Capítulo 2 #2
—Myriam —digo, con un tono de fastidio que apenas puedo ocultar—, sí me gustaría el té. Quizás podamos repasar un poco. ¿Tienes algún examen? Puedo ayudarte a organizar los trabajos que tengas pendientes.
Ella niega con la cabeza, su expresión se torna seria por un instante.
Con un ligero suspiro, se pone de pie, y antes de que pueda decir algo más, se inclina y me deja un beso suave en la mejilla.
Es un gesto simple, pero en ese momento me envuelve en una calidez que contrasta con el frío que a menudo siento en mi pecho.
—El pasado es una completa mierda —me dice, su voz es firme pero llena de una dulzura que solo ella sabe transmitir—. Pero hay quienes sí merecen segundas oportunidades, porque quizás en sus pensamientos el miedo reinaba tanto que los paralizaba.
Es asombroso cómo, con solo quince años, Myriam parece tener una sabiduría que muchos adultos no alcanzan a comprender.
Habla de nuestra madre, de todo lo que hemos vivido, y me recuerda lo mucho que he dejado de hablarle desde que él comenzó a hacer lo que hacía conmigo.
A veces estaba presente, otras veces lo defendía, y con cada año que pasa, me doy cuenta de que ya no tolero recordar su voz ni los momentos en los que permití que su sombra cubriera mi vida.
En la noche, mientras dibujo en mi rincón favorito del cuarto, la luz de la luna se asoma tímidamente entre densas nubes grises que parecen arrastrarse como espectros silenciosos.
El viento otoñal se cuela por la ventana entreabierta, acariciando mi rostro y mi pecho desnudo con dedos fríos, trayendo consigo el aroma a tierra húmeda, hojas secas y un leve rastro de humo lejano que no logro identificar.
Suspiro. La quietud del momento es engañosa: hay algo más.
Una inquietud sutil, casi imperceptible, se enreda con la calma como si la noche misma contuviera la respiración.
Un par de mis lápices se caen al suelo bruscamente.
Quizás pudo ser el viento… ¿o no? Miro a todas direcciones…
pero creo que todo parece estar en su normalidad.
Entonces lo veo. Un destello. Brilla a lo lejos, más allá del límite del pueblo, una chispa pálida que parpadea como si me llamara. No es un relámpago ni un farol. Es… otra cosa. Algo que no puedo nombrar, pero que siento.
Recojo mis cosas sin pensarlo demasiado.
Mi libreta, mis lápices, mi chaqueta. Algo dentro de mí —una voz antigua, o quizás solo la parte de mí que nunca duerme— me empuja a seguirlo.
A averiguar qué es. Creo que, si soy un poco estúpido para adentrarse a una sensación extraña y con pequeños rasgos de riesgos, pero ¿qué puedo perder?
El lago cercano a algunos metros de mi casa se extiende frente a mí como un espejo oscuro, inmóvil, profundo.
La luna se refleja en su superficie como una herida blanca y brillante, dibujando un sendero plateado que parece abrirse solo para mí.
Cada paso hacia la orilla hace crujir la hojarasca bajo mis zapatos.
Miro a mi alrededor, en todas direcciones, buscando alguna señal de Fylian. No está aquí. El silencio es espeso, casi artificial. Pero entonces, siento una presencia. No la veo… la siento.
Hay alguien más.
Aunque no lo conozco del todo, sé quién es. Su energía, su postura, su sombra en la penumbra… es imposible no reconocerla. La mezcla de esperanza y temor se agita en mi pecho.
—Tú —dice, y su voz es gruesa, resonante, como un tambor que retumba en el vacío del paisaje—. Supiste que algo estaba aquí. No sé si eres un tonto o un valiente. Pero ¿por qué venir? ¿Me aclaras esa duda?
Sus ojos brillan brevemente cuando la luna los alcanza. Lleva las mismas protecciones que aquel día fatídico… las placas de acero bruñido, la tela reforzada con hilos que cambian de tonalidad con el movimiento. Pero Kendram no está con él. Su ausencia me golpea como un presentimiento.
—¿No te da miedo venir a este lugar? —pregunta.
Su mirada es tan intensa que siento como si pudiera atravesarme, como si leyera mis pensamientos uno por uno—.
Solo hay unos pocos árboles secos desperdigados por las orillas y un lago lo bastante profundo como para ahogarte sin dejar rastro.
Las casas más cercanas tienen las luces apagadas desde hace horas.
Hace una pausa.
Sus labios se curvan en una mueca ambigua, como si hablara tanto conmigo como consigo mismo.
—Creo que el Gobernador de Conquista ha hecho un buen trabajo… ha logrado trasladar la seguridad a la mente de sus ciudadanos mejor que cualquier patrulla armada del pasado.
Me sorprende la forma en que su voz se proyecta; es fuerte y brusca, pero también tiene un matiz que exige atención. Niego con la cabeza. No me da miedo. Pero no puedo evitar preguntarme qué hace él aquí.
Hay algo en su forma de callar que me inquieta más que sus palabras. Como si cada silencio suyo escondiera una cuenta pendiente con alguien que no soy yo.
