La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 7
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Capítulo 7

“No se dejen engañar por las apariencias. La ceguera no limita el valor, ni el silencio impide la grandeza. A veces, quienes parecen distintos son quienes más florecen. La Sociedad del Hilo no solo forja armas ni soldados: también cultiva talentos, y en su núcleo late el propósito del bien común.”

—Gran Maestro de las Marionetas, durante su Discurso de Conmemoración del Día del Hilo ante la Sociedad del Hilo de Bosqueoscuro.

—Los especialistas no estamos exentos de entrar a ese lugar, por más que dé miedo —dice Nick, cruzándose de brazos mientras apoya su espalda desnuda contra el muro de piedra resquebrajado por el tiempo.

El sudor le recorre el pecho marcado, y su respiración aún está agitada.

Hemos estado corriendo desde poco después del amanecer, bajo ese sol que apenas comienza a calentar, pero que ya pesa sobre nosotros.

La camisa se la quitó a mitad del recorrido —como siempre—, y su actitud relajada contrasta con el esfuerzo que acabamos de hacer.

Tomamos un momento para hidratarnos, sentados en el borde de una fuente casi seca, mientras me atrevo a sacar el tema que aún me tiene dándole vueltas a la cabeza.

—A mí esa clase me dejó… no sé, tocado —digo, girando el tapón de mi botella entre los dedos—.

La forma en la que el Esmeralda de Paz nos hizo entrar en esas memorias…

fue tan real. Era como si estuviera viviendo todo otra vez.

—Y, particularmente en mi caso, hay cosas que no quiero vivir nuevamente. No creo poder, por más que me esfuerce.

Nick se queda en silencio por unos segundos. Mira al cielo como si buscara una excusa para no responder enseguida. Luego baja la mirada y me observa con esa expresión suya entre sarcástica y sincera.

—Sí, eso suele pasar. La primera vez, todos creen que no saldrán enteros.

Pero salimos. Medio rotos, quizás, pero salimos —dice Nick, con la mirada perdida en algún punto más allá del muro.

Hace una pausa, se rasca la nuca con una mano cubierta de sudor seco y luego añade—: Bueno…

corrijo: salimos más rotos de lo que ya estamos.

Porque, seamos honestos, el simple hecho de que podamos sumergirnos ahí, en ese tipo de recuerdos, ya es evidencia de que estamos jodidos desde antes. Lo de adentro no aparece así porque sí.

Se encoge de hombros, resignado.

—No es divertido. Pero si eso es lo que hay… pues, ¿qué más da?

Hay un silencio. El tipo sonríe, pero es una de esas sonrisas que no tocan los ojos. Se nota que habla desde experiencia.

—¿A ti también te pasó? —pregunto, sin saber si quiero que me diga que sí… o que no.

Él asiente despacio.

—La primera vez vi a mi hermano. Antes de que… bueno, antes de que dejara de ser mi hermano —hace una pausa, la mandíbula tensa por un segundo—. Me quedé llorando como un idiota durante el resto del día. Nadie lo dijo, pero todos lo vieron.

—No pareces alguien que llore —comento, medio en broma, medio sorprendido.

—Tampoco parezco alguien que casi empala a su compañero con una daga el primer día —responde con una media sonrisa—. Pero todos tenemos algo.

—Sí. Supongo que sí —murmuro.

—Y tú, ¿ya sabes qué fue lo que más te dolió ver? —pregunta de repente, girándose para mirarme con cierta seriedad—. No lo que viste. Lo que te dolió.

Trago saliva. Me lo pienso. Pero la imagen de esa figura, con los ojos fundidos en sangre, no me deja. Aprieto la botella con más fuerza. Definitivamente, no quiero hablar sobre eso.

—Todavía lo estoy procesando —respondo.

—Bien —asiente—. Procesarlo es parte del trabajo. Negarlo, no.

Nick se impulsa con los talones y se despega del muro. Se sacude el pantalón de entrenamiento lleno de polvo y me lanza una mirada.

—Lo que viste, eso que sentiste… no va a ser la última vez. Aquí, todo se trata de enfrentarte a eso una y otra vez. Hasta que deje de doler. O hasta que aprendas a usarlo a tu favor.

—¿Y si nunca deja de doler? —pregunto, mirándolo a los ojos.

—Entonces lo usas igual. Con dolor y todo. Las marionetas no quieren guerreros perfectos. Quieren guerreros reales.

Me quedo callado. Hay algo en sus palabras que me reconforta, aunque sea difícil de aceptar. Miro hacia el camino por donde vendrán los demás, y por un momento todo se queda en silencio.

—¿Tú crees que Cynthia haya sentido algo así? —le pregunto, como al pasar. Cynthia. La nueva compañera que no puede ver. Ella parecía estar un poco tranquila a diferencia de los demás.

Nick sonríe, esta vez con más calidez.

—Estoy seguro de que sí. Pero… no se le nota. Esa chica tiene un temple que da miedo. No necesita ver para saber lo que hay dentro de ti. Es como si… como si pudiera tocar lo que ocultas.

—A mí me habló como si supiera cosas que ni yo mismo entiendo —digo, aun recordando su voz, tranquila pero intensa.

