La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—Eso significa que aún no tienes marioneta.

Pero eso lo sabrás en el propedéutico —dice Esteban con una seriedad que me hace dudar si está bromeando.

Supongo que no es de soltar tantos chistes como yo, pero…

¿propedéutico? ¿Me está hablando en serio?

¿Él cree que voy a estudiar cinco años en la Sociedad del Hilo antes de buscar a Fylian?

Niego con fuerza, frunzo el ceño como si acabara de ver un fantasma.

—No estás preparado, Rodrygo. Buscar a Fylian es una misión de nivel “A”. No tienes marioneta —intercepta mi gesto antes de que hable y responde de inmediato, rascándose ligeramente la barba gris.

Sigo sin entender. Esto es una locura. Regreso al interior de la habitación, y Esteban entra detrás de mí.

—No irás solo. No sabes ni por dónde empezar —dice con firmeza.

—¿No has escuchado que preguntando se llega al otro lado del mundo? Esteban, me sabe a miércoles si eres un capitán con una marioneta despiadada y especial. Pero estamos hablando de alguien que me importa. Pensé que me trajiste aquí para buscarlo, no para quedarme años encerrado en formación.

Esteban me detiene con un gesto. Está frustrado, lo noto. Sé que hablo rápido, pero… ¡es mi amigo!

—Iremos con calma, ¿te parece? Primero comemos, luego te muestro algunas instalaciones, y esta noche iremos a la Torre Principal para que conozcas a los directivos.

Allí te explicaremos todo. Pero hay algo que debes entender desde ya: ni yo sé dónde están Fylian y Kyra.

Fueron mis estudiantes y compañeros de misión.

Cumplieron su año de servicio con calificaciones sobresalientes, fueron ascendidos a capitanes y enviados a una misión…

clasificada. Desde entonces, desaparecieron.

Me quedo en silencio. Él continúa:

—Desaparecer no significa morir. Aquí, las misiones pueden durar meses, incluso años, y hay zonas donde la comunicación se interrumpe por completo.

Pero si quieres buscarlos, necesitas estar preparado.

El propedéutico no es una simple introducción: es el proceso donde se evalúa tu compatibilidad con las marionetas, tu capacidad de control, tu resistencia emocional, tu criterio.

No se trata de aprender a pelear. Se trata de aprender a sostener el vínculo sin romperte por dentro.

Hace una pausa, y su tono se suaviza.

—Este lugar es más grande de lo que ves. Al salir, verás chicos de segundo y tercer año, y muchos aún no tienen marioneta. Porque no se trata de tenerla, sino de merecerla. Eso lo hablaremos después de la cena. Pero ahora, Rodrygo… vamos a comer. Vamos. A. Comer. Ahora.

Después de comer, que realmente fue algo incómodo, pues en la Torre de Reposo —donde también queda el gran comedor— muchos de los marionetistas novatos y avanzados me miraban con cierto recelo.

No los culpo; creo que soy el segundo de la superficie en estar en este lugar.

Hasta que el capitán Esteban me corrige y me dice que no, que no soy el segundo; soy más bien el primero después de la Era de la Aniquilación.

El padre de Fylian nació aquí y, por ende, Fylian vivió aquí de pequeño hasta que su madre —que sí era de la superficie— decidió por ambos vivir arriba, un poco más seguros.

—¿Y en qué se basaba el papá de Fylian para pensar que vivir arriba era más seguro que aquí abajo? —pregunto.

—Pues… —Esteban bebe un poco de zumo de naranja antes de responder— eso no lo puedes saber todavía, porque nunca has vivido aquí. Apenas vas a empezar a conocer el lugar. Y espero que no me toque estar detrás de ti corrigiendo tus errores en las primeras semanas… Dios me cuide.

Paseamos por las instalaciones comunes: un centro circular de roca y metal con el emblema del lugar grabado en el suelo con delicadas líneas doradas que brillan suavemente bajo la luz difusa. El capitán Esteban mira al cielo, luego al enorme reloj de aguja que yace en la Torre Principal y asiente.

—El agua aquí es cálida —es lo primero que se me ocurre al sumergir los dedos en el agua de la fuente.

Esteban asiente, una sonrisa que parece desvanecer un poco la tensión en el aire—.

¿Has reportado todo lo que ha sucedido? —Pregunto, con un tono un poco serio contrastando con la ligereza del momento—.

Sería lo correcto. Eres un capitán, aunque, para ser honesto, no tengo idea de cómo funcionan las cosas aquí por el momento.

Pero quiero saber más sobre ese ataque. Digo…

ya conozco la historia y la razón de los túneles, y el lugar es bonito, no se puede negar, pero recordar esa escena me eriza un poco la piel.

No todos los días te encuentras con máquinas con cabeza de rosa tratando de matarte.

Me percato de algo importante; los ojos marrón claro de Esteban se enfocan en mí con curiosidad.

