La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 17
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Capítulo 17

El sol de media mañana entraba ya con más fuerza.

Había atravesado las cortinas del salón y dibujaba rectángulos dorados sobre el suelo de madera.

Dentro de esos rectángulos flotaba el polvo, lento, casi perezoso.

El aire olía a café recién hecho, a tostada y a la leche tibia que Elena acababa de darle al bebé.

Debajo de esos olores domésticos persistía otro, más íntimo: el rastro a sexo de horas antes, seco ya, pero aún presente en la piel y en las sábanas que nadie había cambiado.

Yo estaba en la cocina. Descalzo. La madera fría me subía por las plantas de los pies.

El pantalón de chándal me rozaba las caderas.

No llevaba camiseta. El vapor del café me había dejado una fina capa de humedad en el pecho.

Preparé dos tazas. El líquido negro cayó en el silencio, soltando ese aroma amargo y reconfortante que llenó el espacio pequeño.

Elena apareció en el umbral. Llevaba solo la camiseta blanca de siempre.

Se le transparentaba el contorno de los pechos y el inicio del vientre.

Todavía no se notaba el embarazo a simple vista, pero la forma de moverse había cambiado: más consciente del cuerpo, más lenta en algunos gestos.

Me miró sin decir nada. Extendió la mano.

Le puse la taza entre los dedos. El contacto de su piel caliente contra la mía duró un segundo más de lo necesario.

Se llevó la taza a los labios. El vapor le empañó un instante las pestañas.

Bebió. Una gota le resbaló por la comisura y bajó hasta la mandíbula.

Se la limpió con el dorso de la mano. Después dejó la taza en la encimera y se acercó.

El olor de su cuerpo me envolvió: leche materna, jabón de la ducha rápida, el fondo cálido de mujer que ha sido follada por la mañana y aún lo conserva entre las piernas.

Me puso una mano en el pecho, justo encima del corazón. Los dedos estaban calientes por la taza. Sintió el latido. Sonrió apenas, sin enseñar los dientes.

—Julio viene a mediodía —dijo. La voz le salió baja, casi íntima—. Adrián también. Quiero que estés vestido cuando lleguen. Pero sin ropa interior. Quiero saber que estás disponible. Que me miras y se te pone dura sin que nadie te toque.

Asentí. El simple hecho de oírlo hizo que la tela del chándal se tensara.

Ella lo notó. Bajó la vista. La sonrisa se amplió un milímetro.

Después se puso de puntillas y me besó en la comisura de los labios.

Un roce seco, posesivo. Se apartó y salió de la cocina.

El olor de su cuerpo se quedó flotando unos segundos después de que ella desapareciera.

A mediodía el timbre sonó dos veces.

Abrí. Julio entró primero. Traía el olor a calle y a colonia cítrica.

La camisa clara le marcaba los hombros. Detrás venía Adrián, más serio, con el pelo todavía húmedo de la ducha.

Los dos me miraron un segundo más de lo educado.

Yo llevaba solo el chándal, como ella había ordenado.

Se notaba la ausencia de ropa interior cada vez que daba un paso.

Elena los recibió en el salón. Estaba sentada en el sofá con el bebé en brazos.

La camiseta se le había subido un poco al amamantar.

Un pecho quedaba a medio descubrir. El pezón, oscuro y brillante de leche, contrastaba con la tela blanca.

El bebé succionaba con ruidos húmedos y pequeños.

El olor a leche dulce llenó el espacio entre los cuatro.

—Dejadlo en la hamaca cuando termine —dijo ella sin levantar la vista—. Después hablamos.

Los minutos se alargaron. El sonido de la succión era el único que se oía. Julio se quedó de pie junto a la ventana. Adrián se sentó en el sillón de siempre. Yo permanecí de pie junto a la puerta de la cocina, sintiendo cómo la tela del chándal rozaba la polla cada vez que respiraba hondo.

Cuando el bebé terminó, Elena me lo entregó.

El cuerpecito caliente pesaba lo mismo que siempre.

Lo llevé a la hamaca. Al volver, ella ya se había levantado.

La camiseta le llegaba a mitad del muslo.

Se acercó a Julio primero. Le puso una mano en el pecho y lo atrajo hacia ella.

El beso fue lento, profundo. Se oía el roce de las lenguas.

El olor a saliva y a deseo empezó a mezclarse con el de la leche.

Después se giró hacia Adrián. Lo besó igual de despacio. Yo veía cómo la mano de ella bajaba por la espalda de cada uno, cómo los dedos se cerraban en la tela de las camisas. Cuando se separó de Adrián, tenía los labios hinchados y brillantes.

