La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 1 #4
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Capítulo 1 #4

Me agarra del cabello rizado y me eleva hasta quedar a su misma altura.

Intento disculparme con un gesto tembloroso de manos, pero él las golpea con firmeza, obligándome a quedarme quieto.

Sus ojos me atraviesan, implacables. Mis músculos se tensan mientras observo cómo Esteban desaparece detrás de él sin hacer ruido, como un fantasma que se desvanece en la noche.

Fylian se ha cambiado de ropa; ahora lleva algo más cómodo, más adecuado para los vientos fríos que soplan con insistencia esta noche.

Vivimos cerca, así que la zona rural a las afueras del estado es mucho más silenciosa que la bulliciosa vida urbana que acabamos de dejar atrás.

Las luces aquí son tenues y amarillas, acogedoras, una cualidad que siempre he encontrado perfecta para pasear por la noche, lejos del caos de la ciudad.

A pesar de que Conquista es un estado grande y costero, con avances tecnológicos visibles en comparación con los otros cuatro estados, su producción y abastecimiento han mejorado notablemente con el tiempo, en gran parte gracias al actual gobernador.

La comunidad ha evolucionado a un ritmo que aquí consideramos normal…

aunque, en realidad, la normalidad en este lugar dista mucho de lo convencional.

No hay autos en las autopistas ni rascacielos de vidrio con líneas iluminadas y enormes pantallas.

Lo que alguna vez fue una modernidad alimentada por la magia ha quedado atrás, destruida tras la “Aniquilación de los Marionetistas”, un evento trágico que dejó cicatrices profundas.

Aquellos que manipulaban la magia de forma tan prodigiosa como peligrosa se erradicaron tras años de distorsiones, abusos y muertes sin explicación.

El actual primer ministro de Casadó es un estratega frío.

Entrenó a sus fuerzas militares específicamente para cazar y destruir cualquier rastro de lo sobrenatural.

Eso ocurrió hace ya bastante. No recuerdo cuántos años han pasado; los registros se han desvanecido más rápido de lo que las nuevas generaciones pueden recordar.

Sé algunas cosas porque encontré datos escondidos en los rincones olvidados de la Red.

Fylian me sienta bruscamente en una silla de madera en su habitación.

Toma su máquina de afeitar y comienza a nivelar mi cabello por las sienes, creando esos degradados que siempre me han gustado, los mismos que él usa.

Con tijeras, recorta mis rizos con precisión, acariciando mi cabeza con un cuidado que me resulta extraño tras tanta tensión.

He intentado disculparme varias veces, pero él no dice nada.

No responde a mis preguntas. No menciona lo que pasó.

Solo me pide, con voz firme pero suave, que me resguarde en casa por un tiempo.

Pero no puedo hacerlo. Soy yo quien rompe el silencio que se ha instalado entre nosotros.

—Quiero ser uno de ellos —digo con firmeza, sin esconder la pasión que me quema por dentro ni el miedo que me hiela al mismo tiempo.

Desde niño he devorado historias sobre héroes, sobre aquellos que luchan contra la oscuridad y protegen lo que es justo.

La idea de ser parte de algo más grande siempre me ha fascinado.

Miro a Fylian directo a los ojos, decidido—.

Para mí, los marionetistas son como superhéroes… Habla con Esteban, Fylian. Por favor.

En cuanto lo digo, una vocecita interna se burla de mí: vaya discurso, Rodrygo, deberías venderlo por internet. Pero ya está dicho, y no pienso retractarme solo porque suene ridículo en voz alta.

Su rostro se transforma al instante. Las facciones de Fylian se endurecen.

Sus ojos marrones se convierten en un mar tempestuoso de ira, frustración y miedo contenido.

Golpea con fuerza algunos objetos sobre su escritorio.

El estruendo resuena por la habitación, cortando el aire como una advertencia.

Luego se planta frente a mí, apoyando los brazos sobre el escritorio, como si quisiera bloquear mi camino, mis ideas, mi locura.

—Sé que sabes sobre los marionetistas —dice finalmente. Su voz es un filo afilado, cargado de advertencia—. Mira, hermano…

Acaricia el anillo de plata que le regalé en su cumpleaños el año pasado. Me lo pidió con tanta insistencia que, cuando por fin pude dárselo, casi se desmaya de la emoción. El contraste con este momento es brutal.

—Sé que esto puede sonar emocionante —continúa, bajando un poco el tono, aunque sus palabras siguen pesando—, pero no lo es.

¿De acuerdo? Esto no es como en los libros, ni en los foros de la Red.

No se trata de ponerse un traje y sentirse invencible.

Esto es real. Tan real que puede romperte los huesos, la mente… el alma. La muerte es constante, Rodry.

Apoya suavemente una mano sobre mis rizos, en un gesto de ternura cargado de preocupación.

—Aquí no estamos jugando a ser héroes. Esto es una guerra silenciosa, sucia, interminable.

Y tú… —vacila, su respiración se vuelve pesada.

Cierra los ojos un momento. Cuando los abre, su mirada está empañada por algo más profundo que el miedo: es desesperanza—.

Es como dice Esteban: las decisiones son lo que nos define.

Y decidir ser parte de algo que apenas comprendes es una locura.

Te orinarías los pantalones si supieras lo que hay allá afuera.

Hay muertes. Hay sangre. Hay cosas inhumanas que podrían destruirte desde dentro.

¿De verdad estás dispuesto a adentrarte en ese mundo, Rodry?

Asiento con la cabeza, el corazón latiendo con fuerza, un torbellino de emociones en mi interior. Miedo, sí, pero también una determinación que no puedo apagar. La idea de ser un héroe, aunque peligrosa, sigue ardiendo en mí como una llama imposible de extinguir.

—¿Quién decidió que un héroe debía estar a salvo para serlo?

Fylian sonríe con esa expresión suya que nunca sé si es travesura o ternura.

Mete la mano en su mochila y saca una pequeña caja de metal, pintada de negro mate.

Sobre la superficie hay líneas finas, plateadas, que se entrecruzan como si dibujaran un sendero, o quizás un mapa.

No logro descifrarlo, pero algo en ese patrón me inquieta.

—¿Qué es esto? —pregunto, sin poder apartar la vista.

—Ábrela —me dice, con voz suave.

—¿Será otra de tus bromas? —bromeo, soltando una risa nerviosa.

—Sí, posiblemente sí —responde, rascándose los pómulos marcados, que se han puesto rojizos a pesar de su piel bronceada y tenue.

Al abrir la caja, una música comienza a sonar.

Nunca la había escuchado antes, pero tiene algo hipnótico, casi agradable.

Las líneas del mapa se iluminan brevemente, y de unos pequeños orificios emergen dos figuras: una princesa de vestido rosado, delicada y etérea, y un caballero de armadura negra, con una espada que parece hecha de sombra.

Ambos avanzan en la misma dirección, pero por caminos opuestos.

De pronto, el caballero se desvía, alza su espada y golpea a la princesa en la cabeza.

Ella cae. La música cambia, se vuelve festiva, casi celebratoria.

Lo miro, entre asombro y duda.

—Un regalo —dice Fylian, sonriendo con melancolía—. De mi última misión. Quédatelo, por favor.

Asiento, sin saber qué decir. Él recoge sus cosas con calma, y justo cuando está por salir de la habitación, se gira hacia mí. Inclina levemente la cabeza, como si pesara más de lo normal.

—También es un recordatorio —añade—. De que los héroes no siempre toman las mejores decisiones. Y que estar a salvo no es una opción, Rodry… es un requisito. Porque si no estás vivo, ¿a quién mierda proteges?