Capítulo 6 #3
—¿Has escuchado el dicho de la monedita de oro?
—le pregunto. Ella niega rotundamente con la cabeza.
Pues claro, es lógico, Rodrygo, ese dicho viene de la superficie—.
Las monedas de oro le caen bien a todo el mundo…
pero, lamentablemente, nosotros no somos moneditas de oro para agradarle a todos.
—Ella sonríe levemente, con esa expresión que ilumina más de lo que dice.
Se acomoda un mechón sin mirarme directamente, aunque parece cómoda a mi lado.
Si miro a mi alrededor, noto que pocos quieren sentarse cerca de mí.
No sabía que existía tanta xenofobia en este lugar.
En Conquista, nuestro desarrollo ha pasado desapercibido para los de aquí, mientras que ellos sí saben de nosotros.
En fin, no estoy aquí para hacer amigos. No quiero ser parte del problema.
Los comentarios de Esteban me siguen resonando. A veces me pregunto si todo esto es lo correcto o si debería tomar mi mochila e ir tras Fylian… aunque sería una locura. Aquí hay magia, y yo no tengo cómo defenderme.
Nos sentamos en línea recta en una sala hexagonal. No hay gradas, solo toallas en el suelo. Estamos descalzos, esperando al profesor. El incienso llena el ambiente con su aroma denso y embriagador.
—Pero no son tan pesados como ellos —dice la chica, señalando con la cabeza a otros grupos.
Le sonrío con discreción. Ella asiente, como si hubiera leído un pensamiento que ni yo había formulado.
—Mi hermano tampoco ha llegado. Seguro se quedó dormido.
Ya sabes, los hombres y su necesidad de dormir más, aunque en teoría somos nosotras quienes deberíamos dormir más.
Pero claro, también somos las más productivas —dice con una voz que me recuerda a la de Myriam, mi hermana: dulce, pausada, pensada para entenderse.
—Soy Flagbys. Mi hermano es Yvan. Los apellidos son lo de menos.
También es nuestro primer año aquí, así que no conocemos a mucha gente.
Nos sorprendió lo bajitos y pálidos que son en Conquista —sus palabras me desconciertan un poco, pero no está equivocada.
Aquí predominan los cabellos dorados y castaños claros.
Incluso he visto estudiantes con rizos rojizos o lisos de un rojo profundo.
—No has asistido a estas clases —comenta, y niego con la cabeza—. Es un poco aburrida —admite—, pero vital para manipular marionetas. Ya debes saberlo: son máquinas con conciencia propia. Debemos agradarles. Para eso hay que dejar atrás traumas que puedan bloquear la conexión.
Flagbys habla mucho con las manos, gesticulando con energía. Me obliga a prestarle atención.
—Quizás te preguntes dónde están los hilos que las manipulan.
Pues no hay hilos —señala sus dedos y luego se los lleva a las sienes—.
Es con la mente. Las controlamos mediante dispositivos que ellas mismas nos integran al momento de la conexión.
Lo demás fluye: las habilidades, el vínculo…
todo depende del núcleo mágico que poseen.
Y para eso, necesitamos esto —señala la sala—, la Torre de la Meditación.
—Esta es una de nuestras seis clases por ser de primer año y no tener marionetas.
Justo entonces, la puerta se abre de par en par. Entran el profesor, Yvan, y una estudiante que no había visto antes. Ella va tomada del brazo de Yvan. El profesor inspecciona el lugar y asiente.
—El profesor Felyan Wallyn —dice Flagbys en voz baja—.
Líder de Torre. Es quien dirige nuestras clases.
Cada torre tiene su propio líder. Que no te deje engañar su rostro de gente buena, es estricto.
Dicen que fue él quien entrenó al Comandante de Protección y Paz cuando este aún era estudiante.
Nadie se atreve a preguntarle si es cierto.
El profesor acaricia su barba castaña clara, recortada y ordenada, y su cabello está perfectamente peinado hacia atrás. Viste una túnica negra con líneas doradas con el emblema de su torre: un sol y una luna encerrados en un corazón con púas.
—Bienvenidos —comienza Felyan—. Y bienvenido, Rodrygo Clynk —me mira y sonríe—. Tienes algunas clases pendientes, pero estoy seguro de que te pondrás al día.
Luego dirige la mirada hacia la muchacha que Yvan acompaña.
La toma con delicadeza, como si se tratara de una muñeca frágil.
Al observarla bien, noto que lleva una venda verde cubriéndole los ojos, cuyos extremos caen sobre sus hombros.
Su cabello es corto, liso, de un castaño claro como el de Yvan que comparte los mismos rasgos que su hermana, sobre todo, sus ojos azules.
—Ella es Cynthia. Ella…
—Es ciega —susurra Flagbys, lo bastante bajo para que solo yo escuche. No lo dice con burla, pero tampoco con compasión. Es una observación seca, cargada de escepticismo.
—¿En serio lo es? Pero ¿qué hace ella aquí? —Le pregunto a Flagbys.
—Lo mismo que todos, Rodry —me responde de inmediato, sin dudar, con un tono contenido pero curioso—. Dicen muchas cosas sobre ella, pero lo que más causa sorpresa es su habilidad para cumplir con las exigencias y actividades de la Sociedad como si, en el fondo… no sufriera de ceguera.
