Capítulo 3
“La geografía de Chatarra desafía toda lógica conocida: para alcanzarla, fue necesario ascender entre formaciones imposibles en lo profundo del subsuelo, como si la ciudad flotara sobre un mundo olvidado. Lo más desconcertante es que, pese a estar enterrada bajo capas de tierra y ruina, en Chatarra brilla el sol, como si el cielo hubiera sido injertado allí por fuerzas que escapan a la comprensión humana. Se dice que solo se puede ingresar a través de túneles antiguos, ahora sellados y peligrosamente inestables. Nadie entra… a menos que esté dispuesto a apostarlo todo, incluso su vida.”
—Artículo editado y censurado de la Red de Casadó en el foro: Lugares Misteriosos de Casadó y las Tierras Derrotadas del Subsuelo.
El capitán Esteban no es un hombre de muchas palabras.
Su rostro, aunque marcado por sus gestos de piedra, ha suavizado sus aristas con el tiempo.
La quijada cuadrada, que antes parecía una roca inamovible, ahora se presenta con menos tensión, como si una brisa ligera hubiera acariciado su dureza.
La barba perfectamente definida me recuerda a mi amigo Fylian, que siempre tuvo un ojo crítico para los detalles.
Fylian era un maniático del estilo; cada corte de cabello y cada perfil eran una obra de arte para él.
Recuerdo que solía decirme: “Nunca sabes cuándo aparecerá esa chica ideal en tu vida y te agradecerá que tu cabello estuviera en su mejor forma”.
Mientras me cortaba las puntas de mis rizos, lo hacía con tanta dedicación que me hacía sentir como si estuviera en manos de un artista.
Y aunque sus chistes sobre mis rizos eran tan malos que a veces me daban ganas de reír y llorar al mismo tiempo.
Pero hay algo en los ojos de Esteban, incluso cuando no dice nada, que parece cargar más años de los que su rostro admite. Como si hubiera visto demasiado y hubiera decidido, hace mucho, no volver a sorprenderse por nada.
Ahora, aquí estoy, caminando junto al capitán Esteban en un laberinto de túneles de roca y metal que se inclinan hacia diferentes sectores subterráneos.
La atmósfera es densa y cargada por un olor un poco a moho; el eco de nuestros pasos resuena en la penumbra.
A medida que avanzamos, la iluminación tenue de faros amarillos nos guía, proyectando sombras danzantes en las paredes frías.
El silencio es abrumador, pero yo intento romperlo con uno que otro comentario trivial, solo para mantener la conexión humana en medio de este vasto vacío.
Y bueno que el acompañante con quien estoy no es nada conversador.
Me pregunto si Kendram sería más platicador, estoy seguro de que sí.
Es entonces cuando lo noto: una tenue esfera de luz dorada, del tamaño de un puño, flota junto al hombro de Esteban, meciéndose despacio, casi como si respirara. No estaba ahí bajo los faroles del pasillo anterior; aquí, donde la oscuridad se cierra sobre nosotros, se ha encendido sola.
—¿Eso es…? —señalo el orbe con la barbilla, sin atreverme a terminar la pregunta.
—Kendram —responde Esteban, sin detenerse—.
Toda marioneta puede tomar esta forma. Nos sirve de linterna cuando la oscuridad es demasiada, y de escudo cuando algo se mueve más rápido de lo que alcanzamos a reaccionar.
No siempre elegimos cuándo se enciende. A veces es ella la que decide que la necesitamos.
No dejo de mirarlo mientras caminamos. Es extraño pensar que la misma criatura capaz de convertirse en una descarga de furia dorada pueda, también, acompañarnos en silencio como una luciérnaga fiel.
El capitán Esteban camina detrás de mí, un gesto protector que me hace sentir un poco seguro, aunque no puedo evitar preguntarme qué riesgos oculta.
En la universidad, algunos profesores hablaban sobre la ingeniería detrás de estas estructuras, cómo habían sido excavadas por generaciones pasadas.
Estos túneles son un testimonio del ingenio humano de antes, formados a partir de la tierra misma y llevados a la superficie por la necesidad de recursos.
En los subsuelos de Chatarra, se dice que hay minerales valiosos, cosechas sorprendentes y fuentes de agua que podrían sustentar a comunidades enteras.
Siento cómo mis pies laten con un dolor sordo, punzante.
Cada paso se hunde ligeramente en la grava suelta, como si el túnel quisiera tragarme poco a poco.
Mis músculos, tensos desde hace horas, empiezan a recordarme que subir por aquí sería una locura, una insensatez absoluta en medio de la oscuridad subterránea.
Entonces, el capitán suelta un comentario casual sobre grupos que corren por estos túneles en la noche, persiguiendo a asesinos y evadiendo peligros invisibles.
Me habla de la Sociedad del Hilo, una organización que opera en las sombras y que no puede arriesgarse a ser vista en la superficie ni mucho menos por el gobierno actual.
Su voz tiene un tono grave al mencionar al gobernador de Conquista y al antiguo primer ministro, quien había desatado una guerra civil al eliminar a los marionetistas.
