La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

El silencio se instala en la habitación.

La lámpara parpadea, y por un instante, siento que todos pensamos lo mismo: la desaparición de Fylian no es un hecho aislado.

El ataque del Venusfly, el tráfico de sus restos, los rumores de un festival ilegal…

todo parece formar parte de una misma sombra que se extiende sobre nosotros.

Cynthia parece medir sus palabras cuidadosamente antes de hablar, como si estuviera formulando una estrategia en su mente.

—Lo que más me inquieta es que nadie en la Sociedad está investigando esto.

Nadie parece preocuparse. Si se está negociando con los restos de Venusfly, algo nos están ocultando.

No lo hacen por arte, Yvan. Tal vez lo que realmente están buscando no sea lo que parece.

Quizá hay un propósito mucho más oscuro en juego.

Flagbys se mueve incómoda, como si la idea de ese posible “propósito oscuro” lo incomodara más de lo que quería admitir. Pero asiente.

—Si estamos hablando de algo tan grande como sospechan, entonces las autoridades deberían saberlo. Pero si no lo saben, o no les importa, estamos hablando de algo mucho más profundo que un simple mercado negro. Deberíamos investigar, claro, pero no por nuestra cuenta. Aún no.

Por un segundo, me siento atrapado en un mar de incertidumbres.

Por un lado, la tentación de descubrir algo grande, algo que podría ser clave para entender todo lo que está sucediendo en Chatarra y quizás acercarme más a Fylian, me atrae.

Pero por otro, siento que estamos caminando sobre un terreno resbaladizo, demasiado peligroso.

—¿Qué hacemos entonces? —pregunto, ya más consciente de que la respuesta a esa pregunta podría cambiarlo todo.

—Nada —responde Yvan—. Hay reglas, Rodry. Desafortunadamente, el Ministerio de Defensa se encarga de esas cosas. Es muy pero muy grande para intervenir.

Mi curiosidad se enciende con un chasquido. Hay algo ahí. No sé qué, pero lo hay.

Casi como si algo nos guiara, todos miramos el reloj al mismo tiempo.

Yo lo hago porque mi estómago ya gruñe: es hora del desayuno.

Flagbys, Yvan y Cynthia llegaron temprano a mi cuarto para repasar antes de la clase de principios de teoría, que arranca en una hora y media.

Después viene meditación… y solo pensar en eso me deja un frío hundido en el pecho.

Al principio pensé que no sería gran cosa, pero ya van dos sesiones que me sacuden por dentro, y la última terminé saliéndome por el caos mental que me dejó.

Vuelvo la vista hacia Cynthia. Me da envidia.

Pasa meditación como si fuera a flotar en medio del ruido.

Ya tiene una marioneta. Eso significa que fue elegida…

que su mente es fuerte, precisa, en equilibrio.

A pesar de no tener visibilidad, hay algo que la conecta profundamente con su marioneta.

Parece estar destinada a algo más grande que el resto de nosotros.

—¿Cuál va a ser tu siguiente paso, Rodrygo? —pregunta Yvan mientras guarda un par de libros encuadernados en piel agrietada en su mochila de cuero negro—. Llevas un mes aquí. Te queda uno para terminar el primer corte. Suena a mucho, pero el tiempo en Chatarra vuela.

Hace una pausa. Su voz se vuelve más baja.

—Pero esa clase con Felyan… —mira de reojo a Cynthia, que asiente, aunque con un matiz de incomodidad en el gesto—. Es dura.

Yvan suspira, largo y pesado. Yo también.

—No me preocupa quedarme atrás como marionetista —murmuro, casi más para mí que para ellos—.

Me preocupa que el tiempo pase… y no sepa nada de Fylian.

¿Y si ya está muerto? ¿Y si lo están torturando?

Perdí la ayuda del capitán Esteban. Desde hace días no me habla.

Me ignora como si ya no existiera. ¿No fue él quien me trajo aquí?

Si no va a ayudarme, entonces buscaré yo.

Pero… ¿cómo? Si al menos pudiera ver el informe de la misión que les dieron…

Flagbys e Yvan intercambian una mirada silenciosa. Luego me miran a mí, con una expresión que ya no tiene simpatía, sino decisión.

Cynthia se pone de pie, cruza los brazos y forma un pequeño círculo con nosotros. Su rostro es tan sereno que parece esculpido en piedra.

—Los reportes están en el Centro de Emisión —dice, ajustándose las mangas como si se preparara para algo importante—.

Ahí se reúnen los capitanes y sus escuadras para recibir asignaciones.

Y a lo que a mí respecta, creo que es un buen punto de comienzo, ¿no creen?

Saber exactamente si ese lugar de las partes macabras de los Venusfly se comercializa o se usa para lindos floreros.

Yvan, erguido y con los brazos cruzados, su mirada fija y grave, añade:

—Y cuando estás por pasar a segundo año, te asignan a un capitán.

Es ahí cuando te muestran todo: reportes, misiones, rutas…

Así que si quieres saber qué pasó con tu amigo, ese es el primer lugar para empezar a escarbar también.

Buena idea, Flagbys. Por fin pegas una —su hermana le da un leve golpecito en el hombro a su hermano.

