Capítulo 6 #4
Su cuerpo está recubierto de una armadura de jade bruñido, como si la naturaleza misma la hubiera forjado.
Picos ornamentales sobresalen de sus hombros, y sus brazos están protegidos por placas que parecen pétalos de cristal tallado.
Tiene solo dos manos, pero se mueven con una gracia casi humana, como si cada gesto estuviera meditado.
Su rostro es angular, elegante, con ojos azul profundo que brillan como zafiros encendidos.
Examina el lugar, girando lentamente la cabeza de un lado a otro, como si reconociera cada uno de nosotros.
—¿De qué color es? —pregunta Cynthia de pronto, rompiendo el silencio.
Parpadeo, sorprendido. Ella me observa con una media sonrisa, los ojos entrecerrados, como si disfrutara de mi desconcierto.
—Lo he sentido —añade, inclinando apenas la cabeza—. Y lo escuché. Rodrygo, es un Esmeralda de Paz. Su habilidad: simulación bajo realidad despierta. Son temibles. Y, claro, únicos.
¿Pero cómo…?
Ella se encoge de hombros, jugueteando con un mechón de su cabello, y me lanza una mirada pícara.
—Sé bastante sobre marionetas —dice con un tono ligero, y luego, arqueando las cejas—: La mía, por cierto, es más bonita.
Frunzo el ceño, entre escéptico y divertido. ¿Bromea? Pero su sonrisa no disimula del todo el orgullo que se esconde detrás. Entonces lo entiendo: sí, tiene su propia marioneta. Y no es común. Mucho menos en el primer año. Debe haber sido elegida antes de entrar a la Sociedad.
Eso… no solo es impresionante. Es intimidante.
El profesor Felyan se adelanta unos pasos. Su marioneta flota detrás de él, sin tocar el suelo, como una sombra luminosa. Su mirada se endurece, y su voz se vuelve solemne.
El silencio vuelve a llenar el aula. Algunos compañeros bajan la mirada, otros se enderezan con respeto. Yo, en cambio, siento que mi respiración se acelera. La marioneta nos observa, y por un instante, creo que sus ojos se detienen en mí.
—Queenbelk —comienza a decir el profesor Felyan a su marioneta.
La criatura emite un sonido agudo, pero extrañamente agradable, como un cristal vibrando en el aire—.
Comencemos con la sesión. Vamos a regular a niveles inferiores, teniendo en cuenta que hay estudiantes prácticamente nuevos aquí…
y algunos que se han saltado más de una clase.
Queenbelk, la Esmeralda de Paz, alza una mano.
En un instante, las filas se reconfiguran.
El suelo bajo nosotros vibra sutilmente, como si obedeciera a una melodía silenciosa.
Pasamos de estar alineados en hileras a formar un gran círculo.
Entre los estudiantes de segundo año que ya tienen marioneta, distingo dos o tres orbes pequeños flotando cerca de sus dueños, discretos, como si esperaran también su turno de participar: uno de un verde pálido, casi líquido; otro de un naranja apagado que pulsa despacio, al ritmo de la respiración de quien lo porta.
Estoy frente a Cynthia. Yvan queda justo detrás de mí, frente a Flagbys, su hermana.
Yvan le hace un gesto burlón a Flagbys, algo mudo entre ellos que solo los hermanos entienden, y ella responde sacándole la lengua sin el menor disimulo. Cynthia suelta una risa breve, casi inaudible.
—Llevan así desde que tienen memoria, ¿verdad? —le pregunto a Cynthia, en voz baja.
—Desde antes de que yo los conociera, y eso que los conozco desde la infancia —responde ella, sin girar el rostro, como si escuchara algo que a mí se me escapa—. Yvan cree que puede ganarle a Flagbys en todo. Nunca lo ha logrado.
—¡Te escuché! —protesta Yvan desde atrás.
—Esa era la idea —responde Cynthia, con una sonrisa que no le llega a los labios, pero que se le nota en la voz.
—Las marionetas no los elegirán si no sienten que son dignos —advierte Felyan, su voz grave resonando en el salón—. Los traumas, las grietas del alma, los secretos… todo eso importa. A veces, el enemigo está dentro de uno mismo.
Queenbelk se eleva unos centímetros y, con un segundo chasquido, todo se invierte. Literalmente. El mundo se pone de cabeza. Pero no siento la sangre subir a mi cabeza. No hay mareo. Solo desorientación. Como si estuviera flotando en un vacío extraño.
—Cierren los ojos —ordena el profesor Felyan—. Queenbelk usará Polen de Recuerdo. Confrontarán una parte de su pasado. Un veinte por ciento. Lo suficiente para saber si hay heridas abiertas que impidan el vínculo con una marioneta.
Respiro hondo. Un aroma floral, espeso, me invade. No sé si es real o inducido.
Oscuridad.
Un golpe.
Un puño me impacta la mejilla con tal fuerza que me lanza hacia atrás como una hoja al viento. Mis pies no responden. El cuerpo entero me tiembla.
No… no esto. Por favor, no.
Lo veo. A él. Su rostro desfigurado, los ojos completamente rojos, sin pupilas. Los dientes rotos, la piel desgarrada. Avanza como una pesadilla viva, gruñendo, arrastrándose con desesperación. Cada paso suyo suena como huesos quebrándose.
Intento despertar. Me pellizco. Me muerdo el labio. Me doy una bofetada. Nada. El mundo no cambia. Él está más cerca.
Más cerca.
El terror me consume. Es un miedo que no solo paraliza: me aprieta el pecho, me roba el aire, me obliga a recordar cosas que quise enterrar.
Siento que mis gritos se ahogan dentro de mí, como si alguien me tapara la boca.
Es represión pura. Quiero pedir auxilio, pero mi voz no sale. Solo un gemido ahogado.
Su mano, deformada, se extiende hacia mí. Sus uñas negras rozan mi piel. El olor a sangre y óxido me invade. Estoy atrapado. No hay salida.
Y de pronto… todo desaparece.
Luz.
Estoy tirado boca arriba, jadeando como si hubiera corrido una maratón. El pecho sube y baja de forma irregular. Me duele la boca. Siento el sabor metálico de la sangre: me mordí demasiado fuerte. Las lágrimas me recorren las mejillas sin pedir permiso.
Miro a mi alrededor. Más de la mitad de la clase está igual o peor. Algunos lloran. Otros gritan. Otros se quedaron en silencio, con la mirada perdida. Un par todavía están en pie, pero parecen temblar por dentro.
Yo… no puedo dejar de temblar. El miedo sigue dentro de mí, como un veneno que no se disipa.
El profesor Felyan nos observa. Su mirada se posa un momento en mí. No dice nada, pero hay una sombra de decepción. No de desprecio… sino de preocupación.
Chasquea la lengua. Cruza los brazos.
—Esto será más difícil de lo que pensé —murmura, bajando la mirada.