La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 1
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Capítulo 1

“Siempre y cuando esté aquí, Rodrygo, ten por seguro que tu pasado no podrá volver a disfrazarte de algo que no eres. A puños te alejaré de Él, porque así actúa un verdadero hermano.”

—Mensaje en la contraportada del cuaderno de dibujo de Rodrygo, como regalo de cumpleaños de parte de Fylian, su mejor amigo.

Me gusta la noche. Es como si alguien en el cielo hubiera apagado el interruptor, sumiendo al mundo en una quietud profunda, pero al mismo tiempo llena de una extraña diversión.

O al menos, así se siente mi mundo: tranquilo.

Aprecio esa calma, es un regalo que valoro enormemente.

De hecho, todo en los rincones de Conquista parece estar envuelto en silencio.

Sin embargo, en este momento, esa paz se ve interrumpida por el murmullo constante de la Cascada de Conquista a mi izquierda.

Las aguas caen con una fuerza serena, creando un eco suave que se funde con mis pensamientos, mientras lucho con lo que tengo enfrente.

La cascada es imponente, y en uno de sus extremos, una formación rocosa se alza como dos manos unidas en oración.

Es un lugar hermoso y cargado de energía, que me tiene completamente fascinado.

Fylian, mi mejor amigo, fue quien descubrió este lugar, por lo que tiene un valor especial para ambos. He intentado capturar su esencia en papel más veces de las que puedo contar, pues dibujar es algo que me gusta mucho.

—Al menos me alegra que eso te aleje un poco del pasado —me dijo Fylian con esa sonrisa suya, tan llena de complicidad.

Últimamente anda ocupado con algunos asuntos, pero sé que nunca está tan ocupado como para olvidarse de nuestro rincón secreto.

Suelo decir a mí mismo que no es tan tonto como puede llegar a ser yo.

Dibujar es mi refugio, mi forma de mantener la cordura.

La cordura es un tema delicado para mí; mi madre siempre dice que mi temperamento necesita control.

Lo intento, lo prometo, pero no es fácil.

Al final del día, somos responsables de buscar lo que nos brinda bienestar, y para mí, eso es dibujar.

Con un lápiz de grafito en mano, trazo líneas sobre una hoja blanca, creando la figura humanoide de una marioneta.

Es mi proyecto más querido, aunque también un poco peligroso. También, un poco irreal. ¿O tal vez no?

Me miro los dedos, manchados de grafito hasta la segunda falange, y sonrío para mis adentros.

Ojalá pudiera decir que es la mancha de un artista atormentado y misterioso, de esos que salen en las novelas que lee mi hermana, pero no.

Es solo que soy demasiado terco para usar un trapo.

Mi madre dice que algún día voy a mancharme la cara sin darme cuenta y voy a andar así todo el día, como un fantasma de carbón. Honestamente, no sería la primera vez.

Me pongo de pie y me quedo mirando la cascada durante unos minutos, observando cómo el agua cae y se desliza con gracia hacia el río que serpentea en dirección a las ciudades principales de mi estado.

A lo lejos, las luces titilan sobre la delgada línea del horizonte, recordándome que debo regresar a casa.

Antes de adentrarme en los túneles de rocas carmesí que me conducirán de vuelta a la zona urbana, veo a un buen amigo pasar junto a mí, pero de prisa.

Realmente hay mucha gente recorriendo el lugar, y lo que más me sorprende es que todos parecen sumidos en una tristeza colectiva, lo que me permite identificar a Fylian rápidamente.

Él parece no haberme visto y avanza apresurado, como si lo estuviera persiguiendo o como si hubiera robado algo.

Sin pensarlo demasiado, decido seguirlo, ansioso por sorprenderlo.

El idiota es tan torpe que es probable que se dé un susto de muerte al verme.

—Tienes el peso y la estatura ideales para correr y moverte sigilosamente, de eso no hay duda, incluso mejor que yo —me dijo una vez mi amigo, mientras competíamos en una de nuestras carreras, las cuales, por supuesto, siempre le ganaba.

Con pasos cautelosos, me escondo tras algunos objetos que me brindan cobertura.

La gente a mi alrededor está abrigada en atuendos que los protegen del frío otoñal; aunque la temperatura no es tan intensa como en invierno, las brisas son heladas y es necesario cubrirse.

Sigo a Fylian, quien avanza rápido por un laberinto de callejones engullidos por enormes edificios de colores oscuros y amarillos.

Este lugar puede ser riesgoso de noche, pero no tengo tiempo para cuestionar mis decisiones.

—¿Sabes qué me gustaría? —comenzó a decir Fylian, en una ocasión en que estábamos en ramas diferentes de uno de los árboles que adornan un pequeño lago cerca de mi casa—.

Me gustaría ver nieve. Aquí nunca nieva, aunque las temperaturas descienden, pero sería genial ver algo así.