Cynthia se adelanta un paso, su cabello castaño claro cayendo sobre un hombro mientras su tono firme corta el aire:

—Pero hay un problema. Aunque el centro está dentro del complejo, es una de las zonas más protegidas. Guardias día y noche. Cámaras. Sensores. Si quieres entrar a ver algo, vamos a tener que ayudarte. Esta noche podríamos intentarlo. Por ahora, vamos a las clases. Después vemos.

Ella se detiene justo enfrente de mí. Me apunta con el dedo, sin dudar, con una precisión que me incomoda.

—Deja de sonreír, estúpido. ¿No ves que yo no te puedo ver? —dice con brusquedad, y se gira, caminando hacia la salida mientras niega con la cabeza una y otra vez.

Me quedo paralizado, con la sonrisa congelada. Flagbys suelta una carcajada, golpeando suavemente mi hombro.

—¡Rodry, tu cara fue un poema! —exclama, todavía riendo.

Yvan, aunque serio, deja escapar una sonrisa breve, casi escondida.

—Bueno, al menos ya sabemos que Cynthia tiene mejor puntería con las palabras que con los insultos.

Yo me paso la mano por la nuca, intentando disimular, pero termino riendo también. La tensión se disipa, y mientras salimos juntos, siento que, pese a todo lo que nos espera, hay algo que nos une: esa mezcla de confianza, cariño y humor que hace que no me sienta tan solo.

Ya en las gradas de piedra suspendidas, el profesor Wylcam inicia la clase.

El eco de su voz recorre las paredes como una onda expansiva.

Me esfuerzo por concentrarme en el dibujo.

El rostro de Fylian surge solo: su cabello siempre bien peinado, su postura impecable, los ojos atentos.

Y al hacerlo, me doy cuenta de lo mucho que he descuidado mi propio cuerpo: el cabello largo, los rizos enredados, los costados demasiado crecidos.

Ni siquiera sé cómo afeitarme bien. Aquí dudo que alguien te enseñe eso.

El profesor activa a su marioneta, Tentram, una figura metálica con ojos como linternas azules. La criatura amplifica su voz un poco más, que ahora suena más profunda, como salida de una caverna.

Habla de la organización en la frontera. Menciona a los marionetistas trabajando con capitanes en turnos interminables. Últimamente han enfrentado más ataques de Venusfly… y algo peor: grupos radicales que operan desde Chatarra y los estados vecinos.

—Los especialistas de combate son la primera línea —explica Wylcam—. Pero cuando la situación se desborda, solo los marionetistas pueden restablecer el equilibrio.

Una voz se alza detrás de mí. Cansada, casi quebrada.

—Profesor Wylcam… ¿tiene algún consejo para meditación? No sé si pueda con eso.

El aula entera guarda silencio.

Wylcam asiente lentamente.

—Esa clase es la columna vertebral. El profesor Felyan no es cruel.

Solo entiende lo que está en juego. Los marionetistas y los especialistas en la frontera viven con miedo constante.

Con trauma. Con insomnio. Y si no sabes vaciar tu mente, canalizar tu sombra…

entonces tu marioneta será inestable. Te romperá antes de que puedas controlarla.

Acaricia a Tentram con cuidado, y luego añade, con una pausa calculada:

—Cuando finalicen estas dos materias, conocerán un lugar que aún no se ha mencionado: la Torre de los Espejos. ¿Alguno se ha preguntado por qué aún no han sido elegidos?

Nadie dice nada. Yo me lo he preguntado desde el primer día.

—Las marionetas —continúa— están en esa torre. Y el Gran Maestro del Hilo… también. Solo lo verán una vez, cuando llegue el momento. Él los observará.

Todos temblamos, sentados con las piernas cruzadas sobre las toallas negras de la clase de meditación. El aire pesa. Suspiro.

El profesor Felyan, con su cabello castaño perfectamente peinado hacia atrás, invoca a su marioneta de esmeralda.

Las luces se apagan de golpe, cubriendo el salón con una penumbra inquietante.

Nos pide que nos concentremos, que seamos valientes.

Nos recuerda que esto puede ser tan real como nuestra mente lo permita.

Trago saliva. El hormigueo me sube desde el estómago hasta el pecho, como una corriente eléctrica que amenaza con hacerme correr sin dignidad.

Frente a mí está Yvan. Sus ojos cerrados, su barba recién afeitada, su rostro limpio…

nada logra ocultar el temblor de sus manos.

Me pregunto qué monstruo mental lo sacude así.

—Todo va a salir bien —le susurro.

La clase arranca con fuerza. Ejercicios que siempre me dejan al borde del colapso. El estómago se me revuelve, siento que voy a devolver la comida, incluso la merienda deliciosa que tuve antes. Me esfuerzo por concentrarme, pero las luces parpadean. El tiempo se disuelve.

Y entonces… estoy en una noche helada. Tan real que mis dientes castañean. El frío me paraliza. El miedo me da náuseas.

Mis pies tiemblan. Mis brazos también. Vamos, Rodry, me digo. Ponte las pilas. De esto depende encontrar a Fylian, ser útil, hacer algo.