada uno de ustedes mientras duermen. Andando. Rápido.

No hay espacio para discutir. Nos movemos. El pasillo lateral nos recibe con un aire más frío, más respirable, aunque el silencio que lo envuelve es inquietante. No es un silencio natural: se siente fabricado, vigilado, como si alguien hubiera apagado el mundo a propósito para escucharnos mejor.

Nos detenemos junto a una puerta metálica oxidada que conduce a los antiguos invernaderos. El olor a tierra húmeda se mezcla con el hierro y el polvo. Mis pasos resuenan demasiado fuerte, y cada eco parece delatar nuestra presencia.

Segundos después, Yvan y Flagbys aparecen, agitados, con los ojos desorbitados, respirando como si hubieran corrido kilómetros.

—¿Qué fue eso? —exige Flag, señalando mi mano con brusquedad—. ¡Rodrygo, estás sangrando!

Miro mi palma. El borde del expediente me ha dejado cortes finos, casi invisibles, como si miles de hilos invisibles se hubieran incrustado en mi piel. La sangre brota en gotas densas, pesadas. El papel no la absorbe. La rechaza, como si estuviera vivo y no quisiera contaminarse.

—Ese sello no era común —dice Yvan, y por primera vez escucho su voz temblar—. Eso era magia oscura. Muy antigua. No de la Sociedad. Parece más de un núcleo militar procedente de Ciudad Origen. Posiblemente, el Ministerio de Defensa.

El aire se vuelve más pesado con esas palabras.

—¿Y por qué Fylian tiene un informe así? —pregunto, con un nudo en la garganta—. ¿Qué clase de misión fue esa?

Nadie responde. El silencio vuelve a caer sobre nosotros, más denso que antes.

Cynthia me observa fijamente. Su marioneta no ha vuelto a manifestarse, pero sé que aún está cerca, acechando en algún rincón invisible. Demasiado cerca.

Flagbys rompe el mutismo, su voz baja y cargada de miedo:

—Hay algo encerrado dentro de ese archivo. Algo que no quería recordarse. Y si es cierto, Rodry… esto es más grande que todos nosotros.