La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 2
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Capítulo 2

“Los avistamientos de marionetistas se han multiplicado por cada rincón de Conquista, y sus intenciones son cada vez más sospechosas. Al igual que un humano frente a un fantasma, la presencia de los marionetistas comienza a sembrar el terror, pues se sabe que, en su oscuridad, nada en este lugar está realmente a salvo. Por esa razón, nuestro primer ministro ha brindado apoyo decidido para erradicarlos.”

—Artículo editado y censurado de la Red de Casadó, destinado a un público específico.

No he visto a Fylian desde hace un par de semanas.

Cada día que pasa, la preocupación se asienta un poco más en mi pecho.

He estado muy pendiente de sus movimientos, como un reloj que no deja de sonar en mi cabeza, pero no he logrado encontrarlo.

¿Ahora si te vas a volver más escurridizo, Fylian?

Las palabras que pronunció aquella noche resuenan en mi mente, contundentes y llenas de un significado que no consigo desentrañar.

Quizás su intención fue protegerme, alejarme de ese mundo oscuro que parece devorarlo.

Sin embargo, hay una pregunta que me atormenta cada noche antes de dormir: ¿Por qué él sí aceptó estar en ese lugar?

Esa incertidumbre me tiene aturdido, intranquilo y, a la vez, curioso. Pero ¿qué puedo hacer?

He paseado por las calles de la ciudad, observando cada rincón con la esperanza de cruzarme con él.

Todo parece normal: las familias en los parques, los vendedores ambulantes gritando sus ofertas, el aroma del pan recién horneado que flota en el aire.

No hay hombres vestidos con bragas ni marionetas colgando de sus cuerpos.

Sin embargo, ese vacío que dejó Fylian me inquieta.

Temo que algo le haya sucedido después de defenderme.

La idea de que pueda haber enfrentado un castigo por mi culpa me consume.

Debo dejar de pensar tanto; sé que es un mal hábito.

Recuerdo cuando tenía catorce años, cuando mis pensamientos eran como tormentas que arrasaban con todo a su paso, hasta llegar a hacerme perder mechones de cabello por la ansiedad.

Respiro hondo y trato de encontrar mejores pensamientos, como el de que tal vez Fylian esté en una misión fuera de la ciudad, lejos del peligro.

Me he acercado a la casa de sus padres en varias ocasiones, pero siempre me reciben con la misma respuesta: no lo han visto.

Hoy, sin embargo, la madre de Fylian —ojos ámbares, el cabello recogido hacia atrás con esa elegancia suya que nunca parece esforzada— me abre la puerta antes de que termine de tocar, como si ya me esperara.

—Pasa, Rodry. Te ves como si no comieras desde que mi hijo decidió desaparecerse —dice, con media sonrisa que no le llega del todo a los ojos.

Su padre no está en casa, así que somos solo los dos, sentados a la mesa de la cocina, entre el aroma a pan tostado y algo dulce que insiste en calentarme aunque le diga que no hace falta.

Hablamos de todo y de nada: de mis dibujos, de lo mal que corto el pan, de una anécdota vieja sobre Fylian llorando porque un pájaro se robó su almuerzo en el parque cuando tenía seis años.

Me río más de lo que he reído en semanas.

Por un momento, casi puedo fingir que todo está bien.

Entonces, entre risas, algo en su rostro se apaga un poco.

—¿Sabes? —dice, jugando con la taza entre las manos, sin mirarme del todo—.

No sé por qué, pero últimamente a Fylian le había llamado la atención el estudio de los dragones.

Sobre todo esos que tienen… particularidades.

—Suelta una risa corta, casi para sí misma—.

Sé que suena a fantasía de niño, pero tú y yo sabemos que él nunca ha sido de esos, ¿cierto?

No respondo. No sé qué responder.

—Pero le encontré esto —añade, y se pone de pie. Vuelve con una hoja arrugada, de esas que Fylian solía meter en el fondo de su mochila, y la despliega sobre la mesa, entre las migas de pan.

Es una nube. O lo era, hasta que deja de serlo a mitad del trazo: los bordes se afilan, se oscurecen, y de pronto ya no hay nube, hay un dragón negro, apenas visible bajo capas de algo que solo reconozco al mirar dos veces: rosas.

Rosas negras, diminutas, cubriéndolo entero como una piel que no debería estar ahí.

Alrededor, un círculo enorme, trazado con más cuidado que el resto del dibujo, con otras cinco formas apenas insinuadas en su interior.

—No sé qué significa —dice ella, y por primera vez su voz suena tan perdida como se ve—. Pero no dejo de pensar en ello.

Yo tampoco puedo dejar de mirarlo.

Antes de irme, ella coloca una mano cálida sobre mi hombro.

—Rodry —me mira con seriedad—, la amistad es algo muy auténtico y poderoso. Así que, si alguna vez tienes una amistad tan bonita, por favor, no dudes en luchar por ella.

Sus palabras se quedan conmigo todo el camino a casa, mezcladas con la imagen de ese dragón hecho de nube y espinas negras.

Insisto en saber si tiene idea de a dónde podría haber viajado su hijo, pero ella solo niega con la cabeza.

