Capítulo 5
“Cada Capitán es acompañado por un equipo de entre tres a cuatro integrantes, marionetistas, para el cumplimiento de misiones que se asignan con base en un cálculo estadístico que determina su prioridad y nivel de dificultad.
Estas misiones son fundamentales, ya que constituyen la principal fuente de ingresos para la Sociedad del Hilo, asegurando su sostenibilidad y funcionamiento continuo.
Las misiones se clasifican en cinco niveles de dificultad:
Nivel E: Recolección o transporte de objetos menores en zonas seguras.
Nivel D: Supervisión de fronteras y asistencia a patrullas.
Nivel C: Contención de amenazas mínimas en zonas de riesgo medio.
Nivel B: Localización y captura de entidades mágicas, tecnológica y humanas.
Nivel A: Misiones de alto riesgo con posibilidad de enfrentamiento con criaturas anómalas.
La asignación de nivel se realiza a través del Departamento de Cálculo y Estrategia, con revisión semanal por parte del Cónclave del Hilo y el Comandante de Protección y Paz”
—Resumen del capítulo I y II del libro de Desarrollo de Actividades de la Sociedad del Hilo mención: el Arte de los Marionetistas.
Los superhéroes son una fuente de inspiración inagotable para mí, y por eso ahora mismo estoy absorto en mis dibujos, diseñando trajes con protecciones para mí mismo.
Imagino una marioneta increíble, con armamento superior a Kendram o la del profesor Wylcam de principios teóricos que se llama: Tentram, cuyo nombre por fin recordé cuando salía de clase.
El profesor me tomó del brazo y pude admirar el brillo de todos los aros que adornan su nariz, orejas y párpados.
Me habló de las marionetas, de su inteligencia y habilidades sobrenaturales que te dejan sin aliento, y de cómo se conectan con los valores del marionetista.
Es algo que me hace sentir un cosquilleo en las mejillas, pero un cosquilleo agradable.
Por momentos, siento que puedo convertirme en lo que le prometí a Fylian aquella madrugada: un héroe.
Pero su desaparición me tiene triste. Lo extraño mucho.
Fylian y yo compartimos tantos recuerdos de la infancia que nos mantienen unidos.
Como aquella vez que me caí de un árbol y me abrí la cabeza, y él me dio un coscorrón “para rematar” y luego me ayudó a limpiar la herida, consciente de que podría haberla empeorado.
Fylian me acompañó en las noches oscuras, cuando el miedo me paralizaba.
La voz de esa persona, mezclada con el olor a alcohol y drogas, y el sonido de las rodillas de mi madre suplicando, y.
… los golpes, las burlas, los insultos… Prefiero no recordarlo.
—Tuve la oportunidad de luchar al lado de Gyselth —me comenta el profesor Wylcam mientras recoge algunos exámenes de su escritorio—.
Era capitán en ese entonces. Mis hombres murieron, pero pude vengarlos.
Tentram siempre me acompañaba. A lo que quiero llegar, Rodrygo, es que viví en una época donde todo marchaba bien y ahora ver cómo todo se desmorona es abrumador.
Quizás necesitemos expandirnos o quizás aceptar que nuestra extinción está cerca, pero el recordar eso me entristece.
—Entonces, el profesor mete todas las hojas en su bolso de cuero marrón y se marcha sin decirme nada más.
El sudor frío me pega la camiseta a la espalda.
Me levanto de golpe, el corazón latiendo como un tambor de guerra.
El dibujo, esa pesadilla plasmada en papel, yace arrugado sobre la mesita de noche.
Lo tomo, lo siento arder entre mis dedos, y lo lanzo por la ventana, dejándolo a merced del viento otoñal.
Las hojas secas bailan en el aire, llevándose consigo mis miedos, o eso quiero creer.
Un suspiro frustrado se escapa de mis labios.
—Si de verdad aspiro a ser un héroe, si quiero que ese título pese en mis hombros con honor, entonces debo esforzarme más.
Debo dejar de lado estas dudas que me corroen, este miedo que me paraliza.
—Me digo a mí mismo, en voz alta, como si al pronunciar las palabras pudieran cobrar más fuerza, más verdad.
Y mientras lo digo, mis dedos se enredan entre mis rizos negros, buscando un poco de consuelo.
Justo cuando voy calmándome, un golpe suave en la puerta me sobresalta. Es Esteban, su figura alta y delgada recortada contra la luz del pasillo. Lleva su suéter negro de siempre, ese que parece una extensión de su propia sombra, y unos pantalones que se confunden con la penumbra.
—Vístete, Rodrygo. Daremos un paseo de rutina por el pueblo de Aprilcol —su voz es baja, pero firme.
Me visto a toda prisa, sintiendo la inquietud crecer en mi pecho.
Esteban no parece ser de esas personas que proponen paseos nocturnos sin motivo.
Noto la preocupación en sus ojos, esa tensión que intenta ocultar tras una fachada de calma.
Mira su reloj de muñeca, un gesto rápido y preciso, y asiente para sí mismo, como confirmando una sospecha.