Nick se encoge de hombros.

—Quizá sí las entiende. O quizá solo está tan rota como nosotros… y aprendió a caminar sobre los pedazos sin cortarse.

Me quedo en silencio. Vuelvo a tomar agua, sintiendo cómo algo se mueve en mi pecho. Una mezcla de admiración, miedo y una extraña esperanza.

Nick me da un leve golpe en el hombro y sonríe de nuevo.

—Vamos, Rodry. Tenemos que seguir corriendo antes de que el instructor nos grite por estar de románticos.

—No estoy siendo romántico —respondo, con una mueca.

—Claro que no. Solo profundamente introspectivo y emocionalmente afectado. Nada romántico —dice, riéndose mientras echa a trotar de nuevo.

Lo sigo, aunque esta vez no por obligación.

Esta vez… quiero avanzar.

—La frontera de Chatarra con Conquista está diseñada para que nada de aquí escape hacia la superficie.

Solo es custodiada por los marionetistas de Chatarra, aunque también envían especialistas de combate, graduados de aquí, incluso aquellos que no lograron ser elegidos marionetas.

—Flagbys lee esto en voz alta, entrecerrando un poco los ojos mientras se rasca su cabello dorado, que brilla bajo la luz tenue de mi habitación.

Ya llevo un mes aquí y las cosas no parecen mejorar en absoluto.

Presto atención a lo que dice Flagbys, pero mi mente divaga.

Pienso en Fylian, en mi hermana Myriam, y en Esteban, que lleva semanas sin hablarme.

No sé si se ha rendido en su búsqueda de mi mejor amigo o si simplemente está lidiando con sus propios demonios.

Esa incertidumbre me provoca un vacío incómodo en el estómago.

Lo único bueno es que he podido hacer amigos.

—¿Y por qué diablos no mandan gente de Bosqueoscuro? ¿Acaso les faltan manos o qué? —pregunta Flagbys.

—Somos las líneas de defensa más preparadas y, teóricamente, las más cercanas a Chatarra —añade Yvan, dándole un golpecito juguetón a Flagbys en la cabeza.

Ella solo bosteza, pareciendo más distraída que nunca—.

Por Dios, estás más despistada cada día.

Lo vimos la última vez en la clase del profesor Wylcam.

¿Te acuerdas de la última clase con el profesor Wylcam?

Casi se arranca esa alargada barba por tu culpa. No contestaste ni una sola pregunta.

Y tiene razón. La chica del cabello dorado no es buena en principios de teoría. Parece que su talento no está precisamente en memorizar fechas ni estrategias antiguas.

Las clases son un refugio para mí. En principios de teoría, en la Torre de Teoría, me va bien; tengo una buena memoria y me resulta fácil analizar los libros, las historias y los informes de batalla que se desarrollan o han tenido lugar en Chatarra.

Me sorprende la cantidad de sucesos que ocurren fuera de esos muros y lejos de esta frontera.

En el centro de todo esto está la estatua de Gyselth, el ídolo venerado por todos aquí.

—Cuando tenga una oportunidad, le arrancaré esa barba con una de mis tijeras —dice Flagbys, haciendo el gesto con sus dedos como si realmente tuviera unas tijeras en la mano. Intento sonreír, aunque el gesto se me escapa entre tantas vueltas que da mi mente.

—Tranquilo. Como te dije hace unos días, conocimos poco a Fylian, pero éramos amigos de Kyra…

a pesar de que ya estaba terminando su último año y a punto de ascender a capitana.

Pero Fylian… vaya que era guapo. —Suspira, medio sonriendo.

Y sí, Flag me contó que llegó a conocer a mi mejor amigo y a su compañera durante los procesos de selección, unas semanas antes de nuestro ingreso formal—.

Perdón, me desvío del tema —Yvan arquea una ceja con gesto divertido, mientras Flagbys sigue—.

¿Cuándo has visto a un hombre tan aseado?

Ese corte de cabello impecable, la piel bronceada…

y pronto a ser capitán, para colmo. Era realmente atractivo.

—Es atractivo —la corrijo—. No está muerto aún.

Yvan le da un codazo a Flagbys y ella se detiene en seco, como si se hubiera dado cuenta de que estaba hablando demasiado.

La habitación es pequeña, con paredes de piedra clara y un ventanal estrecho por donde entra la brisa templada que baja desde las torres de vigilancia.

Sobre la mesa hay libros abiertos, apuntes desordenados y una lámpara de aceite que proyecta sombras largas en las esquinas.

El murmullo lejano de pasos y el susurro de los hilos de entrenamiento se cuelan por la puerta entreabierta.

Flagbys se sienta en el borde de la cama, con los codos apoyados en las rodillas. Su voz, por primera vez, suena más suave de lo habitual, sin el tono burlón que lo caracteriza.

—Lo siento, Rodrygo. Sé que lo extrañas. Yo también, a mi manera, puedo entenderlo. Pero bueno, estamos aquí para apoyarte, ¿sí?

Hace una pausa, como buscando las palabras correctas. Me dedica una media sonrisa, pero sus ojos azules delatan cierta incomodidad, como si no supiera cómo consolarme.