La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 18
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Capítulo 18

La luz que entraba por el ventanal ya no era dorada.

Se había vuelto opaca, casi sucia, y dejaba ver cada mota de polvo que flotaba sobre la mesa del comedor.

El aire olía a sexo secándose en la piel, a leche materna y a ese rastro metálico que deja el cansancio cuando se acumula demasiado rato en una habitación cerrada.

El bebé dormía en la hamaca con la boca entreabierta.

Cada tanto soltaba un suspiro tembloroso que hacía crujir el tejido.

Elena seguía desnuda. Se había envuelto solo en la camiseta blanca, pero la tela se le había subido hasta la cintura mientras amamantaba y no se había molestado en bajarla.

El semen de Julio y de Adrián se había secado en el interior de sus muslos dejando manchas mates, tirantes.

Cada vez que cambiaba de postura la piel tiraba y ella hacía una pequeña mueca.

Julio estaba sentado en el sillón de siempre, las piernas abiertas, la camisa todavía desabrochada.

Adrián fumaba junto a la ventana entreabierta.

El humo se escapaba a la calle en hilos grises.

Yo seguía de rodillas en el mismo sitio donde ella me había dejado después de limpiarla.

Las rodillas me ardían. La madera me había marcado la piel.

Elena dejó al bebé otra vez en la hamaca. Se pasó las manos por la cara. Cuando habló, la voz le salió ronca, gastada.

—Necesito decirlo. En voz alta. Porque si no lo digo ahora se me va a pudrir dentro.

Los tres la miramos. El silencio se volvió denso, casi sólido. Se oía el respirar del niño y el leve silbido del viento en la rendija de la ventana.

—Este embarazo me da miedo —continuó. Cada palabra salía como si pesara—.

No el físico. El otro. El de no saber cómo voy a mirar a este niño cuando nazca y vea la cara de Julio.

El de no saber cómo va a mirarme Adrián cuando sostenga a un bebé que no es suyo.

El de no saber qué coño soy yo para vosotros tres cuando ya no haya sexo de por medio y solo quede la mierda cotidiana de los pañales y las noches sin dormir.

Adrián apagó el cigarrillo en el cenicero con un gesto seco. El olor a tabaco se intensificó un segundo y después se diluyó.

—No me pidas que finja que me da igual —dijo. La voz le salió baja, pero cargada—. Me jode. Me jode que el segundo sea de él. Me jode que tú lo digas con esa calma. Y me jode todavía más darme cuenta de que, aun así, no me quiero ir.

Julio se pasó una mano por la nuca. El gesto hizo que la camisa se le abriera más. Se le veía el pecho, el vello oscuro, el rastro de sudor.

—Yo tampoco voy a fingir —dijo—. Me corre por dentro una mezcla rara.

Orgullo. Miedo. Y una puta necesidad de volver a follarte ahora mismo solo para recordar que ese hijo empezó dentro de ti conmigo.

Pero no voy a pelearme por territorio. Ya te lo dije.

Si este es el trato… lo acepto. Aunque me cueste.

Elena soltó una risa corta, sin humor. El sonido raspó la garganta. Se levantó y caminó hacia la ventana. La camiseta le rozaba las nalgas. Desde atrás se le veía el brillo seco del semen en los muslos. Se detuvo al lado de Adrián y miró a la calle.

—Y tú —dijo sin girarse, pero yo supe que me hablaba a mí—. ¿Qué coño sientes de verdad? Porque te veo de rodillas, te veo limpiar, te veo cuidar al niño… y a veces no sé si estás aquí porque me quieres o porque ya no sabes estar en ningún otro sitio.

La pregunta me golpeó en el pecho. El aire de la habitación se volvió más espeso. Oli a sexo seco, a leche, a tabaco y al miedo que sudábamos los cuatro. Me tragué saliva. La garganta me dolía.

—Siento las dos cosas —respondí. La voz me salió más baja de lo que esperaba—.

Te quiero. De una forma torcida y completa.

Y también estoy aquí porque fuera de esta casa no sé respirar.

Porque cuando te veo abrir las piernas para ellos se me pone dura hasta doler.

Porque cuando me haces limpiar siento que todavía tengo un sitio. Aunque ese sitio sea el suelo.

Elena se giró. La luz gris le daba de lleno en la cara.

