Capítulo 16
Se arrastró por el suelo de madera, subió por el borde de la cama y se posó en el hombro desnudo de Elena.
La piel tenía ese tono cálido de quien ha dormido poco y ha sudado.
Una gota de humedad le brillaba en el hueco de la clavícula.
El pelo, revuelto, olía todavía a sexo y a su champú de vainilla.
Cada vez que respiraba, el pecho se levantaba despacio y el pezón rozaba la sábana, dejándola ligeramente húmeda.
Yo estaba en el suelo. La alfombra me marcaba la mejilla.
El aire a la altura del suelo era más fresco y olía a madera, a polvo fino y al rastro agrio del semen que se había secado en mis muslos la noche anterior.
La polla se me había quedado a medio camino entre dura y sensible, rozándome el vientre cada vez que me movía.
En la hamaca del salón el bebé soltó un quejido corto. El sonido viajó por el pasillo, agudo y húmedo. Elena abrió los ojos. No se incorporó de golpe. Solo giró la cabeza hacia la puerta y después hacia mí. Las pestañas tenía pegadas por el sueño. La mirada todavía nublada.
—Tráelo —dijo. La voz le salió ronca, cargada de la grava de la noche.
Me levanté. Los músculos de las piernas protestaron.
Caminé descalzo. La madera estaba fría bajo las plantas de los pies.
En el salón la luz era más clara. El bebé movía los brazos dentro del body de algodón.
Cuando lo levanté, el calor de su cuerpecito me pegó al pecho.
Olor a leche ligeramente agriada, a piel limpia y a ese dulzor peculiar de los recién nacidos. Lo llevé al dormitorio.
Elena se incorporó. Las sábanas se le resbalaron hasta la cintura.
Se descubrió un pecho y se acercó al niño.
El pezón, todavía oscuro y un poco hinchado, rozó la mejilla del bebé.
Él lo buscó con la boca abierta. El sonido de la succión llenó la habitación: húmedo, rítmico, íntimo.
Cada vez que tragaba se oía un pequeño click.
La leche olía dulce. Una gota escapó por la comisura de los labios del niño y bajó hasta la curva del pecho de Elena, dejando un hilo brillante.
Yo me quedé de pie al borde de la cama. El aire olía ahora a leche materna, a sexo residual y al calor de tres cuerpos en una misma habitación.
Elena levantó la vista mientras el bebé mamaba.
Me miró los labios, la garganta, el pecho, la polla que se había vuelto a poner dura sin permiso.
No dijo nada. Solo extendió la mano libre y me tocó el muslo.
Los dedos estaban calientes. Subieron despacio hasta la ingle, rozaron el vello y se detuvieron sin llegar a tocar la erección.
El bebé soltó el pezón con un sonido blando.
Elena lo pasó al otro pecho. La misma secuencia: búsqueda, agarre, succión rítmica.
La gota de leche anterior se había secado en su piel dejando una mancha mate.
Cuando el niño terminó, ella lo apoyó contra su hombro y le dio suaves palmadas en la espalda.
El eructo fue pequeño, casi educado. Después me lo entregó otra vez.
—Cámbialo. Y vuelve.
En el baño la luz fluorescente era blanca y cruel.
El bebé pataleó mientras le quitaba el pañal.
El olor a orina dulce llenó el espacio reducido.
La toallita húmeda dejó su piel rosa y limpia.
El nuevo pañal crujió al cerrarse. Lo vestí con movimientos que ya me salían automáticos.
Cuando volví al dormitorio, Elena estaba de pie junto a la ventana.
Se había puesto solo la camiseta blanca de la noche anterior.
La tela le llegaba a mitad del muslo. Contra la luz se transparentaba el contorno de las caderas y el vello oscuro del pubis.
Dejó al bebé en la cuna improvisada que habían montado en el rincón.
Cerró la puerta del dormitorio con un clic suave.
Se acercó a mí. El olor de su cuerpo me envolvió: leche, sudor ligero, el rastro de Julio y de Adrián todavía presente entre sus piernas.
Me puso ambas manos en el pecho y me empujó hacia atrás hasta que las corvas me tocaron el borde de la cama. Me senté.
Ella se subió a horcajadas sobre mis muslos. No buscó entrar. Solo se acomodó, abrió un poco las piernas y dejó que su coño rozara la base de mi polla a través de la tela de mis calzoncillos. Estaba caliente. Húmeda. El tejido se empapó al instante. El sonido fue un roce blando, casi inaudible.
Se inclinó. Su aliento me rozó la boca. Olía a pasta de dientes y a algo más profundo.
Me besó. La lengua entró despacio, caliente, explorando.
El sabor era limpio y al mismo tiempo sucio de la noche anterior.
Mientras me besaba, movió las caderas en círculos mínimos.
Cada círculo untaba más humedad en la tela.
Mi polla latía atrapada, rozando la entrada sin poder entrar.
Elena se separó lo justo para hablar contra mis labios:
—Anoche me llenaron los dos. Todavía lo siento. —Tomó mi mano y la guió entre sus piernas. Los dedos se hundieron en un calor resbaladizo, espeso—. Toca. Así.