Lo dice mientras baja un poco la voz, como si temiera que Cynthia pudiera escucharnos, aunque esté varios metros más allá, conversando tranquilamente con el profesor. Ella tiene esa aura que silencia un poco el ambiente, sin imponerlo, simplemente… sucede.
Miro a la chica que acaba de presentarse.
Sí, es ciega. Lo confirma la banda de tela verde que cubre sus ojos, bien ceñida a su rostro, con los extremos amarrados tras la cabeza, de donde cae una coleta corta, ordenada y ligeramente ondulada.
Su postura es recta, erguida como si nada la intimidara.
Tiene un cuerpo atlético, el tipo de físico que habla de disciplina más que de fuerza bruta.
Los brazos bien definidos asoman bajo el uniforme oscuro de la Sociedad del Hilo: chaqueta corta, mangas ajustadas, pantalones funcionales con refuerzos en las rodillas y botas negras pulidas hasta brillar.
Es más alta que yo por varios centímetros y su presencia no necesita de ojos para imponerse.
Me gusta cómo la luz suave de los ventanales resalta el contraste entre su piel pálida y el verde profundo de la venda. Tiene labios llenos y una expresión serena, de esas que hacen que uno se calle solo.
Pero sigue siendo ciega. ¿Cómo encaja aquí?
En la Sociedad del Hilo, los roles están bien marcados: marionetistas, asistentes de profesor, técnicos de mantenimiento, limpieza, apoyo médico, especialistas de combate… No hay un espacio evidente para alguien como ella. Y, sin embargo, ahí está.
—Ella nos acompañará —anuncia el profesor Felyan desde el centro del aula—. Estará con ustedes en todas y cada una de las clases. ¿Estamos de acuerdo?
Felyan es un hombre de rostro anguloso, con arrugas bien dibujadas que denotan años de experiencia. Tiene una voz que no grita, pero resuena en la médula. Se impone con solo mirar. Sus ojos se fijan en mí. Me lanza una sonrisa apenas curvada.
—Rodrygo, perfecto. Acompañarás a Cynthia durante esta y las próximas clases. Ambos son nuevos. Hoy será un día intenso, lo cual lo hace ideal para comenzar. Yvan, acompáñalos, tu hermana ya está con Rodrygo, ¿verdad?
Asiento sin decir palabra. Mi garganta se siente un poco seca.
—Espero que nos vaya bien —dice Cynthia, girando apenas el rostro hacia mí. Su voz es grave, clara, con un tono seguro, casi musical. Hay una calma natural en ella, como si nada pudiese sacarla de su centro.
Se sienta con una gracia elegante, cruza las piernas con precisión y apoya sus manos sobre las rodillas. La banda verde sigue bien ceñida a su rostro, y aunque sus ojos están cubiertos, no deja de parecer que ve todo.
Las parejas comienzan a formarse. Algunos se ríen nerviosos. Otros se acomodan torpemente. Cynthia y yo quedamos frente a frente. Su presencia es… rara. No por incomodidad, sino por el contraste: tranquilidad en medio del nerviosismo colectivo.
Con un gesto simple, Felyan chasquea los dedos.
De inmediato, la luz solar que entra por los ventanales altos se bloquea, como si una cortina invisible descendiera sobre ellos.
El aula queda en penumbra, pero no en oscuridad.
Una luz artificial, suave y dirigida, comienza a iluminar los vitrales que decoran las paredes laterales.
Los vitrales son magníficos: cada uno muestra escenas de marionetistas con sus marionetas, figuras estilizadas que parecen cobrar vida bajo el resplandor.
Los colores se intensifican con la nueva iluminación: verdes profundos, azules cristalinos, dorados que parecen fuego detenido en vidrio.
El salón entero se transforma en un espacio contemplativo, casi sagrado.
En el vitral central, justo detrás del profesor, se distingue el logo de la Torre: un corazón rodeado de púas, con la luna y el sol entrelazados en equilibrio perfecto. La imagen brilla con fuerza.
El ambiente se vuelve íntimo, expectante. El murmullo de los estudiantes se apaga, y el silencio se llena de la solemnidad de la luz filtrada. La marioneta de Felyan flota detrás de él, majestuosa, reflejando sus tonos en los vitrales, como si el cristal y el alma estuvieran conectados.
Felyan se adelanta unos pasos, su voz grave resonando en el salón.
—Las marionetas son una proyección del alma —dice con solemnidad—. No son armas. Son extensiones de ustedes mismos, creadas para cumplir un propósito: traer equilibrio. Paz.
Los vitrales parecen responder, brillando con un pulso tenue, como si las imágenes mismas escucharan sus palabras.
Estamos sentados en círculo, en silencio, respirando al compás de las instrucciones previas de meditación. El eco de nuestras respiraciones se mezcla con el murmullo lejano de la piedra, y por un instante siento que el aula es un templo.
Entonces, el profesor invoca su marioneta.
Aparece con un zumbido suave, como electricidad acariciando el aire. La vibración me eriza la piel. Es majestuosa: una Esmeralda de Paz.