—Tu nombre —me pide, y al no responder, bufa con fastidio—. Mi Destello Dorado yace escondido por ahí.
Sus palabras me hacen retroceder un poco; una oleada de escalofríos recorre mi piel. Trago fuerte mientras él asiente, su rostro serio y rudo se ilumina con una intensidad inquietante. La quijada cuadrada cubierta por una barba gris le da un aire imponente.
—Bien. Dame tu nombre. Ahora —ordena.
No respondo. No por miedo, sino porque sé que tal vez lo haga para intimidarme, para jugar conmigo antes de desatar su verdadero propósito.
¿Le parece divertido? Esteban se cruza de brazos y comienza a caminar hacia la orilla del lago, donde se detiene y se agacha, dejando que el viento otoñal alborote su cabello gris.
Me alejo un poco de él; tengo una terrible sensación de que algo me está observando desde las profundidades del lago, como si el Destello Dorado estuviera esperando el momento adecuado para revelarse.
—Fylian es mayor que tú, creo que cuatro o cinco años más, ¿no?
—comienza a decir el capitán Esteban, manteniéndose en el mismo camino—.
Son amigos desde muy pequeños. Pregunto tu nombre para saber completamente si eres tú, Rodrygo.
Este siempre ha sido su hogar. También lo pregunto por mi marioneta no haya dañado más tu cerebro.
Mis pensamientos se agitan como las hojas de los árboles que están cerca.
Escucho sus palabras, pero no logro asimilarlas del todo.
La conexión entre ellos es palpable, como un hilo invisible que los une, y me pregunto qué papel jugará Fylian en todo esto…
¿en lo que viene? ¿en lo que ya está ocurriendo?
Esto parece muy grande que dan ganas de vomitar.
Este lago significa muchos juegos con él.
Recuerdo las risas que resonaban en el aire, el eco de nuestros gritos mientras chapoteábamos en sus aguas cristalinas, el sol brillando sobre nosotros como un testigo de nuestra felicidad.
Pero ahora, cuando miro hacia su superficie oscura y misteriosa, siento un nudo en el estómago.
—Siempre me había parecido extraño —murmuré entonces— cómo el agua reflejaba todo… menos lo que realmente éramos.
Fylian inclinó la cabeza, como si entendiera. No respondió de inmediato. El viento movía apenas la superficie del lago, y yo sentía que me ahogaba. A veces yo me decía a mi mismo: parece tan gracioso cuando estoy en paz, pero cuando estoy en ansiedad es una bolsa alrededor de mi cabeza.
—Decías que había heridas que no se veían —recordé—, pero que aun así cambiaban la forma de caminar, de reír… de mirarse al espejo.
Me mordí el labio. El recuerdo me golpeaba, aunque intentaba ocultarlo. El eco de risas antiguas se mezclaba con un nudo en mi estómago.
—A veces pensaba que me habían disfrazado de alguien que nunca fui —confesé, casi en un susurro—. Y que todavía cargaba con esa máscara, aunque ya no estuviera puesta.
Fylian me miraba con una mezcla de tristeza y firmeza. Se acercaba un poco más, como si sus palabras fueran un puente.
—Me repetías que no era lo que me habían hecho —dije, evocando su voz—. Que no era esa máscara. Que era lo que decidiera ser ahora, aunque doliera.
El silencio volvía a caer, pero aquella vez no era vacío. Era un silencio compartido, como si el lago guardara nuestras voces y las devolviera en forma de consuelo.
—Rodry, no eres lo que te hicieron. —Comenzó a decir Fylian—. Eres lo que eliges ser ahora. Y si alguna vez dudas, recuerda que incluso las máscaras más pesadas se rompen cuando decides respirar sin miedo. ¡No dejes que tu pasado te encadene, porque tú eres más fuerte que cualquier sombra!
No ha pasado tanto tiempo desde que dejé de saber de Fylian, pero pesa.
No es su presencia física lo que extraño, sino su rutina, esa manera de aparecer en los momentos justos, de darme frases que parecían entrenamientos para el alma.
Supongo que todo esto tiene que ver con algún tipo de disciplina secreta entre los marionetistas, misiones ocultas o actividades que nunca compartió conmigo.
—Tu mejor amigo de toda la vida y tú jugaban mucho aquí —dice el capitán Esteban, y me quedo con la boca abierta.
¿Cómo sabe eso? ¿Fylian le habrá contado después de lo que ocurrió, o quizás antes?
No, Rodry, no seas tonto. No pudo haber sido antes; si lo hubiera sido, no tendría esa sensación de querer asesinarme con su marioneta aquella noche sobre el edificio.
El capitán se pone de pie y se gira, clavando sus ojos marrones en mí. Hay una profundidad en su mirada que me hace sentir expuesto, como si pudiera leer cada rincón de mi mente.
—El desierto de lo desconocido saborea cada casa de este lugar —dice, mientras sus manos se hunden en los bolsillos de su braga negra con líneas amarillas, un gesto que parece tan casual y, al mismo tiempo, tan cargado de significado.
El viento sopla suavemente, haciendo que las hojas de los árboles susurren.