La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 4
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Capítulo 4

“No somos muy diferentes a las personas del subsuelo. Es cierto: su población parece escasa, y todo indica que están muriendo lentamente. No tenemos cifras exactas —es imposible conseguirlas—, pero lo que sí sabemos con seguridad es que su hostilidad hacia nosotros, la gente de Conquista es real.

Nos odian. No por quiénes somos, sino por lo que representamos. Nos odian por lo que les hizo el primer ministro… y por la forma en que su líder opositora, la más letal de su historia, se silenció para siempre.”

—Fragmento editado y censurado, extraído de la Red de Casadó. Publicado originalmente en el foro “Lugares Misteriosos de Casadó y las Tierras Derrotadas del Subsuelo”.

A medida que avanzamos por el amplio pasillo flanqueado por estructuras ciclópeas, el capitán Esteban me explica que cada una de las seis torres cumple un propósito específico en la formación de marionetistas y especialistas de combate, algo que ahora sé con claridad es que aquí no solo se especializan en mover muñecos con hilos invisibles.

Sus palabras se pierden un momento en el eco metálico del entorno, pero pronto señala hacia una construcción imponente, oscura y esbelta.

En su centro, grabado con meticulosidad, un emblema reluce bajo la luz que se filtra desde los ventanales altos: un símbolo circular rodeado de líneas concéntricas, casi hipnóticas.

—La primera torre —dice, con una mezcla de respeto y recelo en la voz— es la Torre de la Meditación. Créeme, aunque desde aquí parezca pequeña, es inmensa. Su tamaño engaña, como todo lo que guarda dentro.

—Ahí es donde aprenderás que lo que crees saber sobre cómo se controla una marioneta está mal —añade, con una media sonrisa que no explica nada más.

¿Meditación? Me detengo en seco, y él también se detiene unos pasos más adelante, cruzando los brazos como quien se prepara para una conversación incómoda.

El viento sopla suavemente entre las torres, trayendo consigo el aroma del metal caliente mezclado con algo vegetal, tal vez las enredaderas que escalan los muros de piedra gris.

Varios hombres y mujeres pasan junto a nosotros.

Ninguno le dirige la palabra al capitán, lo cual me parece extraño, pero todos clavan sus ojos en mí con una mezcla de curiosidad y desconfianza.

Supongo que mi atuendo no ayuda; mientras ellos visten uniformes oscuros, suéteres negros ceñidos, pantalones anchos de entrenamiento y botas reforzadas, yo parezco alguien recién llegado de un carnaval, o peor aún, de la superficie.

—¿Meditación? —repito, con escepticismo, volviéndome hacia él—. No te vi muy meditado cuando peleaste con esa máquina con cabeza de rosa. Tampoco cuando querías matarme a la primera, ¿no?

Esteban pone los ojos en blanco, como si recordara aquel momento con un suspiro de impaciencia.

—¿Por cierto, tiene nombre? —añado, bajando la voz instintivamente, como si mencionar a la criatura pudiera invocarla—. Parecía importante… o al menos te afectó más de lo que querías mostrar.

El capitán no responde de inmediato. Se toma un momento, como si masticara las palabras antes de dejarlas salir.

La mención de esa máquina parece haberle removido algo.

Y no soy el único inquieto; la cercanía con la frontera de Chatarra me produce un nudo en el estómago.

Esas cosas fácilmente pueden rebanar a quien se le atraviese.

—Haces muchas preguntas, Rodrygo —dice por fin, en tono medio severo, medio resignado—. Fylian no me advirtió que fueras tan curioso.

Al escuchar el nombre de mi mejor amigo, mis pasos disminuyen. Siento que algo en mi pecho se encoge. Fylian… él sí había estado aquí. Había explorado estos mismos pasillos, respirado este mismo aire. Pero ahora, no está. Y eso hace que todo se sienta más vacío de lo que debería.

—Estás aquí para que vuelva a este lugar, Rodrygo —me dice Esteban, y me sorprendo un poco; él lo nota—.

Fylian ya te lo explicó la primera vez que nos vimos.

No puedo leer mentes; eso es prácticamente imposible.

Pero el cerebro humano funciona mediante impulsos eléctricos: pequeñas descargas que viajan a través de las neuronas, transmitiendo información, emociones y recuerdos.

Hace una pausa, y su voz se vuelve más firme:

—Cada pensamiento, cada emoción, tiene un patrón eléctrico distinto.

Y yo, gracias a Kendram, puedo percibir esas variaciones.

No es telepatía, es bioelectricidad. Cuando te mencioné a Fylian, tus pulsos cambiaron: se volvieron más erráticos, más bajos en frecuencia. Eso me dice que te invadió la tristeza.

Esteban hace un gesto con la cabeza para que siga caminando, como si no quisiera que me quedara atrapado en la explicación.

—No interpreto palabras ni imágenes, Rodrygo. Solo percibo la vibración eléctrica de tus emociones. Y créeme, esas señales son tan claras como un grito, aunque tú intentes ocultarlas.

