La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Los encapuchados saltan por un desnivel.

Escucho el raspado de sus botas contra la tierra seca.

Esteban frena, calcula, pero mi cuerpo no obedece: el impulso me arrastra.

Lo golpeo por la espalda y ambos nos precipitamos al vacío.

Rodamos por la pendiente empinada, la tierra se mete en mi boca, las piedras sueltas crujen bajo mi peso.

El aire se llena de polvo, y apenas puedo ver cuando impactamos contra los tres hombres.

Caigo de lado, me doblo, ruedo por el piso para recuperar el equilibrio. Esteban se levanta de inmediato, ágil, sus dedos se tiñen de amarillo y Kendram aparece como un destello. Yo me coloco detrás de él, jadeando, intentando que mis piernas respondan.

Los encapuchados, cubiertos de leche, desenfundan armas.

Espadas que brillan bajo la luz tenue. Pistolas con un resplandor azul eléctrico.

Ese tipo de tecnología no debería estar en manos de cualquiera.

El sudor me corre por la frente: están entrenados, lo noto en la forma en que se mueven, en cómo gritan y atacan sin dudar. Tres contra dos.

Esteban bloquea un golpe con su daga, gira sobre sí mismo y desvía otro ataque con un movimiento seco.

Kendram se adelanta, intercepta disparos con precisión imposible.

Yo retrocedo, salto hacia un costado para evitar que me arrinconen.

Uno de ellos me apunta directamente. Bajo la capucha, sus ojos verdes arden como brasas. Dispara.

El destello me ciega. Me lanzo al suelo, ruedo sobre mi hombro, el cuerpo golpea contra las piedras. El aire huele a ozono quemado. Kendram se interpone, su figura absorbe el impacto. Yo me cubro instintivamente, los brazos sobre la cabeza, el corazón desbocado.

—¡Esteban! —grito, sin saber qué espero que haga, solo buscando que mi voz rompa el caos.

Kendram lanza un chorro de energía amarilla, pero los hombres lo esquivan y siguen atacando. Esteban mueve los dedos, esquivando los tajos de espada. Tengo que hacer algo. Pienso. ¡Ya lo tengo! Si Esteban logra hacerlo retroceder.

—¡Hazlo retroceder! —le grito, esperando que entienda.

Él me entiende. Con movimientos veloces, lo acorrala, obligándolo a retroceder.

Yo corro, me lanzo al suelo y hago tropezar al atacante con una zancadilla certera.

Cae con fuerza, soltando su espada. La recojo en un movimiento rápido y, sin pensarlo, bloqueo un nuevo disparo dirigido a Esteban. La hoja vibra con el impacto.

Los otros dos se sorprenden, y Esteban aprovecha para atacar. Kendram lanza cuchillos que impactan en sus estómagos y piernas, y luego una onda de energía eléctrica. Kendram atrapa al hombre al que hice tropezar con una red eléctrica. Esteban observa al hombre, que se retuerce de dolor.

El hombre tiene el rostro demacrado, con signos de drogadicción.

Su cabello trenzado está desgastado de un color gris muy opaco, y sus orejas están deformadas.

Es delgado, pero fuerte. Tiene un tatuaje en el cuello.

Es una rosa negra rodeada por un círculo de espinas.

Esteban me asiente, con el rostro cubierto de tierra.

Intento disculparme por haberlo hecho rodar por la pendiente, pero él niega con la cabeza, resignado a mi torpeza.

—Rodrygo —me llama el capitán Esteban, después de un rato de escaneo del horizonte.

Los tres hombres, que ahora distingo mejor, parecen clones: misma complexión, misma mirada afilada, misma seriedad.

Solo uno destaca, cabello corto y gris, no trenzado como los otros dos, un detalle que lo hace resaltar en este paisaje de arena y también el tatuaje de la rosa negra rodeado por un círculo de espinas—.

Estamos en el fondo de un valle desértico, algo desviados de nuestro objetivo: la tienda de leche.

También cerca del Jardín de Espadas —Asiento, reprimiendo una sonrisa.

¿Leche? ¿En serio? Me imagino una escena de película, contrabandistas de leche espacial o algo así.

Él niega pesadamente con la cabeza y yo encojo los hombros sin entender un poco.

Esteban inspecciona el terreno. Con su cabeza, señala a los otros dos, ahora rodeados por una red eléctrica que los mantiene inconscientes.

—Cualquier cosa, supongo que sabes correr, disparar y gritar. —Me mira con una ceja levantada, como si esperara una respuesta ingeniosa.

Asiento de nuevo, un poco nervioso. No he tenido clases de combate reales, solo teoría y rutinas de ejercicio que me dejan sin aliento.

El profesor Wylcam repetía una y otra vez que el cuerpo debía entrenarse antes de la mente, porque en una pelea el cerebro no piensa: reacciona.

Decía que la memoria muscular es más rápida que cualquier razonamiento, que los reflejos entrenados pueden salvarte la vida cuando la adrenalina bloquea la capacidad de decidir.

Lo recuerdo claramente: “El cuerpo se prepara para la huida o el ataque liberando adrenalina y cortisol. Si no entrenas, esa química te paraliza. Si entrenas, esa química te impulsa”.