Mis dedos se deslizaron entre sus labios.
La textura era cremosa, caliente, ligeramente pegajosa.
El olor subió directo a la cabeza: semen diluido, su propio flujo, el rastro metálico del deseo.
Ella empujó las caderas hacia mi mano y soltó un gemido bajo cuando dos dedos desaparecieron dentro.
Las paredes internas estaban hinchadas, sensibles.
Cada movimiento producía un sonido húmedo y suave.
Se tocó el clítoris con la otra mano mientras yo la penetraba con los dedos.
El ritmo era lento, casi perezoso. El sol ya había subido más y dibujaba un rectángulo dorado en la pared de enfrente.
El polvo flotaba dentro de ese haz de luz.
El bebé emitió un suspiro dormido en la cuna.
Elena apretó mis dedos con un espasmo corto y soltó el aire en un temblor. La humedad aumentó. Me empapó la palma.
Se bajó de mis muslos. Se arrodilló entre mis piernas.
Bajó los calzoncillos con las dos manos.
Mi polla saltó libre, pesada, la punta ya brillante.
Ella no la chupó de inmediato. Solo la miró.
Después pasó la lengua plana desde la base hasta el glande, lenta, recogiendo el sabor de su propia humedad que se había quedado en la tela.
El calor de su boca me envolvió después.
Húmedo. Ajustado. El sonido de la succión llenó el espacio entre nosotros.
Cada vez que bajaba la cabeza yo veía el arco de su espalda y el inicio de las nalgas.
El olor de su coño subía mezclado con el de mi propio sexo.
Ella chupaba sin prisa, saboreando, dejando que la saliva bajara por la base y se perdiera en el vello.
Una de sus manos bajó entre sus propias piernas y se tocó mientras me tenía en la boca.
El sonido de sus dedos era más rápido, más obsceno.
Cuando se apartó, un hilo de saliva unió su labio inferior con la punta de mi polla.
Se rompió. Ella se levantó, se giró y se colocó a cuatro patas sobre la cama.
La camiseta se le subió hasta la cintura.
Desde atrás se le veía todo: los labios hinchados, brillantes, el pequeño hilo de humedad que le bajaba por el muslo interno.
Miró por encima del hombro.
No dijo “fóllame”.
No dijo “entra”.
Solo abrió un poco más las rodillas y empujó el culo hacia atrás. La invitación era física, concreta, imposible de malinterpretar.
Me coloqué detrás. El glande rozó la entrada.
El calor era inmediato. Empujé. Centímetro a centímetro.
Las paredes la recibieron hinchadas, resbaladizas, todavía llenas del rastro de la noche anterior.
Cuando llegué al fondo ella soltó un gemido largo que se perdió en el colchón.
Yo me quedé quieto un segundo, sintiendo el latido dentro de ella, el olor denso que subía entre nuestros cuerpos, el sonido de nuestra respiración mezclada.
Empecé a moverme. Despacio. El roce era cremoso. Cada embestida producía un sonido húmedo y bajo. Elena empujaba hacia atrás al mismo ritmo. Una de sus manos se había metido entre sus piernas y se tocaba el clítoris con dedos rápidos. El sol seguía avanzando por la pared. El bebé no se despertó.
El orgasmo la alcanzó primero. Las paredes se cerraron alrededor de mí en espasmos rítmicos.
Un gemido ahogado se le escapó. La humedad aumentó de golpe.
Yo la seguí segundos después, enterrado hasta el fondo, sintiendo cómo el semen salía a chorros largos dentro de ese calor ya ocupado por otros.
El placer fue denso, casi doloroso de lo contenido que había estado desde la noche anterior.
Nos quedamos inmóviles. El sudor nos resbalaba por la piel. El olor a sexo fresco llenó la habitación otra vez. Fuera, en la cuna, el bebé se removió y soltó un quejido suave.
Elena se separó con cuidado. Se giró y se sentó en el borde de la cama. El semen le resbaló por el muslo y cayó en una gota espesa sobre la sábana. Me miró. Después bajó la vista a mi polla, todavía semi-dura, brillante de los dos.
Extendió la mano y me atrajo hacia ella por la nuca. Me besó. Lenta. Profunda. El sabor de su boca ya no era solo suyo.
Cuando se separó, apoyó la frente contra la mía. El aliento se nos mezcló. El bebé volvió a quejarse, más insistente.
Elena sonrió apenas. Una sonrisa pequeña, cansada y completamente dueña de la situación.
—Ve a por él —dijo.
Me levanté. El semen se enfriaba en mi piel. Caminé hacia la cuna con las piernas todavía temblorosas. El olor a leche y a sexo se mezclaron en el aire de la habitación mientras yo levantaba al niño y se lo entregaba a su madre.
La luz de la mañana seguía entrando.
El día apenas empezaba.
Y la casa, por primera vez en mucho tiempo, olía a algo que se parecía a un orden nuevo.