Me miró.

—Tú también.

Me acerqué. El beso que me dio fue distinto. Más largo. Más posesivo. Su lengua exploró con calma. El sabor de los otros dos hombres estaba todavía en su boca. Me lo pasó entero. Cuando se separó, me rozó el labio inferior con el pulgar y lo dejó húmedo.

—Rodillas —dijo.

Me arrodillé en medio del salón. La madera me marcó las rodillas al instante.

Elena se quitó la camiseta de un solo movimiento.

El cuerpo quedó desnudo bajo la luz del mediodía.

Los pechos, pesados de la lactancia reciente, se movieron.

El vientre, todavía plano, tenía una ligera convexidad que solo se notaba si uno miraba con atención.

El vello del pubis estaba oscuro y rizado.

Entre los labios se veía el brillo de la humedad.

Se acercó a Julio. Le desabrochó el pantalón con dedos precisos.

La polla de él saltó libre, ya dura. Elena se arrodilló delante un segundo —solo un segundo— y la lamió desde la base hasta la punta.

Un solo recorrido lento. Después se levantó y se giró hacia Adrián.

Repitió el gesto. La misma lengua, el mismo tempo.

El olor a sexo de los dos hombres se intensificó.

Después se colocó a cuatro patas en el sofá. El cuero crujió bajo sus rodillas y sus manos. Miró por encima del hombro, primero a Julio, después a Adrián, por último a mí.

—Julio. Primero tú.

Él se colocó detrás. Las manos grandes le sujetaron las caderas.

Entró de un empujón profundo. El sonido fue húmedo y sordo.

Elena soltó un gemido largo que vibró en el pecho.

Cada embestida hacía que los pechos se balancearan y que el sofá protestara.

El olor a coño y a semen anterior subió espeso.

Yo, de rodillas, veía cómo la polla de Julio desaparecía y aparecía, brillante de ella.

Elena se corrió con un temblor visible. Las piernas le temblaron. Julio no se detuvo. La folló a través del orgasmo hasta que él mismo se vació dentro, con un gruñido bajo. Cuando se retiró, el semen le resbaló por el muslo interno en un hilo espeso y blanco.

—Adrián —dijo ella. La voz le salía entrecortada—. Ahora tú.

Adrián entró más despacio. Más profundo.

Las manos le recorrían la espalda mientras empujaba.

Elena empujaba hacia atrás al mismo ritmo.

El sonido de la piel contra la piel llenaba el salón.

Yo sentía la propia erección tensar el chándal hasta doler.

El olor se había vuelto casi irrespirable: semen fresco, flujo, sudor de tres cuerpos.

Cuando Adrián se corrió, lo hizo con un gemido largo contra la nuca de ella. Se quedó enterrado un momento. Después se retiró. El segundo hilo de semen se mezcló con el primero y bajó más despacio.

Elena se giró y se sentó en el sofá. Las piernas abiertas.

El coño hinchado, brillante, goteando. Me miró.

No necesitó hablar. Me arrastré de rodillas hasta ella.

El olor me golpeó a escasos centímetros.

Abrí la boca y lami. El sabor era salado, amargo, espeso.

La textura cremosa se me pegó a la lengua.

Cada pasada recogía más. Elena me sujetó la cabeza con las dos manos y empujó, obligándome a ir más profundo.

El sonido de mi lengua y de mi saliva mezclándose con lo que ellos habían dejado era obsceno y constante.

Cuando terminé, la cara me brillaba. Ella me levantó el rostro y me besó, compartiendo el sabor. Después se recostó en el sofá, todavía abierta, y miró a los tres.

El bebé se removió en la hamaca. Un quejido suave. Elena extendió la mano hacia mí.

—Tráelo.

Se lo entregué. Ella lo acomodó contra el pecho libre y lo dejó mamar otra vez.

El sonido de la succión se mezcló con el respirar agitado de los cuatro.

El semen todavía le resbalaba por el muslo.

La luz del mediodía iluminaba cada detalle: la gota de leche en la comisura de los labios del niño, el brillo en la piel de Elena, la forma en que Julio y Adrián la miraban, la forma en que yo seguía de rodillas, con el sabor de los tres todavía en la boca.

Nadie habló durante un rato largo.

Solo existía el olor, el calor, el sonido de la lactancia y la certeza silenciosa de que esta era, a partir de ahora, la forma en que la casa respiraba.