Es una pena que en Conquista no pase. Siempre vemos el negro por todas partes, ese negro que también tienen esos rizos que algún día pienso cortar.

—Concluyó Fylian, arqueando sus cejas perfiladas.

Fylian se mueve con agilidad; parece casi ligero, como si flotara sobre el suelo.

Es delgado y alto, con un cuerpo que parece hecho para la resistencia y la velocidad.

Su cabello marrón está cortado de manera impecable; siempre ha sido cuidadoso con su imagen.

De repente, Fylian se detiene en seco. No por voluntad propia, sino porque una figura vestida con una braga negra y amarilla lo intercepta.

La figura lo revisa de pies a cabeza, incluso le alza el mentón con una mano firme y le ordena que siga por detrás de él.

El corazón me late con fuerza en el pecho.

Reconozco ese traje. Pero no puede ser. ¿Qué hace aquí un marionetista?

La adrenalina recorre mi cuerpo mientras me pregunto qué hacer.

No puedo dejar que Fylian se meta en problemas sin intervenir, pero acercarme ahora sería imprudente.

Mis instintos me dicen que debo actuar con cautela; la noche puede ser tanto un refugio como una trampa.

Así que me quedo allí, oculto entre las sombras, observando con ansiedad cómo se desarrolla esta escena inesperada.

Todos en Conquista, el estado donde vivo y que forma parte de los otros cuatro estados principales del país de Casadó, sabemos que los marionetistas no son un juego.

En especial, por todo lo que ocurrió tiempo atrás. Ver a uno, es como ver a un fantasma.

Casadó, el país de los marionetistas, o al menos así solían llamarlo antes.

Ahora, sin embargo, el arte del marionetismo se ha vuelto un eco distante, un susurro de lo que una vez fue para el inmerso País de los Hilos.

Solo quedan unos pocos que todavía dominan esta destreza, y ese tipo vestido con la braga negra y amarilla es la evidencia perfecta de que la tradición aún vive.

—Si algún día te topara con un marionetista, ¿qué sería lo primero que harías?

—le pregunté a Fylian mientras, en su habitación, me entregaba un tazón de cereales con leche tibia en su habitación, cuyas paredes estaban cubiertas de posters de bandas de música pesada y luces de neón parpadeantes—.

En la Red publican avistamientos todo el tiempo.

Pero el gobierno no es tonto, posiblemente algún día quiera investigar a fondo… o quizás ya lo esté haciendo.

Fylian, con una expresión de fastidio, tomó una cucharada enorme de cereal. Luego, vuelve hacia mí y sus ojos que van de medianos a grandes y de un intenso color marrón, me examinan por completo, respira y luego dispara:

—Últimamente, pasas demasiado tiempo en esa basura de la Red —dijo, masticando con desdén—. Si me encontrara con un marionetista, ¿el “hacer” sería lo de menos, Rodrygo? ¿Qué te hace pensar que son malos?

Fylian. ¿Qué demonios estás haciendo? Ayer todo parecía tan tranquilo cuando terminamos de comer en mi casa.

Mi madre y mi hermana lo ayudaban a preparar algo especial para su mamá, que cumple años hoy.

Ahora, sin embargo, la calma se ha convertido en un caos inesperado.

No puedo verlo bien; estoy atrapado detrás de un muro que me protege, pero eso no me consuela.

¿Cómo puedo llegar hasta él sin llamar tanto la atención?

Mi corazón late con fuerza, golpeando mi pecho como si quisiera escapar.

Inhalo por la nariz, cuento hasta tres y suelto el aire lentamente.

Con un esfuerzo casi sobrehumano, busco un camino entre las tuberías y escaleras que me llevan a un pasillo de metal, donde sé que algunos trabajadores realizan tareas en las alturas.

Debo admitir que el actual Gobernador de Conquista ha hecho mejoras en la limpieza y la imagen del estado, pero eso no oculta las dificultades que enfrenta nuestro país y estado.

Fylian, no quiero que te veas involucrado en esto. No deberías estar aquí. Maldita sea, ¿acaso esa última afeitada de cabello te voló los tapones o qué? Creo que podría arrancártelo yo mismo.

Desde mi escondite, en la cima de un edificio de altura promedio, tengo una vista clara del callejón donde se metió Fylian y del hombre con la braga negra y amarilla en el extremo opuesto.

Observo mejor la escena, pero no hay ninguna marioneta a la vista.

Tampoco veo a Fylian ahora, genial, lo qué me faltaba. No hay nada.

Entonces, un cambio en el aire me pone en alerta.

Es un movimiento sutil, pero inquietante, a solo unos metros de mí.

Un segundo después, el sonido metálico de algo clavándose en el concreto me hace reaccionar de inmediato.

Me lanzo hacia un lado, rodando sobre el suelo áspero.

Pequeñas piedras se incrustan en mi piel y mi camisa blanca de botones queda manchada y arrugada por la caída.