La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Estás aquí por recomendación del capitán Esteban y bueno…

una que otra vez que Fylian hablaba sobre ti, quien ha sido un valioso miembro de nuestra sociedad durante mucho tiempo —interviene la mujer a la derecha del hombre.

Su cabello rojo está recogido en un moño elaborado que forma una especie de corona, un detalle que me llama la atención y me dan ganas de dibujarlo.

A pesar de su edad, su piel luce radiante y sus ojos negros son penetrantes.

Noto que uno de sus dientes es ligeramente más largo que los demás, un rasgo peculiar que le da un toque distintivo—.

Comenzarás con tu entrenamiento, pero te recomiendo paciencia.

La manipulación de marionetas no es tarea fácil.

Tampoco es cuestión del físico… también de la mente —da pequeños toques en su sien derecha.

—Sí, hermana mía. La directora Olyvia tiene razón —asiente la mujer a la izquierda, nombrando a su hermana—. Olyvia, siempre recordándome lo que olvido. ¿Será sabia o una entrometida?

—No es mi culpa que seas tan despistada, Marysol —responde Olyvia, esbozando una leve sonrisa—.

Como decía, paciencia… —La directora Olyvia se levanta con gracia y se dirige a una de las ventanas, observando el exterior.

Su cabello, corto y de un negro casi azulado, apenas se mueve cuando camina; todo en ella parece calculado para no llamar la atención más de lo necesario, un contraste deliberado con la energía desbordante de su hermana—.

No muchos aquí dominan el arte de las marionetas.

Es un don… complicado de cultivar. Pero con dedicación, quizás tú puedas lograrlo en poco tiempo.

Es el principal objetivo tuyo aquí, Rodrygo.

—Aquí aprenderás todo lo necesario —añade Marysol, con entusiasmo—.

Tal y como les sucedió a Fylian y Kyra, quienes rápidamente desarrollaron una conexión con sus marionetas, o quizás fueron ellas quienes los eligieron a ellos.

¡Es que, Dios mío, es difícil no desesperarse!

Si yo fuera joven… bueno, aunque me siento joven de espíritu…

—dice, mientras busca algo entre los papeles de su escritorio sin encontrarlo, y termina rindiéndose con un suspiro, como si esa pequeña derrota fuera ya parte de su rutina diaria.

—Uy, pero ese trasero arrugado dice lo contrario, hermana —interrumpe Olyvia con una sonrisa pícara.

La tensión en el ambiente se disipa un poco, y me siento más relajado.

Miro a Esteban, quien niega con la cabeza, como si estuviera acostumbrado a las ocurrencias de las hermanas.

La habitación, con sus paredes de piedra y muebles antiguos, parece cobrar vida con la chispa de su interacción.

Un leve aroma a madera y especias flota en el aire, creando una atmósfera cálida y acogedora, a pesar de la penumbra.

—No le hagas caso —me dice Marysol, señalando a su hermana con un gesto teatral—. Ella solo está celosa porque yo bailaba mejor en los festivales de Chatarra.

—Bailabas mejor porque nadie se atrevía a decirte que no —replica Olyvia, sin perder la compostura—. Rodrygo, hazme un favor: cuando la veas practicar sus pasos, finge que no la escuchaste cantar.

—¡Todavía tengo una voz hermosa! —protesta Marysol, llevándose una mano al pecho con dignidad ofendida.

Me sorprendo riendo, algo que no esperaba hacer frente a dos mujeres que, hace un minuto, hablaban con la solemnidad de un tribunal.

—Lo que quiero decir es que muchos se desesperan en su último año.

Quizás el arte de las marionetas sea algo único en su especie.

Existen regiones más alejadas de Chatarra donde los manipuladores de marionetas crean verdaderas obras maestras, y muy pronto se celebrará el Gran Torneo de los Marionetistas.

Nuestra sociedad no ha enviado a nadie en mucho tiempo.

Íbamos a enviar a Fylian y Kyra, pero luego sucedió su desaparición, y esa es parte de la razón por la que estás aquí con nosotros. Espero que estés preparado.

Marysol, con sus ojos oscuros que reflejan la misma intensidad que los de su hermana Olyvia, me observa con atención.

Su cabello platinado está trenzado con esmero y cae sobre su hombro como una cuerda de plata, otorgándole un aire de autoridad serena.

A su lado, un hombre de barba oscura y facciones duras —como esculpidas por un escultor impaciente— me lanza una mirada tan penetrante que podría hacer temblar a cualquiera.

Sin embargo, bajo esa fachada severa, percibo que él también arrastra sus propios demonios…

quizás incluso más oscuros que los de Esteban, quien permanece en silencio, asintiendo con gravedad.

—Ya sabemos del ataque que sufriste con un Venusfly —dice el hombre, su voz resonando en la sala como un eco lejano—.