Es posible que sepa más de lo que dice, pero no quiere decírmelo.

O tal vez no sabe nada en absoluto, y solo le queda ese dibujo doblado en el fondo de una mochila que ya no está.

Y eso está bien. No siempre debemos saberlo todo.

De regreso a casa, encuentro a mi hermana Myriam recostada en mi habitación.

Su expresión refleja frustración mientras señala con la cabeza hacia la ventana y se encoge de hombros.

Sé que no debería estar aquí; a esta hora debería estar dibujando cerca de la cascada, dejando volar mi imaginación entre los trazos y colores.

Sin embargo, hoy no tengo ánimo para eso.

Ver los dibujos de marionetas es como abrir una herida; una de ellas casi me mata, o quizás una de ellas esté torturando a Fylian ahora mismo.

He buscado más información en la Red, pero cada vez se vuelve más difícil acceder a datos concretos.

—Debes sentirte muy mal para no estar en la cascada, Rodry —dice Myriam mientras se hace a un lado de mi cama y me invita a sentarme junto a ella. Se acomoda el rizado cabello negro en una coleta, un gesto familiar y reconfortante—. Fylian estará bien.

Yo también espero lo mismo. Suspiro pesadamente.

—Te buscará. Un auténtico amigo busca cuando otro lo necesita. Es una conexión, como la de esos marionetistas con sus marionetas. —Tuve la oportunidad de contarle todo lo que pasó.

Sí, debo esperar a que Fylian aparezca, pero el tiempo se estira como un chicle masticado y ya ha pasado demasiado. Myriam me ofrece preparar un té; sabe cuánto me gustan esas infusiones reconfortantes. Su mano pasa suavemente por mis rizos descuidados.

—Tu té sabe a hierba quemada, ¿lo sabías? —le digo, solo para ver cómo frunce el ceño. Funciona siempre.

—Y tú tienes el paladar de un perro callejero, así que no cuenta —responde, sin perder el ritmo mientras remueve la taza. Es un ritual que tenemos desde que aprendió a usar la cocina sin quemar nada: ella prepara, yo me quejo, y al final me tomo hasta la última gota.

—Tranquilo, Rodry. Si Fylian no está, estoy yo para protegerte. Así aparezca Él.

Gruño en respuesta; no quiero hablar sobre Él, ni recordarlo. Está prohibido mencionar su nombre en este espacio seguro entre nosotros. Myriam asiente y sus ojos negros reflejan un atisbo de culpa, pero la abrazo con un brazo y ella esboza una pequeña sonrisa.

—Lo siento. Nunca me hizo daño… gracias a ti —dice Myriam, suspirando levemente.

—Quizás un paso hacia adelante sea…

Su mirada se desvía hacia una foto de nuestra madre, la que reposa en mi escritorio, entre todos mis colores y dibujos desordenados. Por un instante, sus ojos se llenan de algo que no alcanzo a descifrar del todo: nostalgia, quizá. O tal vez un intento de reconciliación.

—Ella te ama. Nos ama —murmura—. Solo que… lo que te hizo, lo que pasó contigo… sé que quizás es algo incómodo. Y fuerte.

No la dejo terminar. Me pongo de pie de golpe, interrumpiéndola con un movimiento seco. La angustia se cierne sobre mí como una sombra alargada, fría, sofocante. Esa conversación, esas palabras, esos recuerdos… no puedo permitir que me consuman otra vez. No ahora.

Recuerdo las manos de mamá escasamente. Eran suaves, cálidas, cuidadosas.

Cuando yo era niño, me acariciaba el cabello mientras me leía cuentos fantásticos, de esos donde los héroes siempre vencían a la oscuridad y los dragones eran más sabios que crueles.

Me decía que algún día yo también podría ser uno de ellos.

Que tenía “algo especial” en los ojos. Que brillaban como los de mi papá, también como los de mi hermano.

Pero después… después todo cambió. Cambió dolorosamente.

Cuando Él me lastimaba, yo le suplicaba que me defendiera.

Le rogaba que no se fuera, que no cerrara la puerta, que no me dejara solo con él.

Cuando la pintura labial, los vestidos y los lazos aparecían misteriosamente sobre mi cama, yo le gritaba que me ayudara, que me viera, que hiciera algo…

algo. Pero nunca pasó. Nunca vino. Era algo tan demente que el simple hecho de recordar esas me daban ganas de vomitar.

Siempre permaneció así: inmóvil. En silencio. Como una sombra más de la casa.

Con el tiempo, aprendí a no hacer preguntas. A dibujar en silencio. A esconder mis bocetos cuando escuchaba sus pasos acercarse. A fingir que no me importaba su distancia. A reprimir el temblor en la voz cuando su ausencia pesaba más que su presencia.

Pero dolía. Dolía más que cualquier herida abierta, porque el amor no debería sentirse como una ausencia tan ruidosa.

Trago saliva y fuerzo una sonrisa que ni yo me creo. Bien hecho, Rodrygo: la técnica de esquivar traumas cambiando de tema, edición limitada, ahora con menos dignidad que nunca.