—No es hora de dormir —murmura Esteban. No sé si lo dice para mí o para sí mismo. Su voz suena como un eco apagado, cargado de algo que no alcanzo a descifrar. Pero creo que eso no importa mucho ahora.
Camino detrás de él por un pasillo estrecho, con las paredes húmedas y el suelo que cruje bajo mis botas.
Junto a su hombro se enciende una tenue esfera dorada —Kendram, tomando esa otra forma que ya conozco—, y su luz apenas alcanza a dibujar los contornos húmedos de las paredes.
El aire es pesado. Entonces lo siento: un escalofrío me recorre la espalda.
Giro la cabeza y, por un instante, veo una sombra deslizarse por la pared.
No tiene forma clara, pero sé que me observa.
Me quedo quieto, conteniendo la respiración.
Nada. Solo silencio. Quizás sea mi imaginación, ¿no?
Pero creo que nunca he tenido una experiencia paranormal como para lograr identificar que ha sido eso o quizás o un poco de cansancio.
Avanzamos unos pasos más y ahí está de nuevo.
La sombra se asoma desde la esquina, más definida, como si quisiera asegurarse de que la he visto.
Mis ojos se clavan en ella, pero antes de que pueda reaccionar, se desvanece.
El vacío que deja es peor que su presencia.
Aprieto los dientes y sigo caminando, con la certeza de que algo nos acompaña, invisible, paciente.
Las calles de Aprilcol se abren frente a nosotros.
El pueblo parece vivo, pero frágil. Las casas viejas, con balcones de madera carcomida y techos de teja rojiza, se inclinan sobre los callejones como si escucharan nuestros pasos.
Los faroles azulados y amarillos titilan como luciérnagas encantadas, iluminando murales pintados en las fachadas: escenas de resistencia, mitos antiguos, héroes olvidados, sobre todo de Gyselth.
Parece que sus actos fueron de gran impacto.
El aire está lleno de aromas: pan recién horneado, especias dulces, humo de carbón.
Escucho risas, discusiones sobre el precio del maíz, canciones ásperas que brotan de un bar donde los músicos rasguean cuerdas metálicas, un sonido vibrante que solo he oído aquí.
En las plazas, las fuentes de piedra murmuran agua sobre inscripciones en un idioma que nadie recuerda.
Artesanos venden figuras talladas en hueso y madera, pequeñas piezas que parecen guardar historias.
Entre los puestos, una anciana musita algo en voz baja, un hilo rojo enrollado con cuidado alrededor de su dedo índice, como un rosario improvisado.
—Tejedor que sostienes el mundo, no sueltes el hilo —repite, casi en un susurro, antes de volver a su labor como si nada. No es la única: más adelante, un hombre joven lleva el mismo hilo rojo atado a la muñeca. Nunca le pregunto por qué. Hay devociones que uno aprende a no interrumpir.
Esteban me dice que Aprilcol es uno de los tres pueblos principales que rodean la Sociedad del Hilo, un enclave vital para quienes resisten. Me pregunto cuánta gente aquí sabe lo cerca que están del peligro… o si prefieren fingir que no lo ven.
Me detengo frente a la lechería. El olor a leche caliente y pan dulce me golpea, pero termino antojándome unas salchichas en un palo. Esteban arquea las cejas, pero al final acepta. “Es una misión”, me digo, “no puedo hacerla con el estómago vacío”.
Nos sentamos en una plaza iluminada. Las luces dibujan siluetas cálidas sobre las piedras gastadas, y el murmullo de la fuente acompaña el crujir de mi mordida. Mastico despacio. La salchicha es perfecta: salada, picante, jugosa. Es comida sencilla… pero real. Esteban no come. Vigila.
—¿Fylian tenía una marioneta? —pregunto. Él asiente sin apartar la vista. Aunque sé que es una pregunta obvia, no puedo evitarla. —Y si Fylian y Kyra tenían marionetas… ¿por qué fueron ellos los que estamos buscando o esperando?
Esteban no responde. Cruza los brazos y esperamos en silencio. Se escucha música vieja, pero no reconozco las canciones. Miro la luna llena y hermosa. El viento otoñal está fuerte, me subo la capucha. Suspiro y muevo los pies. Miro a Esteban.
—¿Te vas a comer esa salchicha? —pregunto, solo para romper el silencio—. Se va a enfriar.
Esteban bufa. Me la pasa sin mirar. Me la devoro en tres mordidas. No sé si lo hago por hambre o para olvidar la incomodidad en el pecho.
Y entonces… todo estalla.
Esteban me empuja con fuerza. Ni siquiera alcanzo a ver de dónde vino la amenaza.
Solo escucho los gritos, el estallido de las bolsas de leche derramándose contra el suelo, y las figuras encapuchadas huyendo entre la multitud.
Tres hombres, vestidos con cuero azul marino, corren con las bolsas aún chorreando.
Las dueñas de la tienda gritan, una de ellas sangra en la cara.
Me detengo un instante, el corazón golpeando en mi pecho, pero Esteban ya se lanza tras ellos. No puedo quedarme atrás.