La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

—Fue entonces cuando Gyselth murió protegiendo su tierra.

Y por primera vez, la parte contraria ganó.

En la superficie hablan de lo correcto que fue, pintan escenarios de rebeldía e insurgencia en todos los puntos cardinales.

Pero las historias son más complejas. Las ideas de las personas son tesoros, Rodrygo, y ella lo sabía.

El amor hacia su país fue lo que marcó la diferencia.

Dime… ¿cuándo has visto a alguien poner su vida en juego sin esperar nada a cambio?

Me quedo perplejo, tanto por la historia como por las palabras de Esteban.

Él se da cuenta de que ha hablado demasiado, y niega con la cabeza, como si se censurara a sí mismo.

Pero en su mirada queda claro: Gyselth no fue solo una marionetista.

Fue alguien que eligió ser más grande que su propio destino.

Kendram regresa, sacudiendo la cabeza, y continuamos en silencio.

Era como si la batería conversacional de Esteban se hubiera agotado.

Caminamos hasta llegar a un enorme arco de rocas negras con líneas amarillas y metal brillante.

En la parte superior del arco, un emblema capturó mi atención: un caballero con armadura sosteniendo…

¿un felino? Esteban me mira y una sonrisa se dibuja en su rostro.

—Luego te explicaré qué significa eso, pero bienvenido a Chatarra. Ahora vamos un poco más lejos hacia la Sociedad del Hilo, pero primero desayunemos.

Al alzar la vista, me quedo atónito. El cielo mañanero se abre sobre nosotros como un lienzo vivo, resplandeciente y azul, salpicado de nubes tan claras como algodón flotando con pereza.

La luz temprana lo pinta todo de un dorado cálido, y por un instante, el mundo respira en paz.

El canto de las aves forma una melodía etérea, aguda y suave, entremezclándose con el aroma de desayunos recién preparados que flota desde algún rincón del pueblo: pan tostado, especias dulces, grasa crujiente, cítricos.

Todo me golpea al mismo tiempo, como una bofetada cariñosa al alma.

Myriam solía decir que no hay mal día que sobreviva a un buen plato de algo delicioso.

Recuerdo la última vez que lo dijo, la noche antes de que Esteban tocara nuestra puerta. Yo me había quedado sin ganas de cenar, mirando un boceto a medio terminar, y ella se sentó frente a mí con dos platos de arroz frito que ni le había pedido.

—Come, Rodry. El mundo se ve menos horrible con el estómago lleno —me dijo, empujando el plato hacia mí con el codo—. Y si sigue viéndose horrible después, entonces repetimos.

Sonrío para mí mismo, aquí, a un mundo de distancia de ella. Espero que alguien, en algún lugar, le esté insistiendo que coma algo caliente también.

Nos dirigimos hacia lo que Esteban llama el “sector primario”, una zona de casas elaboradas, pero claramente fortificadas.

Las fachadas están cubiertas por barricadas rudimentarias hechas con acero oxidado, placas de blindaje recicladas, redes de sensores y artilugios defensivos que emiten pulsos mortecinos de energía.

Supongo que, al ser una zona clave, debe contar con seguridad reforzada y capacidad para resistir un ataque serio.

Los puestos de control están estratégicamente dispersos, como nodos de vigilancia.

Las torres de observación se alzan como dedos extendidos hacia el cielo, coronadas por cúpulas de cristal opaco que giran lentamente.

Hay habitaciones montadas en las alturas, como si fueran ojos vigilantes, sin párpados ni descanso.

Algunas linternas enormes cuelgan de brazos metálicos, apagadas por la hora temprana, pero listas para iluminar con solo una orden.

Entre los puestos de comida, algunos vecinos cuelgan guirnaldas de hilo trenzado sobre las puertas —preparativos, supongo, para algo que aún no conozco. Nadie parece apurado por explicármelo, y por ahora, decido no preguntar.

A ambos lados de la calle principal, colosales manos de piedra emergen del suelo como monumentos rituales.

Están talladas con una precisión inquietante, con los dedos abiertos hacia el cielo en señal de protección o advertencia, como si quisieran frenar algo que viene desde arriba.

Cada línea de sus palmas parece contener fragmentos de una historia olvidada.

Y entonces caigo en cuenta de algo que no había notado hasta ahora: en Conquista, junto a la Cascada, hay una formación de piedra que siempre me pareció un par de manos unidas en oración.

Aquí, las manos están abiertas, con los dedos separados hacia el cielo, como si empujaran algo en vez de suplicarlo.

Me pregunto si alguien, hace mucho tiempo, talló ambas pensando en la otra.

En ese momento lo entiendo, sin necesidad de que nadie me lo diga: estoy en un lugar sagrado. Especial.

Me giro hacia atrás, y la visión me deja sin aliento: sobre el arco por el que entramos, y sobre el curioso emblema del caballero con el felino —una criatura felina claramente estilizada, elegante, casi mitológica—, se erige un rostro gigantesco tallado en la roca.

