La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 7 #4
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Capítulo 7 #4

El suelo bajo mis piernas se desliza como una cinta sin fin.

Me arrastra hasta detenerme frente a mi casa en Conquista.

Las luces internas parpadean tras las ventanas.

La oscuridad engulle el paisaje. Estoy solo, de pie, frente a esa puerta que tantas veces crucé…

y que ahora parece rechazarme. Detrás de mí, alguien chasquea los dedos.

El sonido retumba como un trueno. Mi estómago se revuelve. No quiero voltear.

Pero una fuerza invisible me empuja. Caigo de bruces. Ni siquiera tengo tiempo de protegerme.

Las patadas empiezan de inmediato. Una. Otra.

Otra. Golpes secos, brutales. Me retuerzo en el suelo mientras me atacan sin descanso.

El dolor es tan real que no entiendo cómo no estoy sangrando.

Miro por encima del hombro. Ahí está. Su rostro ojeroso.

Sus ojos hundidos. Me atraviesan como cuchillas.

—No sirves para nada —dice—. Nunca vas a llegar a nada. Ni ser nadie. Lo sabes, ¿verdad? Hasta un muerto de hambre de la calle que ni te conoce puede llegar a pensarlo al mirarte.

Me arrastro. Me incorporo como puedo, temblando. El sudor me empapa.

Miro a mi alrededor. El ochenta por ciento de los estudiantes está peor. Algunos lloran. Otros ni siquiera pueden abrir los ojos.

Flagbys tiene una sola lágrima surcándole la mejilla. Pero su expresión es distinta. Casi parece feliz. Como si hubiese tocado algo verdadero. Como si una caricia interna le hubiese traído paz.

Entonces abre sus grandes ojos azules y me mira. Luego a Yvan, doblado hacia un costado, vomita todo lo que comimos.

—Les recuerdo —dice el profesor Felyan con voz firme—: las clases y la magia proyectada en sus mentes, en sus recuerdos, pueden ser tan reales como ustedes quieran que sean. Aprendan a discernir… y, sobre todo, a aceptar que eso ya es parte del pasado. Inofensivo. No un arma. Porque si se fijan…

Abre las manos y señala diferentes partes de los cuerpos de los alumnos.

Algunos tienen moretones, golpes visibles.

Otros, heridas frescas. Yo mismo siento un ardor punzante en la espalda—…

ustedes se infligen daño a sí mismos. Esa es la disfunción mental.

El pasado vuelve y ustedes lo convierten en arma.

Las marionetas no tolerarán eso. Así que…

regresen. Y si pueden, nos vemos mañana.

Nos encontramos a solo unas paredes del Centro de Emisión. Yvan y Flagbys asienten en silencio. Es hora.

Activamos la operación que habíamos preparado.

Ellos se deslizan hacia el ala izquierda de la entrada principal, donde dos especialistas de combate vigilan en completo silencio, vestidos con cuero azul oscuro y capuchas que les cubren medio rostro.

En un movimiento sincronizado, Yvan y Flagbys lanzan la distracción.

Un estruendo seco sacude la pared, lo suficiente para obligar a los guardias a salir disparados hacia el pasillo lateral.

Los especialistas reaccionan al instante.

—Movimiento en el ala oeste —gruñe uno, y ambos salen corriendo sin mirar atrás.

Idiotas.

Yo jamás habría abandonado a mi compañero sin confirmar la situación. Pero no hay tiempo para juicios morales. Solo para avanzar.

Me muevo entre las sombras y, por reflejo, intento tomar la mano de Cynthia para guiarla. Ella me gruñe en un tono bajo, casi animal, obligándome a retroceder. Puede moverse sola. Y me lo deja claro.

Atravesamos la siguiente habitación: un salón inmenso, resonante, donde cada paso parece más ruidoso de lo que debería.

El aire huele a hierro viejo y tierra mojada.

A la izquierda, un podio flanqueado por veinte asientos perfectamente alineados, como si esperaran un juicio que nunca llegó.

A la derecha, una oficina elevada, con un escritorio de madera negra pulida que refleja apenas las luces tenues del lugar.

