Capítulo 3 #2
Respiro hondo y poso mis manos sobre los muslos, inclinándome para recuperar el aliento.
Luego me levanto de un salto y seguimos adelante, sin recibir ningún otro comentario del capitán Esteban.
Sin embargo, siento que sus pasos bruscos se detienen de golpe.
Yo también me detengo y me giro para verlo.
Su mirada es intensa, como si estuviera escuchando algo que yo no puedo percibir.
El aire se espesa, cargado de expectativa; el eco de nuestros pasos se apaga lentamente en el silencio profundo del túnel. ¿Qué habrá captado su atención?
Entonces ocurre. Sus dedos comienzan a brillar, una luz dorada que brota como si su piel se hubiera resquebrajado para revelar la energía que contiene. Las chispas se arremolinan, danzando entre sus uñas como fuegos fatuos. Es su Destello Dorado… despierto.
Listo, llegamos al punto crucial; aquí es donde todo comenzará.
Pero nada cambia, al menos no visiblemente.
El túnel sigue igual: gris, curvo, infinito.
Aun así, algo no encaja. La iluminación —antes tenue, casi acogedora— ahora titila con una frecuencia irregular.
El color amarillo se vuelve enfermizo, como si el sistema eléctrico estuviera muriendo…
o como si algo estuviera drenando su energía.
De repente, no sé si es el roce del metal contra las paredes rocosas o el cambio en la presión del aire lo que me alerta, pero hay algo en mi interior que se activa, un sentido que parece haber heredado.
Me agacho tan rápido que apenas tengo tiempo de procesar lo que está sucediendo.
Un artefacto mecánico, muy diferente a las marionetas que he visto antes, pasa por encima de mí, generando corrientes de aire que me hacen entrecerrar los ojos.
Tiene la forma de algo que alguna vez fue bello: una cabeza en forma de rosa, oxidada y carcomida, cuyos pétalos metálicos están mellados, y de cuyas espinas sobresalen cables rotos como venas abiertas.
Sus extremidades son delgadas, afiladas, terminadas en guadañas que brillan con un filo antinatural.
Se mueve con una agilidad inquietante, como si supiera dónde herir.
El capitán Esteban se lanza hacia un lado, cubriendo a alguien —Kendram, probablemente—, y el ambiente se rompe con el zumbido de descargas. Kendram ya está en movimiento: salta, esquiva, genera un estallido de luz que corta el aire.
—Retrocede —advierte Esteban hacia mi dirección, y reculo un par de pasos.
Kendram se posiciona para el ataque y yo retrocedo un poco cuando un golpe eléctrico impacta contra la máquina con cabeza de rosa.
Ambos inician una danza frenética de golpes, donde destellos eléctricos y chispas amarillas iluminan el ambiente que se ha ido apagando a causa de la aparición de esta máquina.
El capitán Esteban también se mueve, manipulando a Kendram con precisión.
Pero entonces los ojos de la máquina —dos lentes enrojecidos como carbones encendidos— se posan en mí.
La rosa de acero se gira, y todo en su lenguaje corporal anuncia lo inevitable: me ha elegido su próximo objetivo.
No me inmuto; en cambio, espero. Espero y espero, hasta que está tan cerca que podría encestar un golpe mortal en mi pecho en cuestión de segundos.
En un movimiento rápido, me muevo hacia la derecha y golpeo la máquina con una patada tan fuerte que tropiezo y caigo al suelo de espalda, pegándome tan pero tan fuerte que el golpe me arrebata el aire.
Kendram aprovecha la oportunidad y le lanza una descarga eléctrica que también me alcanza, enviándome contra la pared de roca negra y metal.
El dolor me arrebata el aliento aún más, y comienzo a ver borroso.
Maldición… Pero bueno, ¿no era eso lo que pedía? Kendram aparece justo a tiempo; trato de poner ambas rodillas en el suelo mientras jadeo. Kendram se posiciona delante de mí, examinándome con preocupación antes de ser alcanzado por su compañero.
Respiro con dificultad, apoyando una mano contra la pared fría del túnel.
El impacto todavía vibra en mis huesos, y aunque mis piernas me sostienen, tiemblan como si quisieran doblarse.
Esteban se acerca, su silueta oscura contrastando con los destellos que aún chisporrotean en los restos del artefacto mecánico.
Intento estabilizarme, pero la maquinaria con forma de cabeza de rosa oxidada no se detiene.
Sus engranajes chirrían como huesos quebrándose, y con una velocidad imposible, superior incluso a la marioneta de Esteban, se lanza hacia nosotros.
Se frena de golpe, tan cerca que el aire se corta en mi garganta.
El hedor metálico y oxidado me invade, y siento cómo sus guadañas, afiladas como cuchillas, comienzan a cerrarse sobre mis mejillas.
Esteban da un paso al frente, listo para contraatacar, pero con una señal desesperada de mi mano le detengo. No… está demasiado cerca. Si se mueve, me destroza aquí mismo. El corazón me golpea el pecho con violencia, y un pensamiento me atraviesa como un cuchillo: ¿qué mierda hago ahora?
