La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 1 #3
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Capítulo 1 #3

—Fylian —la voz de Esteban resuena como un trueno en el silencio tenso del lugar.

Volteo rápidamente hacia él—. Hay que deshacerse de él.

Esto no es un juego. Soy tu capitán y la tarea era recopilar la información de tu primera misión.

Sin protección. Kendram —se dirige a la marioneta, que se alza con una gracia mecánica a su espalda—, se encargará de esto rápidamente. Será indoloro.

Siento que mi corazón toma impulso y comienza a golpearme en el pecho como si intentara escapar.

Retrocedo con pasos desesperados, arrastrando mis manos y pies por el suelo, pero me estrello contra las piernas cubiertas de cuero y protecciones de Fylian.

Lo miro desde el suelo; siempre ha sido alto, pero hoy su figura parece imponente y amenazadora.

Sus ojos marrones brillan con una furia intensa, pero también destilan preocupación.

No sé si eso me calma o me asusta más. Diablos, Rodry, ¿por qué has decidido seguirlo? Es un imbécil… o tal vez yo lo sea más.

—Sí, no puedo ir en contra de lo que dice, capitán —la voz de Fylian suena decidida, pero hay un matiz de duda que no puedo ignorar.

Lo conozco bien; algo no está bien en sus palabras—.

Pero es mi hermano. Me ha ayudado mucho más de lo que usted y mi otra compañera han hecho por mí durante estos cuatro años en la formación —¿cuatro años?

Fylian, no me digas que tú…—. Así que le pido que, por favor, me permita regresarlo a donde vive.

Me cambiaré e iré con cuidado. Sé que tenemos una misión en estos momentos, pero realmente no puedo quedarme aquí y ver cómo Kendram lo hace añicos.

No puedo, señor. La última misión puede esperar. Le puede informar a ella, por favor.

Su súplica me aplasta el pecho y provoca que mi estómago se revuelva, como si todo lo que había consumido en el día quisiera salir disparado. Me siento completamente petrificado, como una estatua hecha de miedo y confusión que no puede intervenir, aunque quiera.

El silencio se extiende por unos segundos que parecen eternos.

Veo cómo la marioneta color mostaza con espirales blancos se posiciona detrás del capitán Esteban.

Sus articulaciones se descomponen, como si se tratara de un ser sin vida ni fuerza, pero sus cuatro ojos amarillos están fijos en mí, observándome con una curiosidad inquietante.

Kendram es hermosa y aterradora a la vez; sus cuatro brazos parecen estar listos para la batalla, y estoy seguro de que posee armamento escondido en ellos.

Su núcleo debe estar compuesto por algún tipo de energía conectada a los flujos cerebrales del capitán Esteban; no se manejan con hilos como las marionetas comunes, sino con actividad cerebral en conexión directa.

He leído en secreto que esto es algo extremadamente complicado y peligroso.

Kendram está vestida con telas amarillas oscuras que cubren su torso hasta las piernas, protegidas por cuero negro robusto.

Sus cuernos son lo más sorprendente: negros con pequeños destellos brillantes que parecen captar la luz desde donde estoy.

Es algo que me deja atónito; una curiosidad morbosa se activa en mí al darme cuenta de que Fylian forma parte de ese mundo temido por muchos en Casadó e incluso en otros países.

La adrenalina corre por mis venas mientras la realidad se cierne sobre mí como una sombra ominosa: estoy atrapado entre la lealtad a mi amigo y el peligro inminente que representa esta situación.

Los países que temen a las marionetas han vivido en constante paranoia, una sombra que se cierne sobre cada rincón de sus tierras sabiendo que la magia es verdadera por más que a uno le cueste aceptar.

La aniquilación de los marionetistas fue un acto de desesperación, un intento de evitar lo que muchos consideraban un desastre inminente.

Esa es la narrativa oficial, al menos. La verdad, sin embargo, parece más difusa, como un eco lejano que se pierde en el tiempo.

Nadie sabe con certeza qué sucedió realmente, y eso es lo que más inquieta.

Mientras más avanza las generaciones, más atrás van quedando esas preguntas sobre esos verdaderos motivos.

—Es un secreto muy delicado, Fylian —dice el capitán Esteban, mientras se despeja el rostro.

Su cabello, de un gris opaco y sedoso, se dispara en mechones puntiagudos, como si tuviera vida propia.

Sus ojos marrones claros no se apartan de mí ni un instante, y su mano acaricia a Kendram con una ternura que me parece irónica.

No puedo evitar esbozar una débil sonrisa ante la escena, pero Esteban me gruñe de inmediato, como si mi reacción fuera una ofensa—.

Esto no es algo que pueda perdonar fácilmente.

Sabes lo letales que pueden ser los Directivos del Hilo.

Sabes lo despiadados que son aquellos que permanecen en las sombras, observando y generando caos.

