La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

Algo se mueve de nuevo, más cerca. Una figura vestida de beige.

Una mujer. Hermosa, atlética, con una bufanda que se extiende como alas a su espalda.

Su silueta parece flotar entre las sombras.

¿Sabe que la observo? ¿Quién es? Tiene un emblema en su brazo.

El mismo que usan los marionetistas. Mi estómago se contrae. ¿Será uno de ellos? No quiero creerlo.

El aire se vuelve más denso. El polvo se arremolina como si el suelo respirara. Mis ojos no parpadean, mi dedo aprieta el gatillo apenas un milímetro. El corazón late tan fuerte que siento que me delata.

Antes de que pueda reaccionar, una mano pesada se posa en mi hombro. Me sobresalto, casi disparo. El capitán Esteban. Me tapa la boca con firmeza, me indica silencio. Sus ojos me atraviesan con una advertencia muda. Con señas, me explica que espere.

Asiento, intrigado, pero el miedo me muerde por dentro. La mujer sigue ahí, inmóvil, como si supiera que somos incapaces de movernos. El Jardín de Espadas de Chatarra parece cerrar sus paredes sobre nosotros. El silencio se convierte en un grito contenido.

¿Qué está pasando?

Esteban avanza, Kendram a cuestas, con una calma que me desconcierta. ¿Ha olvidado a los prisioneros? ¿Y si escapan? Pero él parece conocer a la mujer, la saluda con una sonrisa, como si fueran viejos amigos. Desde mi posición, alcanzo a escuchar sus primeras palabras.

—Es tarde para que una bella mujer esté paseando por el Jardín de Espadas —dice el capitán Esteban, con una sonrisa que parece más un truco de magia que una expresión genuina.

Es tan robótico. ¿Cómo espera conquistar una novia en el futuro?

El rizado y abundante cabello de la mujer se mueve ligeramente, y sus ojos marrones se clavan en Esteban—.

Aún estás a tiempo de terminar el primer año en la Sociedad del Hilo, Haalynd Pempet.

Haalynd esboza una sonrisa, un poco apenada, pero niega con la cabeza.

—Necesitamos más como tú —insiste Esteban—. Sabes cómo son los tiempos en la Sociedad del Hilo, especialmente en Chatarra y el fastidioso conflicto que se desarrolla entre la administración de gobierno y lo espiritual.

¿Cómo ella? ¿Quién es esta mujer y por qué es tan importante para la misión? me pregunto. ¿Y qué clase de conflicto habla el capitán Esteban? Aquí, todo parece relativamente tranquilo.

—Sé que lo buscas, Esteban. Te conozco. Estudiamos juntos y siempre fuiste inteligente pero bastante rústico para las mujeres —dice Haalynd, esbozando una leve sonrisa, mueve sus caderas sensualmente mientras se aproxima al capitán.

—Dame información, Haalynd la Diosa de la Luna, y su…

disculpa, es que ella no es tan común, pero por favor, no mates al muchacho que viene aquí precisamente para ayudarme a encontrarlo, ¿quieres?

—Los dedos de Esteban comienzan a iluminarse de un color amarillo intenso.

Lo que significa que Kendram está listo para atacar.

Esteban me mira, y veo que Kendram me apunta con todos sus antebrazos abiertos, cada uno con un arma lista para disparar. No sentí el cambio en el aire, no vi cuando se acercó, pero sé que tengo algo detrás de mí.

—Un Luna… no recuerdo, ¿me ayudas? —pregunta Esteban. Aunque su tono de voz suena particularmente sarcástico.

—Un Luna Victoria. Es la raza de mi marioneta, maldición, Esteban, primero dejas que Fylian desaparezca…

—Escuchar el nombre de mi amigo me sacude.

Quiero correr hacia ellos, pero sé que sería mi último movimiento.

Un Luna Victoria. Recuerdo haber visto imágenes de varias razas de marionetas, y los Luna Victoria son raros, incluso en este lugar donde las marionetas son una rareza.

Un Luna Victoria… pienso. Marionetas femeninas, con el rostro cubierto de metal y una media luna que oculta su frente y nariz.

Los labios rojos, perfectamente diseñados, parecen pintados con precisión quirúrgica.

Seis manos que se mueven como abanicos, armadura en tonos pastel y beige, una bufanda que se abre como alas al viento, cabello dorado que brilla bajo la luz, y un cuerno que sobresale de la placa de hierro.

Bellísimas, inquietantes. Se dice que Gyselth, la líder opositora, tuvo una.

—Ahora dejas que un novato de la superficie venga —la voz suena cargada de reproche, casi con sorna—. Alguien de Conquista, con unos rizos negros bastante simpáticos. Seguramente Fylian tenía muchos buenos comentarios sobre ellos.

Esteban se inclina hacia adelante, sus ojos marrones brillan con cansancio y rabia contenida. Su tono es grave, pero no grita; habla como quien sabe que sus palabras pesan más que un golpe.

—Si alguien estuviera dispuesto a gobernar lo que queda de Chatarra, ya te habrían revocado el título de capitán marionetista. Pero… primero, no hay nadie con el valor suficiente para tomar el mando. Y segundo, no hay muchos marionetistas al servicio.

Hace una pausa, respira hondo, como si el aire mismo le costara.

—Chatarra está siendo mantenida a flote por la Sociedad del Hilo, que tiene la fuerza militar para protegernos. Aunque el Ministerio de Defensa quiera pintar otro mundo, y el Cónclave del Hilo quiera encadenar la fuerza de los marionetistas. Son todos tan manipulables.

Sus palabras me golpean como un eco.

—Y antes de que preguntes —añade, con un gesto brusco de la mano—, no, ellos no tienen nada que ver con la desaparición de Fylian y Kyra.

Tienen un asentamiento a una hora de aquí, antes de llegar al Páramo de Cosecha.

Pero si tienen relación con algo más peligroso, Esteban… será mejor no acercarse.

—Sí —digo, casi como un suspiro.

—Puedes hablar más duro, niño bonito. No mordemos —dispara Haalynd, con un tono burlón que me incomoda—. ¿Sí qué?

—Creo que sí tienen alguna conexión —respondo, inseguro, pero firme.

Haalynd chasquea la lengua, se reclina contra la roca y me observa con esos ojos negros que parecen medir cada palabra.

—Sería algo incoherente, niño bonito. ¿Qué harían dos sujetos drogados robando una lechería? Además, sus asentamientos están cerca. Posiblemente llevaban suministros para las cosas que yacen ahí. Pero créeme, no tienen relación con Fylian y Kyra. Ya lo hubiese sabido yo.