Lo hizo con fuego, con traición, y con una promesa de progreso que dejó cicatrices profundas.
La historia oficial lo llama visionario.
Aquí abajo, sin embargo, y por lo que comenta Esteban, su nombre se escupe como veneno.
Seguimos avanzando. El aire se vuelve más denso, más húmedo.
Los techos de los túneles sudan gotas que caen como un metrónomo irregular, marcando el paso del tiempo que aquí, extrañamente, parece haberse detenido.
Me asalta una duda persistente, clavándose como una astilla en la mente: ¿Cómo es posible que este lugar, tan alejado de las zonas urbanas, esté tan desprotegido, tan abierto a los pasos de cualquiera que sepa por dónde colarse?
Y, sin embargo, el capitán camina con una calma casi ofensiva.
Sus botas golpean el suelo con firmeza, como si cada tramo fuera parte de su casa.
Confía en el terreno, dice. “La mejor seguridad es la que nadie recuerda que existe.” Tal vez tenga razón.
Tal vez esta red de túneles olvidados por el mundo está protegida no por puertas ni armas, sino por el olvido mismo.
Ya casi debería amanecer. La idea de ver la luz del sol se siente lejana; aquí abajo, el tiempo parece haberse detenido. Los túneles nos han aislado del mundo exterior y nos han sumergido en una especie de limbo subterráneo.
Si hemos oído hablar de la primera ciudad antes de Conquista, son ellos —los habitantes del subsuelo— quienes realmente la descubrieron.
Lo susurran los ancianos, lo ocultan los archivos del gobierno.
Chatarra no es solo una ruina bajo nuestros pies; es la raíz de Casadó, el corazón oxidado que late en silencio bajo las calles limpias y controladas de arriba.
Es casi imposible evitar tomar un aerodeslizador comercial, un tren o esos vehículos incómodos que parecen sacados de una película de ciencia ficción, para llegar a otras ciudades más alejadas.
Imagino que en esos lugares la cultura debe ser diferente, pero seguramente nos encontraríamos con las mismas personas, siempre buscando una forma de sobrevivir en este mundo caótico.
Nunca he salido de Conquista. Tampoco lo había considerado.
Hasta ahora.
Con la curiosidad prendida como una mecha, le lanzo una pregunta a Esteban:
—¿Has estado fuera de nuestras fronteras alguna vez?
Al mirarlo por el rabillo del ojo, veo que niega con la cabeza, su respuesta es un simple gesto.
—¿Nunca? ¿Ni siquiera de curioso? —insisto, aunque sé que estoy forzando la conversación—. Yo tampoco había salido nunca de Conquista, pero al menos lo pensaba de vez en cuando. ¿Tú qué hacías cuando tenías mi edad?
Esteban tarda en responder. Cuando lo hace, su voz suena distinta, más baja.
—Entrenaba. Y cuando no entrenaba, dormía. No fue una infancia muy interesante, Rodrygo.
—Suena horrible.
—Lo fue —dice, y por primera vez algo parecido a una sonrisa cruza su rostro, apenas un segundo, antes de desaparecer—. Sigue caminando.
Seguimos caminando. O eso creo. Porque el tiempo, en este túnel, se ha diluido como agua entre los dedos.
Horas o minutos… ya no puedo distinguirlo.
Lo único que sé es que el agotamiento me raspa los huesos y mi respiración se ha vuelto un peso más que debo cargar.
Finalmente, nos detenemos y el capitán Esteban se cruza de brazos, bufando de fastidio.
Lo miro con una mezcla de frustración y cansancio; no es mi culpa que no sea tan atlético como Fylian o como él.
Él, en cambio, parece tallado para sobrevivir.
Incluso en reposo, su cuerpo imponente irradia fuerza: músculos definidos que apenas pueden ocultarse bajo la gruesa tela de su uniforme.
Aunque, curiosamente, sus pantalones parecen holgados desde la cintura, como si la comodidad aún tuviera un espacio en su mundo.
Sus brazos, pecho y abdomen están cubiertos por telas gruesas, llenas de fundas y correas.
—Estoy casi seguro de que tu Destello Dorado es más conversador y amigable que tú —intento romper el silencio opresivo del lugar, que se vuelve cada vez más caluroso y pesado—.
Vamos, tú debes ser el odioso que nunca habla y él debe ser el compañero lleno de ideas.
No puedes estar en misión todo el tiempo.
“Sí, misión tras misión. Vamos, Rodry, no sabes nada de lo que hacen en la Sociedad del Hilo ni en la ciudad de Chatarra”.
Pero no puedo evitar preguntarme cómo es que realmente funciona todo esto.
Tengo varias teorías en mente, pero no suelo compartirlas porque lo más probable es que no reciba ninguna respuesta cómoda o amigable de mi acompañante.
En realidad, preferiría un poco de acción de Destello Dorado; a veces mi mente comienza a traicionarme y me imagino que me lleva a un lugar donde me torturará y me regalará una muerte lenta y despiadada.