Tras él, estantes flotantes levitan en silencio, cargados de expedientes y cajas lacradas.

Más allá, una hilera de contenedores de hierro se alza como ataúdes verticales, cerrados con sistemas mecánicos que parecen respirar.

Me agacho de inmediato. No podemos arriesgarnos a que nos vean si alguien regresa. Cynthia se queda justo detrás de mí, tan silenciosa que por un momento temo que haya desaparecido en las sombras.

Los documentos están ordenados por fecha.

Octubre. Septiembre. Ahí. La misión fue hace poco más de un mes.

Mis dedos recorren los archivos con rapidez, aunque cada roce contra el papel parece amplificar el sonido.

Encuentro el gabinete de hierro correcto.

Cuando lo abro, el metal chirría con un eco que me eriza la piel.

Los informes están clasificados por nombre de capitanes. Busco primero a Esteban… nada sobre Fylian ni Kyra. Claro. Para ese entonces ya eran capitanes. Cambio de estrategia. Voy a la letra “F”.

Ahí está.

El expediente de Fylian. Mucho más pesado de lo que esperaba.

—¿Todo bien? —susurra Cynthia con una voz tan controlada que parece no perturbar siquiera el aire.

No respondo con palabras; solo asiento. El dossier es oscuro, casi como papel carbonizado, con una textura áspera que se resiste al tacto, como si no quisiera ser abierto.

En el centro, un sello palpita con un brillo débil y malsano, una mezcla de verde y púrpura que late como un corazón condenado, sabiendo que su contenido no debería ver la luz.

Protección. Sí. Pero ya es tarde para advertencias.

Lo rompo sin pensarlo. El crujido seco que hace el sello al quebrarse suena como una vértebra partiéndose.

Y entonces… el aire se contrae.

A mi izquierda, el espacio mismo se tuerce como si algo invisible desgarrara el tejido del mundo.

Una nube circular, negra como la boca de un pozo sin fondo, comienza a girar lentamente.

El remolino se expande con un zumbido bajo, casi imperceptible al principio, como un susurro sádico que se clava en los oídos.

El calor surge de inmediato. Un calor denso, sofocante, que huele a hierro oxidado y carne quemada.

Siento mi piel pegarse a la ropa. Cada poro se abre como si quisiera huir.

—Pero qué mierda… —dejo escapar.

La presión en la habitación sube. Me cuesta respirar. El expediente en mis manos tiembla, pero no sé si por la magia o por el miedo que ahora siento en cada hueso.

Unas botas golpean el piso con urgencia. Se acercan.

—¡Se vienen! ¡Tenemos que irnos, ya! —gritan al irrumpir por la puerta Yvan y Flag al mismo tiempo.

Pero sus voces suenan lejanas, distorsionadas, como si atravesaran una capa de agua espesa.

Porque ya es tarde.

De la nube surge algo. Primero, un temblor en el suelo. Luego, un sonido húmedo, viscoso, como carne arrastrándose sobre mármol.

Y finalmente… una mano. No. Una garra. Tan grande como la cabeza de un toro, de piel rugosa y negra, cubierta de grietas de donde emana un vapor verdoso.

En sus nudillos, filos curvos, como cuchillas rituales.

Avanza lentamente hacia mí, como si disfrutara del momento, como si supiera que me tiene atrapado.

No puedo moverme. Estoy paralizado. El aire pesa como plomo líquido. El miedo me ancla.

Entonces, justo cuando la garra está por alcanzarme, algo irrumpe desde el otro lado.

Un rugido mudo.

Una segunda mano. Peluda, turquesa, con uñas negras que parecen cristales rotos, irrumpe en la escena.

No se mueve con delicadeza, sino con brutalidad pura.

Atravesando la garra enemiga como si fuera humo sólido, la despedaza.

El remolino se contrae con un sonido seco, y la criatura de la nube estalla en una neblina densa que huele a hueso molido.

Solo alcanzo a ver el destello del brazo de la marioneta de Cynthia. No se muestra por completo, pero esa fracción basta. No es humana. No es domesticable. Es monstruosa y bella al mismo tiempo.

Me quedo ahí, congelado, incapaz de pensar.