Se le veían las ojeras, la piel un poco apagada, los labios todavía hinchados de los besos de horas antes.

Caminó hacia mí. Se detuvo a escasos centímetros.

El olor de su coño —semen seco, su propio flujo, el rastro de la mañana— me subió directo a la cabeza.

—Levántate.

Me levanté. Las piernas me temblaban. Ella me tomó la cara entre las manos. Los pulgares me rozaron las comisuras de los labios. Estaban calientes.

—No quiero que te quedes por lástima. Ni por costumbre.

Ni porque te excite que me embarace otro.

Quiero que te quedes porque decides quedarte aunque duela.

Aunque veas crecer en mi panza un hijo que no es tuyo.

Aunque me veas follar con ellos y se te rompa algo cada vez. ¿Puedes hacer eso? ¿De verdad?

El silencio se estiró. Se oía el respirar agitado de Julio y de Adrián. Se oía el suspiro del bebé. Se oía el latido de mi propia sangre en los oídos.

—Puedo —dije—. Aunque duela. Aunque se me rompa. Me quedo.

Elena me miró un segundo más. Después me besó. Fue un beso lento, profundo, casi triste. Su lengua sabía a café y a deseo residual. Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía. El aliento se nos mezcló.

—Entonces quédate. Pero no en silencio. Cuando te duela, dímelo. Cuando se te ponga dura de ver cómo me follan, dímelo. Cuando odies esto un poco, también dímelo. No quiero un perro mudo. Quiero a un hombre que elige quedarse aunque le duela.

Se apartó y miró a los otros dos.

—Lo mismo vale para vosotros. Si en algún momento esto se os hace demasiado…

hablad. Gritad. Iros si hace falta. Pero no me mentís.

No me fingáis sonrisas. Estoy embarazada del hijo de uno de vosotros.

Tengo otro niño que es del otro. Y tengo a este —señaló hacia mí— de rodillas porque yo lo quiero así.

Es mucho. Es demasiado. Y no voy a cargar también con vuestras mentiras.

Adrián se pasó una mano por la cara. Cuando habló, la voz le salió ronca.

—Me duele. Te lo digo ahora. Me duele que el segundo sea de Julio. Me duele imaginarme a ti con la panza y saber que no es mía. Y aun así… aquí estoy. Porque cuando te follo siento que todavía me necesitas. Aunque sea de una forma torcida.

Julio asintió despacio.

—A mí me da miedo. Miedo de no saber cómo ser padre de un niño que va a crecer viendo a tres hombres alrededor de su madre. Miedo de que un día tú decidas que ya no me quieres dentro de esta casa. Pero mientras me dejes volver… voy a volver. Aunque duela. Aunque tenga que verte con ellos.

Elena se dejó caer en el sofá. La camiseta se le subió otra vez. Se pasó una mano por el vientre, todavía casi plano, y la dejó ahí. Los tres la miramos en silencio. El olor a sexo seco, a leche y a tabaco llenaba la habitación. La luz gris se iba apagando poco a poco.

Después ella extendió una mano hacia mí. Me acerqué. Me arrodillé otra vez, esta vez entre sus piernas. Ella me acarició el pelo con dedos lentos. El otro brazo lo extendió hacia Julio y hacia Adrián. Ellos se acercaron. Uno se sentó a cada lado.

Cuatro adultos y un bebé dormido.

El aire cargado de todo lo que se había dicho.

El miedo todavía presente, denso, real.

Y debajo de ese miedo, algo más tosco y más verdadero: la decisión de quedarse aunque doliera.

Elena suspiró. El sonido fue largo, cansado, casi aliviado.

—Entonces seguimos —dijo en voz baja—. Con todo lo que pesa. Con todo lo que duele. Con todo lo que nos pone duros y nos rompe a partes iguales.

Nadie respondió.

No hacía falta.

El bebé se removió en la hamaca. Un quejido suave.

Elena me miró. Yo me levanté, fui a buscarlo y se lo entregué.

Ella lo acomodó contra el pecho y lo dejó mamar otra vez.

El sonido de la succión llenó el silencio.

El olor a leche se mezcló con el de los cuerpos. La luz grisa se fue apagando del todo.

Y los cuatro nos quedamos ahí, en la penumbra, oliendo a sexo y a miedo y a algo que, por primera vez, se parecía a una familia torcida y real.