—Hay mucha seguridad en la entrada —digo, mientras analizo la situación—.

Lo he podido ver y reflexionar al respecto.

¿Cómo sería posible que eso llegara ahí?

A pesar de que no estaba ni cerca de la mitad del camino hacia Conquista, veo que has mencionado la seguridad en la entrada de la frontera, y eso es algo preocupante, ¿no?

Esteban asiente con la cabeza, como si confirmara mis pensamientos.

—Tienes razón. Eso lo reporté.

—Entiendo. Pero ¿qué fue eso? ¿Esas cosas secuestraron a Fylian? —Inquiero, el capitán Esteban tensa un poco la mandíbula y pasa sus dedos por sus pómulos altos, que se han puesto un poco rojos.

—La protección en la frontera no solo sirve para evitar que algo de Conquista ingrese a Chatarra; también está diseñada para impedir a toda costa que esas criaturas que matamos —matamos, lo repite como si fuera un mantra, y una débil sonrisa de orgullo se dibuja en mi rostro al sentirme parte de esto—, se eleven hacia tu tierra.

Aunque a veces hay fallas, debilidades que suelen hacerse evidentes.

Lo que es cercano a una respuesta a tu pregunta es que no.

Esas cosas no secuestraron a Fylian. Esas cosas no hacen eso. Ellas matan. —Trago saliva pesadamente.

—¿Por qué proteger tanto a Conquista después de lo que el actual gobierno les hizo? —señalo con un movimiento de cabeza hacia una estatua de Gyselth que se alza a unos metros de nosotros, cubierta de flores que parecen llorar su destino.

—Porque así ella lo pidió —responde Esteban, con la mirada seria y rascándose un poco el cabello gris puntiagudo—.

El gobierno dio la orden, pero no toda la población estuvo de acuerdo.

Cuando viste a Fylian aquel día en las ciudades principales, fue porque uno de esos seres se había escapado y él fue enviado a capturarlo.

Junto a Kyra y a mí, claro. Pero debíamos cubrir un perímetro estratégico.

Hace una pausa, se toca el cuello y la mandíbula como si buscara alguna marca invisible.

—Pronto sabrás qué son esas cosas. Pero para adelantarte algo: son el enemigo actual en Chatarra.

No atacan en las poblaciones principales, sino más allá, hacia el norte, en una vasta extensión de bosque de árboles negros.

Allí habita un artista peculiar, obsesionado con las flores…

aunque esas criaturas que crea son todo menos inocentes.

Esteban recoge una margarita del suelo y la sostiene entre sus dedos con ironía.

—Flores —dice con una sonrisa breve—. Pero despiadadas.

Se encoge de hombros y continúa:

—Para enfrentarlos existen los especialistas de combate.

Ellos son la primera línea de seguridad, protección y paz.

Los marionetistas, en cambio, cumplen otro rol: son escasos, y su función principal es mantener el equilibrio, proteger estructuras vitales y asegurar que el sistema no colapse.

No suelen ser enviados a misiones de cacería.

Pero en esa ocasión, por la magnitud del enemigo, se necesitó a un marionetista. Fue una excepción.

Su voz se endurece.

—Lo que sí corresponde a la Sociedad del Hilo es rastrear a sus miembros. Y dos de ellos desaparecieron en circunstancias sospechosas. Entre ellos, Fylian.

El aire está impregnado del aroma fresco del agua dulce y las flores, pero la tensión de la conversación flota entre nosotros como una nube gris. Mientras Esteban juega con la margarita, no puedo evitar preguntarme qué más nos espera en este lugar.

Nos detenemos frente a una puerta de madera maciza, imponente, con el emblema de Chatarra: el caballero sosteniendo al felino, grabado en su centro.

La puerta se abre lentamente, dividiéndose en dos hojas que revelan un interior tenuemente iluminado.

Al cruzar el umbral, noto que son tres esperándonos: dos mujeres y un hombre, todos vestidos con atuendos similares al mío y al de Esteban, aunque los suyos lucen más elaborados, con intrincados dibujos y sin números a la vista.

El capitán Esteban se cuadra, realiza una reverencia formal y retrocede, dejándome solo ante el trío.

—Bienvenido a la Sociedad del Hilo —dice la mujer a la izquierda del hombre.

Apoya sus manos blancas y tersas sobre un escritorio de madera pulida que ocupa el centro de la sala.

La habitación, aunque amplia, se siente sombría, con paredes de piedra y vitrales que dejan pasar una luz apenas suficiente—.

Rodrygo Clynk. La Sociedad del Hilo es una organización discreta, dedicada a la protección de Chatarra y a la contención de la magia que aquí reside.

Seguimos los mandatos de nuestra primera capitana y líder, Gyselth.

Para ustedes, los de Conquista, tal vez parezcamos clandestinos.

Pero estoy segura de que el capitán Esteban te explicó algo de nuestra historia.