La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 1 #2
2%

Capítulo 1 #2

Lo veo: un cuchillo delgado está enterrado en el concreto, y su hoja comienza a trazar una serie de letras que me hacen ahogar un grito. Un pulso eléctrico me golpea con tal fuerza que me hace rodar aún más lejos. Es una maldita marioneta cerca. ¿Pero dónde? ¿O cómo? Estoy muerto.

Mi cuerpo se siente pesado y torpe; no responde como quiero.

Cada músculo parece negarse a moverse, como si la propia gravedad me sujetara con garras invisibles.

Estoy atrapado en este lugar oscuro y peligroso.

Detrás de mí, unos pasos firmes y pesados se acercan, resonando en la azotea como el eco de un reloj de arena que se queda sin tiempo.

Debe estar justo al borde del edificio, y yo estoy demasiado cerca del techo como para escapar sin verse.

Contengo el aliento y, con una mezcla de miedo y resignación, giro la cabeza para mirar; lo veo: su silueta se recorta contra el brillo lejano de las luces de la ciudad.

Las protecciones negras y amarillas cubren su cuello, rodillas, codos y antebrazos, dándole un aire de guerrero blindado sin duda alguna.

Su rostro está oculto tras telas oscuras que apenas dejan ver el destello de sus ojos profundos y de un intenso marrón, pero eso no es lo que me paraliza de miedo.

Lo que realmente me deja sin aire es lo que se encuentra detrás de él.

Un artefacto humanoide yace recostado sobre su espalda, con cuatro brazos y piernas dobladas de manera antinatural, como un depredador dormido.

Su armadura negra y amarilla brilla bajo la tenue luz de los edificios circundantes, reflejando destellos fríos y amenazantes.

De su cabeza emergen tres cuernos afilados, y sus cuatro ojos amarillos me observan con una frialdad perturbadora.

No parpadean. No se mueven. Y, aun así, puedo sentir su presencia vibrando en el aire, como si estuviera esperando una orden para saltar sobre mí.

Estoy acabado.

¿A dónde se supone que puedo ir ahora? Frente a mí, un marionetista.

En este país, eso es lo más cercano a la magia verdadera que podemos encontrar.

En Casadó, el marionetismo era más que un arte; era un vínculo, un armamento poderoso capaz de cumplir cualquier objetivo, incluso eliminar a aquellos que se interpongan en su camino.

Se dice que existen academias clandestinas de marionetistas callejeros, donde los aspirantes ansían aprender el arte y liberarse del adiestramiento vil del gobierno.

Rumores de torneos de sangre flotan en el aire, susurros que erizan la piel, como la mía en este instante.

Pero son cosas que realmente he leído en la Red. No sé qué tan ciertas sean.

Mis ojos siguen fijos en ella. Se inclina apenas unos centímetros, como si también estuviera observándome.

Hay algo en su quietud que no logro nombrar…

una chispa de conciencia, aunque las marionetas son controladas por la mente de su manipulador, parecen estar llenas de vida, una vida que me recuerda lo vulnerables que somos.

Mi propia existencia se siente en peligro, y todo esto es culpa de Fylian.

Si no lo hubiera seguido, tal vez estaría a salvo ahora.

Bueno, realmente la culpa es mía por entrometido.

Un escalofrío me recorre la espalda cuando la marioneta se desprende del cuerpo de su controlador.

La visión me revuelve el estómago: el compañero del hombre se desliza con una fluidez antinatural, como si estuviera viva.

Se separa de su amo con una gracia escalofriante, cada articulación moviéndose con una precisión milimétrica, como si cables y engranajes hubieran sido reemplazados por músculos y tendones.

La luz tenue que se filtra entre los rascacielos resbala por su armadura negra y dorada, resaltando las aristas de su estructura metálica.

Es una visión sobrecogedora. Nunca había visto una marioneta tan de cerca, y estoy seguro de que será la primera y la última vez.

El solo pensarlo me eriza la piel. Miro a mi alrededor, preso del pánico.

Me pongo de pie, tan rígido como mi cuerpo me lo permite.

El viento silba entre los edificios, un susurro entre las estructuras frías de concreto y vidrio que me rodean.

Los rascacielos de Conquista se elevan como gigantes sin alma, reflejando destellos de luz neón sobre sus superficies oscuras.

A esta altura, las calles parecen hilos de asfalto trazando venas en la ciudad.

No hay nadie aquí. Nadie que pueda verme. Nadie que pueda ayudarme.

Estoy atrapado.

Entonces, una voz me golpea como un latigazo desde atrás:

—¿Qué rayos estás haciendo aquí, Rodrygo?

—La voz detrás de mí es profunda y cargada de enojo.

Mis músculos se tensan al instante. Ocho años de amistad me han enseñado a descifrar el tono de su voz, y esta vez no hay rastro de broma en ella—.

Ni se te ocurra voltear —advierte Fylian con dureza—.