Y creo que debería dejar de hablar —hace una pausa brusca, como si le costara encontrar las palabras o al darse cuenta de que comente un error seguir hablando sobre lo que son realmente—. Esto es una tontería, Fylian.

—Me encargaré de él. Te lo prometo. No causará problemas —responde Fylian, añadiendo un suspiro al final de su declaración, como si llevara el peso del mundo sobre sus hombros.

—Nos matarán a los tres —contradice el capitán Esteban con un tono sombrío.

—Asumiré esto —defiende Fylian con determinación—. Te he dicho que algún día quiero ser capitán…

—Y puedes llegar a serlo —interrumpe Esteban, su voz suavizándose un poco, lo que me permite relajarme un poco también—.

Solo que no es tan sencillo… Las decisiones no son fáciles.

A veces te corrompen; a veces te rompen por completo.

Pero al final, son decisiones que se toman para un bien mayor, ya sea propio o ajeno.

Nuestra mera existencia gira en torno a qué camino tomar.

Y en este momento, es sacrificar un… —me mira con rabia—, sea lo que sea que has creado con este debilucho.

La palabra “debilucho” resuena en mi mente como un golpe seco, brutal, directo al orgullo.

Siento cómo mi cabeza se mueve de un lado a otro, sacudida por una fuerza invisible, como si mi cuerpo intentara expulsar esa ofensa a través del movimiento.

A mi lado, el cuchillo delgado, el mismo que había surgido de una burbuja de corriente momentos antes, reposa clavado en el suelo, vibrando aún por la energía residual.

Sin pensarlo dos veces, lo agarro con firmeza; no hay espacio para la duda, ni para la razón, ni para mirar atrás.

Fylian grita algo detrás de mí, pero su voz es solo un eco distante, ahogado por el rugido de la rabia que retumba en mi interior.

Todo mi mundo se reduce a Esteban, a su expresión burlona, a esa palabra que todavía arde en mis oídos.

No puedo ni quiero detenerme. Me lanzo hacia él con el cuchillo en mano, impulsado por una furia que me consume.

Cuando intento hundir el filo en su rostro, algo cambia.

Los ojos de Kendram, que hasta entonces parecían inertes, brillan de repente con un fulgor amarillo intenso, casi sobrenatural.

Una fuerza invisible se interpone, deteniendo mi brazo en seco.

El cuchillo queda suspendido en el aire, inmóvil, a pocos centímetros de la nariz de Esteban.

Intento forzar el movimiento, empujar el arma hacia adelante, pero es inútil.

Es como si una pared invisible se hubiese alzado entre nosotros.

Retrocedo un paso, jadeando, y el cuchillo queda flotando, vibrando con una tensión casi eléctrica. La expresión de Esteban sigue siendo la misma: fría, inmutable, tan indescifrable y temida que un escalofrío helado me recorre la espalda.

Entonces Fylian, con una velocidad que no sabía que tenía, se coloca entre Esteban y yo.

Sus brazos abiertos, su cuerpo temblando, se convierte en un escudo humano dispuesto a detener la tormenta que yo mismo desaté.

Sus ojos me suplican, su voz tiembla, pero ya no grita: ahora es un susurro firme, cargado de miedo y determinación.

La tensión en el aire es casi insoportable, como si cada molécula se negara a moverse. El miedo, la rabia y la adrenalina se entrelazan en mi pecho, formando un nudo que apenas me deja respirar.

—No es divertido decir esto —Fylian me mira desde la altura de su hombro, y su suspiro es un claro signo de fastidio.

Lo entiendo, pero al mismo tiempo no. No soy un debilucho, aunque Él siempre me lo decía cuando me pegaba.

Sin embargo, su mirada se vuelve seria y decidida—.

Lanza ese cuchillo y ten por seguro que pondré mi pecho de escudo para proteger a mi amigo.

Las palabras de Fylian son contundentes, cargadas de fuerza y energía. Su voz resuena en el aire tenso entre nosotros.

—Eres un amargado, Esteban. Un odioso, sin duda alguna —continúa, y puedo ver cómo su frustración se transforma en una especie de desesperación—.

Pero créeme, siempre nos dices a mí y a Kyra, mi compañera, que debemos mantenernos unidos y ser más que compañeros, hermanos.

Así que, por favor, baja ese cuchillo y déjame llevarlo.

Tenemos rato aquí. Vuelve tú y yo te alcanzo luego.

Esteban asiente levemente, y el cuchillo cae al suelo con un sonido metálico que resuena contra el concreto del techo del edificio donde estamos.

Exhalo con fuerza, sintiendo un alivio momentáneo, frágil, como una burbuja a punto de estallar.

Pero cuando Fylian se gira hacia mí, su rostro está rojo de frustración.

A pesar de su piel bronceada, sus ojos parecen llameantes, cargados de una intensidad que me encoge. Estoy en problemas.