Esa máquina oscura fue creada en las profundidades de Bosqueoscuro y por un científico un poco…

demente. Aunque parezca una locura, ese lugar está alejado, a casi dos días a pie, o uno en tren o a caballo.

Pero poco a poco han comenzado a aparecer aquí.

—Se encoge de hombros—. Lamentablemente, no es responsabilidad de la Sociedad del Hilo.

Nosotros nos encargamos es de educar y alistar a nuevos especialistas de combate, que no tienen marionetas, pero manejan las artes defensa y protección, y por supuesto, a los marionetistas.

Aunque el número de nuevos vínculos años tras año, corte tras corte, disminuye considerablemente según nuestras estadísticas y bueno…

según nuestra visibilidad porque hay que ser ciego para no verlo.

—Y no —añade, como adelantándose a la pregunta que no le he hecho—, no sabemos exactamente por qué. Eso, entre nosotros, nos quita el sueño más de lo que deberíamos admitir en público.

—Entiendo —logro decir, aunque mi voz suena más débil de lo que esperaba.

—Lo principal aquí —interrumpe el hombre, juntando sus manos y observándome con atención— es que estudies todo lo relacionado con el arte de las marionetas y que ayudes a Esteban a encontrar el paradero de tu amigo y de Kyra.

Claramente, Esteban es un capitán y pronto se les asignarán nuevos miembros —eso puede aumentar el tiempo que le tome dedicarse a la búsqueda de Fylian—.

Y le emitiremos misiones que son de vital importancia para la sustentabilidad de la Sociedad del Hilo y cumplir con las…

directrices enviadas por nuestro Cónclave del Hilo.

—Aunque, entre nosotros —añade el hombre, bajando un poco la voz—, el Cónclave no siempre está de acuerdo con lo que decide el Ministerio de Defensa. Y el Comandante de Protección y Paz tiene sus propias ideas sobre cómo debería funcionar todo esto. Tres cabezas, Rodrygo. Rara vez piensan lo mismo.

Me estremezco un poco al escuchar sus palabras. Ellos ya saben que Fylian y yo somos amigos, pero lo que no entiendo es por qué me eligieron a mí. No tengo ni un año de preparación aquí; seguro hay alguien más capacitado para ayudar a Esteban. ¿Por qué yo?

Él asiente lentamente. Eso significa que puede leer mis reacciones, mis dudas.

—Y lo cierto es, joven y futuro marionetista —me gusta ese apodo—, que no todos aquí tendrían la motivación necesaria para buscar a dos antiguos estudiantes, o más bien capitanes pues su desaparición fue en su quinta misión de patrullaje.

Tú tienes esa motivación, porque tienes un lazo con Fylian.

Así que esa es la razón —afirma con firmeza.

Una parte de mí entiende lo que dice, pero la presión que sienten los estudiantes por no tener marionetas también pesa en mi mente. El director asiente, como si leyera mis pensamientos.

Entiendo lo que debo hacer: estudiar, ayudar a Esteban cuando tenga pistas y evitar cruzarme con los Venusfly, que son otro problema del que no me puedo ocupar ahora ni nunca.

Mi verdadero desafío es encontrar a mi mejor amigo.

Sin embargo, hay algo en mi interior que me hace tragar con dificultad, una sensación de ansiedad que me provoca picazón en la garganta.

¿Y si no puedo canalizar una marioneta? ¿Cómo se hace eso?

¿Dónde se consigue? He escuchado que te eligen, pero ¿cómo se lleva a cabo esa elección?

—Bienvenido a la Sociedad del Hilo —dice el director al levantarse lentamente—.

Todo lo demás lo aprenderás en clase; esa es la responsabilidad de los profesores, y por eso les pagamos también.

Siempre quieren aumentos de salario… No te cuento lo difíciles que son estos tiempos; querer aumentos provoca…

Aprieta un puño en el aire mientras las dos hermanas niegan con la cabeza en un sentido gracioso, como si estuvieran acostumbradas a este tipo de discursos. La atmósfera en la habitación se vuelve tensa por un momento, pero luego se disipa con la risa nerviosa de Marysol.

Olyvia. Marysol… ¿Cómo era que se llamaba el señor director, el que estaba ahí, plantado entre ambas?

¡Rayos, estoy corriendo a toda velocidad!

Llevo una semana en la Sociedad del Hilo y aún me siento como un pez fuera del agua.

Mi hermana Myriam decía algo que resuena en mí (y creo que en muchos): “Los inteligentes no son aplicados, y los aplicados tienen mentes cuadradas”.

No me considero de mente cuadrada, ¡pero todo es tan nuevo!

Paso las clases garabateando en mis cuadernos; así, extrañamente, puedo prestar más atención.

Ahora estoy en la Torre de Teoría, en la clase de principios teóricos.