La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Han pasado exactamente cinco días desde esa tarde en la tasquita. Ya llevo tres semanas completas yendo y viniendo de diferentes clases, también de entrenamientos, es decir, ejercicios para fortalecer mis músculos y mi resistencia.

Esteban me ha esquivado durante todo este tiempo.

Yo trato de organizarme mientras él se ocupa de sus cosas, pero lo veo por los pasillos, caminando de aquí para allá con otros miembros marionetistas, trae papeles, mapas por todos lados e incluso he llegado a verlo en el gimnasio fortaleciéndose, pero está tan concentrado que realmente no me presta nada de atención.

Me arrastro al gimnasio, cada músculo protesta ante el esfuerzo.

No es mi lugar favorito, pero Esteban tiene razón: debo fortalecerme.

No solo el conocimiento de los territorios de Chatarra me salvará, sino también la fuerza, la agilidad, la templanza mental.

Recorro el amplio rectángulo del gimnasio, mis pasos resonando en el silencio.

De repente, un cambio en la corriente de aire me alerta. Me detengo en seco.

Un golpe seco resuena, seguido del siseo de algo cortando el aire. Instintivamente, me giro. Una daga, pulida y plateada, se ha clavado en la pared, a centímetros de mi nariz. Si no hubiera sido por mi instinto, ahora tendría un agujero en la nariz.

—Lo lamento mucho —reconozco la voz al instante. Es Nick, su cabello negro liso un poco revuelto, y unos anteojos redondos que le dan un aire de intelectual despistado—. No era mi intención. Se me resbaló.

¿Se le resbaló? Observo la trayectoria de la daga. El punto desde donde se lanzó está a unos metros de distancia, una distancia considerable para un simple resbalón.

—¿Estás bien? —pregunta Nick, con una expresión que oscila entre la preocupación genuina y una pizca de… ¿diversión? Quizás esté exagerando un poco.

—¿Se te resbaló? —pregunto, alzando una ceja mientras señalo la daga incrustada en la pared, aun vibrando por el impacto—. ¿Desde esa distancia? Estás completamente demente. Casi me atraviesa la nariz.

Nick se encoge de hombros, con una sonrisa nerviosa que no logra disimular del todo la incomodidad.

—Bueno… digamos que tengo una ligera falta de precisión. ¿Qué esperabas? Apenas estoy en primer año. Nadie nace sabiendo. A menos que seas hijo de algún militar, especialista… o marionetista, claro. Pero no es tan común.

—¿“Ligera falta de precisión”? —repito, cruzándome de brazos—. Llamas a eso una “mala mano”, y por poco me conviertes en estatua decorativa con una daga en la cara.

—No seas tan dramático —responde, con un tono desenfadado y una sonrisita que intenta suavizar el momento—. Podría haber sido peor.

—¿Peor? —le lanzo una mirada incrédula—. ¿Cómo podría haber sido peor, Nick?

Él se lleva una mano al mentón, fingiendo pensarlo con seriedad.

—Bueno… podría haber sido una daga envenenada. O peor, una daga explosiva.

Lo miro fijo, en silencio. No estoy seguro si bromea o si realmente existe algo como una daga explosiva en este lugar. Con Chatarra nunca se sabe.

—Eres increíble —digo finalmente, negando con la cabeza.

—Lo sé —dice, guiñándome un ojo con descaro—. Pero en serio, lo siento. ¿Te invito un batido para compensarlo?

—¿Un batido? —mi expresión comienza a suavizarse, aunque intento mantener el enfado. Maldita sea, soy débil ante la comida.

—Vamos —insiste Nick, con una sonrisa que parece haber sido diseñada para desarmar enfados—. Mi manera oficial de disculparme. Además, necesito practicar mi puntería… preferiblemente lejos de narices ajenas.

—¿Practicar tu puntería? —lo miro con sospecha renovada.

—Sí, ya sabes… para que la próxima vez que “se me resbale” una daga, al menos le atine a la manzana y no a tu cara —responde con una sonrisa traviesa, como si todo fuera parte de un juego.

Suspiro, cediendo al gesto. Es imposible estar realmente molesto con alguien como Nick por mucho tiempo.

—Está bien, pero si me clavas otra daga… te juro que te la devuelvo por la frente.

—¡Prometido! —dice él, alzando ambas manos como si firmara un tratado de paz—. Entonces… ¿batido de fresa o de chocolate?

—Chocolate —respondo sin pensarlo demasiado.

—Buena elección —dice, comenzando a caminar hacia la salida—. Aunque el de fresa también está criminalmente subestimado.

La cafetería de la fortaleza de la Sociedad del Hilo siempre me ha parecido un lugar lindo.

No tiene nada de lujoso: mesas de madera oscura, bancos firmes y un olor constante a café fuerte mezclado con pan tostado.

El murmullo de las tazas y platos acompaña el silencio de los profesores, estudiantes y especialistas que entran y salen sin detenerse demasiado. Es un sitio funcional, nada más.

