La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—¿Hay lugares como estos allá arriba? —pregunta una voz masculina detrás de mí, obligándome a detenerme.

Una mano rápida y curiosa acaricia mis rizos, lo que me hace girarme con cierta incomodidad.

Me pareció un gesto atrevido, sobre todo porque no le tengo confianza alguna.

Es la primera vez que lo veo, pero sus ojos rasgados, de mirada serena y nada inquisitiva, y sus rasgos finos, que delatan algún origen del este de Bosqueoscuro, contrastan con las expresiones duras y evaluadoras de otros desde que llegué aquí.

—Lo lamento. Parece que no te gustó eso —dice, levantando las manos en un gesto de disculpa.

Su atuendo me llama la atención: no lleva el característico suéter negro con capucha, cubierto de parches en los brazos, que distingue a los estudiantes marionetistas.

En su lugar, luce una camisa sin mangas con franjas negras y amarillas, más práctica y ligera, como pensada para el combate.

—¿Rodrygo, no es así? —pregunta.

Asiento antes de pronunciar palabra.

—Soy Nicholas. Pero puedes llamarme Nick sin problema.

—Un gusto —respondo, mientras me tiende la mano. La aprieta con fuerza, pero sin agresividad, como si quisiera dejar una buena primera impresión.

—No tienes el mismo suéter que yo. ¿Estudias aquí?

Nick se pasa las manos por el torso, señalando su camisa.

—No sé si te lo explicaron, pero la Sociedad del Hilo, además de formar marionetistas, también entrena a los especialistas de combate.

Es parte de un proyecto reciente impulsado por el Ministerio de Defensa —dice con un tono desenfadado.

Ya había oído hablar de eso: Esteban se ha encargado de darme informes, revistas y libros sobre el desarrollo de estas tierras subterráneas.

Si voy a ayudar en la búsqueda de alguien, tengo que entender cómo funciona este mundo—.

Yo elegí ser especialista de combate. Algunos empiezan como marionetistas, pero si no logran vincularse con una marioneta, terminan pasándose a esta rama.

Otros, simplemente abandonan. Aunque antes…

les borran la memoria. Para proteger la información que se guarda aquí.

Chatarra es un lugar enorme, pero una chispa basta para incendiarlo todo.

—Supongo que ya estoy en boca de todos. Nadie de la superficie suele venir hasta aquí. Mucho menos para quedarse.

—Tienes razón. Pero no eres tonto, y eso es lo que importa.

Serías tonto si no aprendieras a cuidarte —dice, bajando un poco la voz, como si compartiera un consejo entre compañeros—.

Este lugar no es tan hostil como parece.

Los directivos se aseguran de que se cumplan los mandatos del Cónclave del Hilo.

Por eso está estrictamente prohibido que los estudiantes peleen entre sí, especialmente los marionetistas.

Mucho menos que usen sus marionetas unos contra otros.

Hacerlo tiene consecuencias graves. Así que sí, probablemente todos ya sepan de ti.

Pero bueno, eso también puede jugar a tu favor.

—¿Y tú qué? —le pregunto, cambiando el tema antes de que la conversación se ponga demasiado seria—. ¿No te cansas de que todos aquí crean que los especialistas son el plan B?

Nick se queda callado un instante, como si nadie le hubiera preguntado eso antes.

—A veces. Pero prefiero ser bueno en algo que elegí, que depender de que una marioneta decida que valgo la pena. —Se encoge de hombros, aunque su voz suena más seria de lo que esperaba—. ¿Tú qué crees? ¿Vas a intentarlo, lo de vincularte?

—No lo sé. Nunca lo había pensado hasta hace unos días.

—Bueno, cuando lo decidas, avísame. Te enseño a lanzar cuchillos. Ya viste que se me da bien.

Me río, y por primera vez desde que llegué, siento que hago un amigo de verdad.

Me dedica una sonrisa amplia, cálida y sin dobleces, que resalta las pecas en sus mejillas redondas. Luego se pasa una mano por el cabello liso y negro, como si se preparara para desaparecer.

—Espero que te vaya bien en las clases, Rodrygo. Ha sido un gusto —dice, y comienza a alejarse con paso ligero—. Nos vemos por ahí. Esperemos no pisarnos los talones.

El propedéutico fue un torbellino de información sobre la Sociedad del Hilo, las marionetas y cómo los marionetistas las controlan.

Nuestro profesor, Wylcam, es bastante peculiar.

Tiene un humor ácido que me encanta, y a veces le lanzo algún comentario ingenioso para aligerar la clase.

Pero siento que soy víctima de xenofobia.

¡Venir de las ciudades inferiores no es precisamente popular aquí!

Aunque, siendo sincero, no estoy aquí para hacer muchos amigos.

Solo tengo uno, y es a quien debo encontrar.

Pensar en la búsqueda de Fylian me da dolor de cabeza.

No tener ni una pista por dónde empezar es frustrante.

¡Este lugar es enorme! He pasado horas en la biblioteca, que es como un laberinto de pergaminos y libros antiguos.

Es abrumador. También aburrido, en comparación con la tecnología que se tiene en Conquista.

El profesor Wylcam, con su bata negra y capa amarilla (una combinación extraña, pero le sienta bien con su cabello oscuro peinado perfectamente hacia atrás y su barba llena de abalorios, y un brillo metálico en la nariz y una oreja que delata más de un arete de los que a simple vista se cuentan), me pide que intervenga.

Le doy una mirada, asiento, y él sonríe de inmediato.

—¿Un nuevo estudiante? ¿Y, además, de la superficie?

—escucho claramente que alguien comparte esos comentarios con otra persona detrás de mí.

Trato de serenarme lo más posible. No prestar mucha atención.

No caer en eso. No estoy enfocado ni vine aquí para prestar atención a ello, sino en buscar los trozos de camino que me lleven de nuevo con Fylian.

—Y dicen que allá arriba apesta a humo y artefactos nuevos.

Que los edificios tienen formas puntiagudas y que el sol ni se atreve a acariciarlos.

Siempre nublado —es la voz de una chica quien habla después.

Escucho luego unas risas más atrás, son débiles, pero son de esas risitas que dan mucha rabia escuchar.