Ahora, con la sangre golpeando en mis sienes, entiendo lo que quiso decir.

Intento seguir el ritmo de mis compañeros, unirme a su grupo, pero me siento como un fantasma en las clases, en toda la Sociedad del Hilo.

Los hermanos de cabello dorado, los únicos que me han dirigido la palabra, me lanzan miradas de reojo, como si fuera un bicho raro…

un intruso tolerado. La xenofobia, pensé que era cosa del pasado, pero aquí, en este rincón olvidado del universo, parece estar a la orden del día.

El paisaje me rodea como un sueño torcido: pequeñas montañas de arena que se extienden hasta el infinito, formaciones rocosas que parecen setas gigantes, la luz de la luna dibujando sombras alargadas que se mueven como si respiraran.

“En lugares nuevos, hasta el olor cambia”, solía decir Fylian.

Tenía razón. Aquí el aire huele a polvo y a algo metálico, como óxido y maquinaria olvidada. Cada inhalación me raspa la garganta.

—Eres el lienzo nuevo, ¿no? —las palabras me sobresaltan de nuevo. ¿Qué diablos hace este tipo hablando? Pensé que la red de energía los había dejado aturdidos, pero está bien despierto. Su voz es áspera, como si le costara salir de su garganta.

—Eres el lienzo nuevo, ¿no es así? —me repite, y siento como si algo sujetara mi lengua, impidiéndome responder.

¿Qué quieren estos tipos? ¿Y por qué una tienda de leche? Todo parece absurdo, pero en sus ojos hay una seriedad que me incomoda.

—Hay razones especiales para que los puntos tontos que crea tu mente se vuelvan importantes —dice, y su tono es casi burlón.

Lo miro con rabia contenida. Es el de cabello trenzado, el único que sigue despierto. Sus ojos, cansados y rodeados de ojeras profundas, no dejan de observarme. Tiene la piel curtida, marcada por cicatrices pequeñas en la mejilla, y un gesto que mezcla agotamiento con una extraña fascinación.

—O a lo mejor son tan tontos ustedes y no tenían nada mejor que hacer —le respondo, intentando sonar firme, aunque mi voz tiembla un poco—. Sí, quizás están drogados. Esteban suele ser un poco paranoico.

—¿Eres el lienzo nuevo? —insiste, como si no pudiera pensar en otra cosa.

—¿Y vas a seguir con lo mismo o es que la red eléctrica te está fundiendo la cabeza, amigo? —le digo, apretando los dientes.

Él sonríe apenas, mostrando unos dientes amarillentos.

—¿Fundir? Eso suena como… desaparecer, como… aniquilar, ¿no es así? —su voz se vuelve más grave, más inquietante—. ¿Y qué tal si ese bonito compañero tuyo, el de la barba, suelta un pequeño bufido sonoro?

Y, por muy gracioso que suene, pasa. Un bufido corto, seco, que me alerta por completo. Mi corazón se acelera. Los apunto con el arma, sin remedio ni opciones, pero no disparo. El de cabello trenzado solo sonríe, como si supiera algo que yo no.

—Sí, eres el lienzo nuevo. Eso es genial. Ha funcionado —susurra, y cuando dice su última palabra su cabeza cae hacia un lado, inconsciente, sin agregar nada más.

Me pongo en marcha, con la piel de gallina, tratando de llegar hasta Esteban. Ese bufido tuvo que ser él. Estos tipos ya me están poniendo los pelos de punta, y cada segundo que pasa siento que el aire se vuelve más pesado, más peligroso.

El frío me cala los huesos. Me subo la capucha, y el gesto levanta una nube de polvo fino que se queda suspendida, como si el aire mismo estuviera detenido, observándome.

Este lugar debe ser el Jardín de Espadas de Chatarra, un laberinto natural al suroeste de la ciudad principal, a dos horas y media de la Sociedad del Hilo.

Un sitio poco patrullado, ideal para esconder secretos… y personas.

Lo que a primera vista parecen enormes rocas cubiertas de musgo y óxido son, en realidad, espadas colosales, hincadas en la tierra como estacas, con las empuñaduras devoradas por la piedra y el tiempo.

El orbe dorado de Kendram flota cerca del hombro de Esteban, proyectando una luz tenue sobre el musgo y el óxido, revelando formas que la sola luz de la luna no alcanza a mostrar.

—Se dice que aquí vivieron gigantes —murmura Esteban, sin apartar la vista de las formaciones—. Junto a los primeros manipuladores de marionetas. Por eso no son rocas, Rodrygo. Son espadas. El tiempo y la tierra se encargaron del resto.

Avanzo con cautela, cada paso más pesado que el anterior. No hay mucha fauna, pero la sensación de estar observado me pone los pelos de punta. El silencio es tan absoluto que escucho mi propia respiración, irregular, como si alguien más la imitara.

De repente, un destello de movimiento a mi izquierda.

Un alboroto de cabello que se esconde tras una roca.

Me detengo en seco. Levanto el arma, el dedo en el gatillo, el hombro tenso.

Las palabras del profesor Wylcam resuenan en mi cabeza: “Precisión, control, anticipación. El disparo no es fuerza, es calma”.

Intento recordar la calma, pero mis manos sudan.