Capítulo 5 #4
El viento levanta una nube de polvo fino que se arremolina entre nosotros. Las espadas del Jardín parecen moverse bajo la luz de la luna, como si los champiñones de tierra respiraran. El silencio se llena de crujidos lejanos, como si algo caminara entre las formaciones.
—Pero es que me dijeron cosas extrañas —insisto, tragando saliva—. Y luego te oí resoplar, y fue la razón por la que corrí.
—¿Resoplar? ¿De qué hablas, Rodrygo? —interviene Esteban, su voz grave, cortante—. Estuve en silencio todo el tiempo.
—Es que… creo que escuché a alguien quejándose de algo. No sé bien cómo explicarlo, pero ellos saben algo.
Esteban aprieta los puños, la mandíbula tensa, los ojos fijos en el suelo como si buscara respuestas en las grietas de la piedra. El polvo se pega a su barba, y su respiración se vuelve más pesada.
—Tienen armas peligrosas —dice al fin, con voz áspera—. Armas que no son tan comunes en Chatarra, pero sí de un lugar que tú y yo conocemos bien.
El silencio se rompe con un murmullo grave de Haalynd. Se inclina hacia la mesa improvisada de piedra, sus dedos tamborileando nerviosos contra la superficie áspera.
—Bosqueoscuro. Y se pone peor —su voz es baja, pero firme—.
Fueron mis primeros sospechosos del secuestro, pero no fueron ellos.
Aunque son un riesgo, están siendo manipulados por Caldyno, el creador de los Venusfly.
Contrabandean armas y repuestos. No van al páramo porque las marionetas protegen las cosechas… pero están siendo consumidas por algo.
El viento sopla más fuerte, arrastrando un silbido que parece un lamento. Las sombras de las rocas se alargan, y por un instante creo ver una figura moverse entre ellas. Me estremezco.
Haalynd se endereza, respira con dificultad, como si cada palabra le costara.
—Caldyno es un sujeto demente, capaz de usar su cerebro para manipular a cualquiera.
Estoy segura de que eso es lo que hace. Interviene de manera indirecta, y si soy sincera, me da miedo.
Pero ya sabes… como en los entrenamientos, no podemos demostrarlo a la deriva*.
* Aun así, creo que esa dirección no es la que deberías tomar, Esteban.
Y mucho menos con Rodrygo. A ver, él ni siquiera tiene una marioneta, y lo traes a un terreno peligroso.
Cuando te mandé la nota para venir, era para hablar contigo.
Y, sin embargo, lo trajiste —concluye Haalynd, con un tono firme que me hace entender, por fin, por qué vinimos a este sitio en plena noche.
—Parece una maldita broma de mal gusto —dice, casi sin aliento—. No ha habido reportes. ¿Operan en secreto? ¿Pero qué diablos…? ¿Por qué están por esta región? No es su jurisdicción. Esto no es Bosqueoscuro.
Sus palabras quedan suspendidas, y por un instante nadie responde. Solo el crujido de la madera seca que usamos como fogata y el zumbido lejano de la energía de las marionetas llenan el silencio.
Haalynd rompe la tensión con un gesto brusco.
—Lo hacen. Los interrogué. Pero lo peor es que usan a los muertos para crear más Venusfly.
Y en cualquier momento estallará un caos.
Tienes que preocuparte, Esteban, porque el tiempo corre y Fylian y Kyra no aparecen.
Y en seis meses es el Gran Torneo de Marionetistas.
Otro año sin la Sociedad del Hilo de Chatarra será un desastre para los directivos.
Lamentablemente, se preocupan más por un torneo que por contrarrestar fuerzas que vienen del exterior.
Commercek jamás renacerá si todo sigue así.
Y no olvides los malos comentarios que vendrán de Ciudad Origen.
El polvo me raspa la garganta. Me aclaro la voz.
—Caldyno. Caldyno. ¿Cómo sigue vivo? —pregunto, y Haalynd asiente con gravedad.
—He leído sobre él —añado, nervioso—. Filósofo, inventor, pionero.
Trajo la religión del Destino Manifiesto: la idea de que una civilización debe crecer sin detenerse, absorbiendo todo lo que la rodea, hasta que ya no queda una frontera clara entre lo suyo y lo ajeno.
Los túneles que conectan Conquista con Chatarra nunca pertenecieron del todo a nadie.
Nadie los vigila, nadie los reclama. Para alguien que cree que el mundo entero le pertenece por destino, un lugar así no es un vacío: es una invitación. Por eso el Venusfly estaba en el túnel.
—A la mierda, Esteban —exclama Haalynd, golpeando la roca con la palma—. Esto es serio. ¿Quién es él?
Esteban me mira, sus ojos marrones brillando bajo la luz de la luna.
—Rodrygo —responde con firmeza—. El mejor amigo de Fylian. Ella es Haalynd. Y a diferencia de Kyra y Fylian, ella se vinculó con una marioneta en su primer año… hasta que, parece, se aburrió.
Haalynd sonríe con picardía, rompiendo la tensión.
—Seguramente la comida —dice, arqueando una ceja.
—La comida es lo que me mantiene aquí —respondo, encogiéndome de hombros, aunque el viento me obliga a apretar la capucha contra mi rostro.
Haalynd me mira un segundo de más, como si reconsiderara algo.
—Tienes agallas, niño bonito. Eso, al menos, no te lo voy a discutir.
El Jardín de Espadas nos rodea como un laberinto vivo. Las sombras parecen escuchar. Y yo no puedo dejar de pensar que alguien, o algo, nos observa.