Nick y yo pedimos dos batidos. Los sirven en vasos altos de vidrio, con una espuma ligera en la superficie. El contraste del dulzor con el aire frío que se cuela por las rendijas de las ventanas me reconforta un poco. Nos sentamos cerca de un ventanal, donde la luz tenue apenas ilumina su rostro.

Nick siempre me impresiona. Tiene rasgos finos, semi-asiáticos, y una piel clara que casi nunca ve el sol de la superficie.

El cabello negro, liso, le cae con naturalidad sobre las sienes, y esos anteojos redondos que jamás se quita le dan un aire de intelectual despistado que contradice lo bien que maneja un cuchillo.

Se mueve con una compostura impecable, como si cada gesto estuviera medido.

Incluso aquí, en un lugar tan sencillo, parece destacar.

De pronto, lo veo llevarse la mano a la sien. Su expresión cambia: frunce el ceño, respira con dificultad. El vaso tiembla en su mano y antes de que pueda reaccionar, se le escapa. El batido cae al suelo con un golpe seco, derramándose en un charco espeso que se extiende sobre las piedras.

—¡Nick! —me levanto de inmediato.

Él se inclina hacia adelante, los ojos entrecerrados. Y entonces lo veo: un hilo de sangre brota de su oreja izquierda, deslizándose lentamente por su cuello. El rojo contrasta con su piel clara y me deja helado.

—¡Estás sangrando! —exclamo, intentando acercarme.

Nick levanta la mano con firmeza, deteniéndome. Su voz es grave, aunque débil.

—Es… entrenamiento. No te preocupes.

Lo miro, confundido, sin saber qué hacer.

—¿Entrenamiento? ¿Qué clase de entrenamiento te hace esto?

No responde. Se incorpora con esfuerzo, su compostura intacta a pesar del dolor. Sus ojos brillan con una determinación fría, como si el sufrimiento fuera parte de una rutina que ya conoce demasiado bien. Se gira hacia la salida, dejando atrás el vaso roto y el murmullo inquieto de los demás.

—Nick, espera… —digo, pero él ya se aleja con pasos rápidos, sin decir más.

La puerta de la cafetería se cierra tras él, y yo me quedo solo, con la sensación de que acabo de presenciar algo que no debía. El murmullo de la cafetera vuelve a llenar el silencio.

Asisto por primera vez a la clase de meditación.

El lugar me deja sin aliento: alto, amplio, con paredes en suaves tonos de azul que evocan el cielo al amanecer.

El aire está impregnado de incienso, creando un ambiente perfecto para relajarse.

Me rodea un grupo de estudiantes de primer y segundo año, así que no hay muchas caras nuevas.

A mi lado se sienta una chica que llama mi atención.

Su cabello brilla como los rayos dorados del sol al atardecer, y sus ojos azules reflejan el cielo despejado.

Tiene pecas esparcidas por el rostro, como si un artista hubiera salpicado su piel con un pincel.

Lleva el cabello trenzado en varias coletas juguetonas que caen sobre sus hombros.

Viste el típico traje de reposo: un suéter negro que absorbe la luz y unos pantalones cómodos.

Me lanza una sonrisa cómplice y asiente, compartiendo la expectativa mientras esperamos al profesor.

—¿Te importa? —pregunta, su voz cargada de una mezcla de desafío y respeto.

—Para nada. —Niego con la cabeza. Realmente, no me molesta. Apuesto que, si Fylian estuviera aquí, ya habría alzado una ceja, evaluando la situación con su clásico escepticismo. Luego, de un rato, reconozco su rostro. Sí, definitivamente es ella. Una de las pocas que quieren sentarse junto a mí.

El profesor encargado también es el director general de la torre.

Su presencia impone. Cada torre tiene un guía a cargo, una figura que encarna su esencia, mientras los estudiantes se distribuyen por torres especializadas.

El sistema parece más organizado de lo que imaginaba: como un mecanismo intrincado, pero eficiente.

El año académico se divide en tres cortes. Eso me da tres oportunidades para entrar a la mística Torre de los Espejos. Si tengo suerte, una marioneta podría elegirme. Pero no es algo que suceda sin más: hay un proceso ritual que se realiza con sumo cuidado.

En este primer corte, mis asignaturas son meditación y principios teóricos. Sé que más adelante podré explorar otras materias, quizás repitiendo profesores, pero con enfoques distintos.

—No eres muy bienvenido aquí —dice la chica del cabello dorado. Su voz es suave, casi melodiosa, pero lleva un filo sutil, como si sus palabras pudieran cortar si uno no presta atención.

—Me di cuenta desde el primer día —respondo, dejando escapar una risa baja mientras formo un puchero exagerado con los labios—. Pero bueno… qué se le va a hacer. No todos tenemos el don de caer bien al instante, ¿no crees?

Me encojo de hombros, tratando de restarle importancia, aunque por dentro la incomodidad se retuerce como un gusano. Ella me observa por un segundo más, como si evaluara mis palabras, y luego sonríe. Es una sonrisa tranquila, sin burla, cargada de una complicidad inesperada.

—Eso es cierto —asiente, como si acabara de confirmar algo sobre mí que no logra disgustarle del todo.