La marioneta que tienes enfrente es un Destello Dorado.

Es capaz de manipular el relámpago y moverse a una velocidad que tus ojos no pueden seguir.

Su armamento puede deshacerte en segundos.

Lo veo. La electricidad chisporrotea levemente en el aire, como un presagio de lo que podría ocurrir si doy un solo paso en falso.

Fylian sigue hablando, su voz tensa y urgente:

—No sé qué demonios hago hablando contigo cuando debería agarrarte por esos rizos negros que tienes en la cabeza y regresarte a casa, Rodry.

—Incluso ahora. Incluso en esta situación.

Sigue fastidiando con mi cabello. Es raro, pero me alegra un poco ver a Fylian, aunque el hecho de que esté aquí no creo que haya tanta diferencia.

Solo seríamos dos presas fáciles para la marioneta.

Aunque…, espera, ¿Un Destello Dorado? ¿Relámpago?

¿Cómo es qué él sabe de esas cosas? —. Definitivamente algún día me desharé de esos rizos del demonio.

De verdad que es Fylian, siempre burlándose de mis rizos y de lo larga que es mi nariz.

—Bien, capitán Esteban, por favor, es mi amigo…

mi estúpido mejor amigo, ¿le mencioné también qué no tiene neuronas?

Porque a ver… se le pasa leyendo mucho en la Red para no saber que no es buena idea seguir a un marionetista —dice, señalando al manipulador del Destello Dorado, cuyas intensas pupilas amarillas están fijas en mí.

Doy un paso atrás, pero el Destello Dorado reacciona al movimiento.

Un cuchillo delgado vuela hacia mí y se clava justo al lado, rompiendo la tela de mi camisa y dejando escapar un hilo de sangre caliente por mi brazo.

Duele. Antes de que pueda reaccionar, un campo de energía eléctrica me golpea con fuerza, lanzándome hacia atrás hasta que Fylian me detiene con sus botas de cuero negro.

Lo miro mejor: lleva la misma vestimenta que Esteban, el marionetista, y me cae realmente pesado.

En esta situación tensa y peligrosa, el hecho de que ambos compartan un estilo me resulta irónico y frustrante.

No sé cómo he llegado a este punto ni cómo voy a salir de aquí.

Todo lo que puedo hacer es intentar mantenerme a flote mientras el caos se desata a mi alrededor.

Le embozo una débil sonrisa a Fylian, pero él frunza el ceño. Bueno, no lo culpo.

—Quien te va a matar soy yo —dice Fylian, mientras me ayuda a ponerme de pie, pero no sin antes darme un ligero golpecito en la cabeza que, por alguna razón, me hace sentir un poco más humano en medio de este caos.

Su tono es una mezcla de fastidio y cariño, como si estuviera lidiando con un hermano menor que no sabe cuándo detenerse.

No lo culpo, aunque a él nadie lo mandó a buscarse un mejor amigo que le falta un par de tornillos—.

Cielos… —suspira, dejando escapar una risa entrecortada—.

De verdad que el problema son esos malditos rizos, Rodry.

¿Me has seguido? ¿En serio lo has hecho?

No ves la hora que es. Estos lugares son peligrosos, hermano.

La tensión en el aire se siente como una cuerda tensa a punto de romperse.

Las sombras de los edificios alrededor se alargan, como si las mismas paredes quisieran tragarnos.

El sonido de la ciudad parece desvanecerse, y solo puedo oír el retumbar de mi respiración agitada y el pulso de la adrenalina en mis venas.

—No, Fylian —respondo, sintiendo cómo su mirada oscura me atraviesa con una mezcla de enojo y preocupación.

Se pasa la mano por su cabeza perfectamente perfilada, como si intentara despejar sus pensamientos, pero el malestar no desaparece—.

Me vas a disculpar, pero pareces una tortuga tratando de escabullirte.

Yo soy más rápido, cualquiera te hubiese seguido —Sé que no es el momento para bromas, pero mi boca se niega a dejar de hablar.

Al menos así puedo hacer que la pesadez en mi pecho disminuya un poco, suavizando la dureza de mi respiración y dispersando el dolor de mis músculos, que gritan en cada movimiento.

—No mientas, Rodry. El Destello Dorado de Esteban puede leer si tus palabras son verdaderas o no.

Así que es mejor que nos ahorremos todo esto.

—Fylian sacude sus hombros con frustración.

Y aunque me exaspera su tono, algo en sus palabras me alivia momentáneamente.

Al menos se nota que está tan fuera de sí como yo, pero la incertidumbre persiste.

Mis ojos caen sobre mi ropa hecha un desastre y, aunque no quiero pensar en ello, no puedo evitarlo.

Mi hermana y mi madre me van a matar cuando se enteren.

Bueno, tal vez no hoy… quizás mañana, cuando la fila de personas que quieren matarme haya desaparecido.