Entonces, algo en mi mochila vibra. Primero un murmullo apenas perceptible, luego un temblor creciente, como un corazón extraño latiendo en el fondo. La máquina se sacude, retrocede con espasmos grotescos, como si la música invisible la desgarrara desde dentro.
Saco la cajita de música que Fylian me dio en su última misión.
Al abrirla, la melodía brota, aguda, inquietante, como un canto de otro mundo.
El sonido no es dulce: es cortante, un filo invisible que atraviesa el aire.
La bestia mecánica se convulsiona, sus pétalos oxidados se doblan, sus engranajes chillan como si estuvieran siendo arrancados uno por uno.
Retrocede, tambaleante, como si la música le quemara las entrañas.
En ese instante, Esteban aprovecha. Con un grito que parece romper la noche, desata a Kendram: una ráfaga brutal de energía que ilumina la breve oscuridad con un destello cegador.
El impacto golpea a la criatura con tal fuerza que el suelo tiembla bajo mis pies.
El aire se llena de un estruendo metálico, de chispas y fragmentos que vuelan como cuchillas.
Me quedo paralizado, boquiabierto, incapaz de respirar. La música aún suena, aguda, penetrante y luego… dulce, mientras la bestia se retuerce y se desmorona.
—Estás demente, niño —masculla. No es un insulto, ni una queja. Es una afirmación con el peso del asombro y la desaprobación entrelazados.
Yo solo lo miro, jadeando, mientras trato de recuperar el aliento. Él se inclina apenas.
—Kendram. Analizar. Código Relámpago Uno. Kendram desaparece con un zumbido eléctrico, como si el aire se partiera por la mitad.
—Duele —digo, a duras penas.
—Se nota. Pronto pasará el efecto. —Me responde el capitán—. No pensé que ese artefacto tan ridículo te salvaría —por la forma en que lo dice, parece que no sabe de él o que Fylian le pudo comentar algo.
Esteban me observa un segundo más, luego habla:
—Tenemos un momento mientras recuperas el aliento y Kendram analiza el sitio, ¿de acuerdo? —dice Esteban, y yo asiento débilmente. Mis manos y pies tiemblan; la adrenalina aún corre por mis venas, así que golpeo el muro con el puño. Esteban gruñe—. Es normal. Tranquilo.
Supongo que lo dice porque parezco un resorte tembloroso. Sin embargo, su rostro se torna serio mientras se acerca a la máquina con cabeza de rosa, ahora completamente rostizada y llena de agujeros por la energía liberada por Kendram. Su suspiro es una mezcla de frustración y preocupación.
—Fylian te lo advirtió. Esto no es un puto juego del que puedas salir ileso fácilmente.
Es tan real como alguien apuntándote con una pistola en la cara, Rodrygo —el capitán Esteban se cruza de brazos y baja la voz con gravedad.
Yo sigo temblando—. Hay mucho que explicar, pero seguro conoces este lugar; el Paso Inclinado.
Asiento con dificultad, sintiendo cómo la tensión en el aire se vuelve casi palpable mientras intento procesar todo lo que acaba de suceder.
El enfrentamiento comenzó como un debate verbal, un duelo político en el que las palabras eran las armas y la publicidad, el campo de batalla.
La idea era que la gente, de manera democrática, decidiera a quién seguir, a quién confiar, sopesando los distintos modelos de desarrollo que podrían surgir.
Lo recuerdo vagamente. Eso fue hace diez años.
Yo tenía ocho años entonces, aunque hay algo curioso: apenas puedo recordar mi niñez.
—La parte verbal no funcionó, como bien sabrás —dice Esteban, con un tono que se vuelve más grave—. Lyam se enfureció y comenzó a envidiar la ventaja que tenía Gyselth. Ella era… muy diferente.
La voz de Esteban adquiere un matiz nostálgico, como si realmente hubiera compartido su vida con ella.
—Gyselth marcaba la diferencia dondequiera que estuviese.
Era marionetista, sí, pero más que eso: era un símbolo.
Lyam, en cambio, era un político en ejercicio, con un enfoque de convivencia y desarrollo que no toleraba a las marionetas.
Según sus estudios, el uso de ese poder atraía enemigos poderosos a Casadó, lo que significaba muerte y destrucción.
Él veía la magia como una amenaza. Ella, como un deber.
Esteban hace una pausa.
—Gyselth prometía con su propia vida proteger a cada persona y a cada animal de este país, especialmente de Chatarra, su lugar de nacimiento.
Por eso el diálogo no iba a funcionar. El debate, la intervención de otros países…
todo era inútil. El temor que Casadó sentía hacia los demás era evidente, y su capacidad mágica, aunque pareciera una locura, era real.
Traducción de todo esto: la Aniquilación de los Marionetistas.
Su voz se quiebra apenas, pero se recompone con firmeza.