No sé qué responder. Sólo asiento con lentitud mientras caminamos junto a las siguientes torres, cada una más impresionante que la anterior.

Esteban las va nombrando una a una con su tono pausado, casi ceremonial: la Torre de los Espejos, que parece brillar con luz propia, aunque esté opaca; la Torre de Combate y Simulación, de aspecto intimidante, con sus muros marcados por impactos y un lema grabado en la entrada que no logro leer del todo: algo sobre el cuerpo y la reacción, antes que la mente; la Torre de Teoría, rodeada de estatuas con rostros pensativos; la Torre de Reposo, que emana una calma extraña, casi adormecedora; y, finalmente, la Torre Principal, donde —según me explica— habitan los líderes y sabios de la Sociedad.

El ambiente aquí cambia. A diferencia del frío constante de Conquista, este lugar tiene un aire más cálido, como si la piedra misma ofreciera abrigo.

Hay un equilibrio entre lo severo y lo acogedor.

Me recuerda a esas noches donde uno se queda dormido al lado de una chimenea, sabiendo que, fuera, todo puede irse al demonio… pero dentro, hay calma.

El capitán Esteban me deja en una habitación desocupada. Me deja ropa adecuada para el lugar y desaparece.

El cuarto es simple, pero cómodo. Una cama firme, una ventana que da hacia las torres, y un escritorio donde me siento un rato a dibujar.

Boceto varios de los lugares que hemos recorrido: el patio de estatuas de marionetas, donde chicos se reúnen a charlar o simplemente ver el cielo; y las torres, con sus formas únicas y los emblemas brillando sutilmente bajo la luz del atardecer.

La brisa otoñal entra por la ventana, fresca, acariciándome el rostro.

Por encima de los muros, las luces comienzan a encenderse, una a una, en una gama de colores suaves que titilan como luciérnagas estáticas.

El vitral monumental, imposible de ignorar, embellecía la Torre Principal.

Los paneles verticales mostraban marionetistas con capas pesadas y protecciones metálicas, cada uno acompañado de marionetas de distintos tamaños y formas: algunas pequeñas y delicadas, otras enormes y de aspecto imponente, como si fueran guardianes de otro tiempo.

En el centro estaba la gran rosa circular, un corazón de luz que dominaba toda la estructura.

Sus pétalos de vidrio formaban patrones geométricos y florales en azul, rojo, verde y oro.

Cuando el sol atravesaba sus formas, el suelo se llenaba de sombras que parecían reproducir las siluetas de las marionetas, como si el castillo entero estuviera rodeado por ellas.

Las columnas góticas lo custodiaban y los arcos apuntados lo elevaban hacia el cielo. Recuerdo que me detuve un instante, no por fe, sino por la sensación de que alguien me observaba desde ese vitral, juzgando mis pasos y mis decisiones.

De pronto, suenan unas campanas en la distancia.

Luego, unos golpes suaves en la puerta me sacan de mis pensamientos.

Es Esteban, de nuevo. Se ve más relajado, más limpio.

Su rostro anguloso ya no tiene ese matiz grisáceo que traía tras el viaje.

Aunque su cabello pegado cerca del cráneo lucía igual de desordenado, con punta hacia arriba y uno que otro mechón sobre la frente.

—A comer —me dice al final. Parpadeo un par de veces antes de detenerlo justo cuando se da la vuelta para irse.

—Pensé que amabas comer y has saltado el almuerzo. El hambre debe estar matándote —me dice con una sonrisa burlona.

—No entiendo. ¿Qué haces? —Pregunto, un poco más serio de lo habitual, y creo que el capitán Esteban puede percibirlo—.

Vine aquí a buscar a Fylian. Dijiste que no lo han visto desde hace una o dos semanas.

Y, hasta ahora, esto me parece una academia de formación.

¿Cuándo vamos a buscarlo? Dime que después de comer, por favor.

No pienso mover un dedo sin al menos una buena cena. Fylian puede esperar un poco.

Rompo la tensión con esa última frase, aunque mis palabras anteriores me siguen flotando en la garganta. Esteban me observa, luego sacude la cabeza, entre resignado y divertido.

—Hay mucho que explicar, pero para eso están las clases —responde, y luego me mira de arriba abajo.

Su expresión cambia levemente, como si viera algo fuera de lugar y por último levanta una de sus perfiladas cejas—.

Debes ponerte el suéter de reposo. Eres estudiante del primer año de la Sociedad del Hilo.

Todo estudiante debe vestir este suéter.

Nos ayuda a identificar quién es quién aquí, aunque a veces sea evidente.

Lo entiendo… pero no me encanta. El suéter con capucha es grueso, cálido, y tiene un gran número uno en la manga izquierda. En el pecho, un emblema: una “equis” distorsionada, distinta a la que conocemos en la superficie. Parece una versión alterada. Antiguo. Importante.