La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 2 #4
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Capítulo 2 #4

—Vengo por ti. Porque ellos para mí… son más que estudiantes.

Fueron compañeros, futuros colegas. Pero nadie en la Sociedad del Hilo moverá un dedo.

Así que pensé en alguien con determinación.

De esas personas que, sin pensarlo, toman un cuchillo y se enfrentan a un marionetista.

Algo… muy poco común. Tú, Rodrygo. Siento que eres el indicado para ayudarlos.

Aunque —hace una pausa, mirándome de reojo— no estás preparado.

Ni siquiera un poco. Pero para serlo… hay que pasar por ciertas cosas.

Así que te lo digo sin rodeos: ven conmigo a Chatarra.

Fylian confiaba en ti. Fue su voluntad que algún día te reclutara.

Las personas más importante ahí lo saben, y bien.

Intentar mantener un ritmo en mi respiración es uno de los retos más difíciles que enfrento en este momento.

La voz brusca del Capitán Esteban resuena en mi mente mientras acomodo ropa en mi bolso de cuero negro, y él dice: “No, ¿para qué te vas a llevar eso? Solo te podrán matar si usas eso. ¿Por qué vas a llevar esos lápices, Rodrygo?” Le bufo, y él solo me observa con su rostro inmutable, como si cada palabra que saliera de mi boca fuera un eco vacío.

—¿Y qué hay de tu Destello Dorado? —Pregunto, buscando un atisbo de compasión en su mirada—. Quizás él sea un poco más amable.

Él simplemente pone los ojos en blanco.

Se recuesta contra la puerta, cruzándose de brazos mientras espera a que termine de arreglar mis cosas.

Siento que estoy operando en modo automático, como si mi mente se hubiera desconectado de mi cuerpo; esta sensación me incomoda profundamente.

Mis rizos negros caen descontroladamente sobre mi frente, a pesar de mis intentos de acomodarlos.

Esteban me observa, y aunque no lo conozco bien, él parece saberme mejor de lo que yo quisiera.

—También era cierto lo que decía tu amigo… —habla Esteban, mirando a la altura de mis rizos.

—¿Sobre…?

—Ese cabello es un verdadero desastre. Aquí existe los peines y cepillo, ¿no?

—¿Ahora eres gracioso, capitán?

Suspiro aliviado cuando finalmente termino de organizar mis cosas, pero me detengo en seco al recordar algo crucial. Retrocedo hacia mi escritorio de noche y le pregunto con voz temblorosa:

—¿Debería llevarme el lápiz bermellón o el rojo intenso, qué tú dices?

Su ceño fruncido es tan severo que siento que va a llamar a su Destello Dorado para asesinarme en ese mismo instante.

—Es algo importante. Dibujar para mí es… bueno, quizás no lo entiendas.

—No, no lo entenderé. Muévete. Ahora —me interrumpe con firmeza, y justo en ese momento, la puerta se abre bruscamente.

Myriam sale disparada con sus rizos alborotados cubriendo su rostro como un halo desordenado. Esteban se queda perplejo al verla, y ella lo mira con una mezcla de curiosidad y miedo. Me coloco rápidamente entre ellos; no quiero que Esteban le haga daño.

—Cálmate —le digo a Myriam—. El hecho de que ya haya querido matarte no significa que quiera hacerlo con todo el que se atraviese.

Ella ahoga un grito mientras le tomo del brazo derecho para tranquilizarla. Esteban se acerca a mi mochila y recoge los dos lápices que le mostré antes, introduciéndolos en la mochila sin decir más.

—Ese bolso… —Myriam se gira hacia mí—. ¿A dónde vas con ese señor que no conocemos, Rodrygo?

—Myriam, por favor —respondo con un tono suave, aunque mi corazón se siente pesado.

A pesar de tener quince años, sigue siendo una niña para mí; sus facciones son delicadas y cuidadas, su piel suave y blanca como la porcelana, y sus manos cálidas son lo único bueno que tengo en esta familia desmoronada.

Nuestro papá murió cuando ella solo tenía tres años, dejándonos un legado de dinero que apenas cubre nuestras necesidades.

En esta casa somos tres hermanos; uno de ellos espero nunca volver a ver.

Myriam es el futuro de nuestro hogar. Mi mamá rara vez está en casa y, para ser sincero, eso es lo mejor que puede haber.

—Mi amigo necesita ayuda —digo señalando a Esteban con la cabeza. Creo que Myriam comienza a entender la gravedad de la situación; sus ojos brillan con comprensión y preocupación.

Ella asiente lentamente y la abrazo con tanta fuerza que siento cómo su calidez me envuelve en un refugio momentáneo. En medio del caos y la incertidumbre, su abrazo es el ancla que me recuerda por qué debo seguir adelante: por Fylian, por ella, por nosotros.

—Sé que te irás lejos. Por mucho tiempo.

No sé cuándo te vuelva a ver dibujar. Ni tú verás los edificios negros de las ciudades principales de Conquista que tanto te encantan —comienza a decir, en voz baja, con un tono que me hace sentir un nudo en la garganta—.

Pero, estando allá, trata lo posible de perdonarla, de perdonarlo y no vivas con eso en el corazón, Rodrygo.

Pasa que a veces nos encargamos de llevar esos malos ratos dentro de nosotros sin darnos cuenta de que es como un veneno floreciendo y que tarde o temprano te debilitará y dañará todo lo que te rodea.

—Me vuelve a abrazar, tan fuerte como nunca, como si quisiera protegerme de un mundo que no entiendo, un mundo donde el perdón es un arma y el rencor, una sombra que acecha.