Es una montaña viva, una barrera natural convertida en santuario.

El rostro de una mujer, firme y majestuosa, con una línea profunda tallada desde su mejilla hasta la ceja.

Más que un homenaje: es un juramento de piedra.

—Gyselth Birdyty —dice Esteban asintiendo hacia la figura femenina, que parecía ser una diosa para ellos.

Continuamos avanzando hacia lo que sería mi momento favorito de la mañana: el desayuno.

La promesa de un buen plato caliente me llena de energía mientras me prepara para descubrir más sobre este mundo fascinante y complejo que me rodeaba.

Dios, vaya que estoy molido. Necesito dormir y comer como tres kilos de comida, pero Esteban me da un codazo y me pide que mantenga la compostura mientras devoro los pollos rostizados, los cereales con leche y los jugos exóticos.

Asiento con la cabeza, aunque por dentro estoy deseando un buen plato de pasta y un par de horas de sueño.

—Sabes que me parece gracioso —le comento a Esteban mientras me llevo a la boca una rebanada de pan untada con mermelada de mango, espolvoreada con poquiticos de chili seco—.

Es que no tienes pinta de querer a los gatos, ¿te has visto?

—Me echo a reír, disfrutando del sabor dulce y picante al mismo tiempo.

El capitán solo entrecierra un poco los ojos, como si estuviera evaluando si mi comentario es un insulto o una broma.

Él se come lo mismo que yo, y seguimos hasta que nuestros estómagos están llenos y nos sentimos tan felices que podríamos seguir comiendo.

Al menos ya no estoy temblando. Aunque, siendo sincero, ese lugar sí me ha causado un miedo que me lleva a revisar mis pantalones, solo para asegurarme de que no me he orinado.

Esteban me ve. Sus ojos se abren como platos y se lleva la mano a la cara, ocultando lo que parece una mezcla entre incredulidad y resignación.

—Precaución —le digo, encogiéndome de hombros.

Y continuamos.

Caminamos un rato en silencio, el estómago lleno y el sol ya alto sobre Chatarra. Me atrevo a preguntar algo que lleva un rato dándome vueltas.

—¿Extrañas algo de allá arriba? De Conquista, digo.

Esteban no responde enseguida. Fija la mirada en el horizonte de tejados oxidados antes de hablar.

—Extraño el silencio de una ciudad que no está siempre vigilando el cielo. Aquí uno aprende a no extrañar las cosas por mucho tiempo. No sirve de nada.

No sé qué decir a eso, así que solo camino a su lado un poco más cerca de lo que caminaba antes.

Finalmente, llegamos a la Sociedad del Hilo.

Se alza frente a nosotros como un castillo de otro tiempo y otro mundo.

Muros gruesos, tan altos que parecen tragarse el cielo.

Vigas metálicas se cruzan por encima de nuestras cabezas formando un entramado digno de una telaraña colosal.

Las luces, instaladas en líneas precisas, parpadean suavemente, como si respiraran.

El lugar tiene una solemnidad antigua, como un templo vivo.

Las piedras del suelo son lisas, grises, y parecen frías al tacto.

Cada paso resuena en el interior con un eco bajo, como si la estructura se tomara el tiempo de registrar nuestra presencia.

Estatuas de marionetas ocupan cada rincón: unas en posiciones de ataque, otras abrazando a niños, algunas con los hilos aún suspendidos, como si los titiriteros las hubieran soltado apenas un segundo antes.

Las enredaderas que cubren algunas paredes se mecen con un ritmo tan sutil que parece imposible no sospechar que están vivas.

Y lo más impresionante: las torres. Seis en total. Cinco son negras como el vacío. Absorben la luz, como si no quisieran verse. La sexta, en cambio, es blanca. Brilla, incluso con el sol en lo alto, como si tuviera una luz propia.

Nos detenemos frente a una puerta circular de hierro forjado. Grabada con símbolos curvos y runas que no puedo leer, parece un sello. Esteban la empuja con ambas manos. La estructura chirría como si no quisiera abrirse.

Entramos.

El interior es oscuro, fresco, con un olor a piedra húmeda, aceite y algo más antiguo… como polvo de sueños guardados.

—Fylian dijo que al llegar aquí estarías listo —murmura Esteban sin mirar atrás. Su voz grave reverbera en la cámara de entrada—. Sí, se ve bonito e imponente, pero ya adentro no podrás volver, Rodrygo. ¿Te sientes preparado?

Lo miro. Trago saliva. La seguridad que reúno en ese momento es forzada, pero real.

Por mi hermano. Por mi amigo. Por Fylian Buyer.

Asiento.

Estoy listo para enfrentar lo que venga.

Aunque, lo admito: una parte de mí todavía se pregunta, silenciosa, terca, casi infantil…

¿Qué demonios estamos haciendo aquí?