Capítulo 15
Elena se levantó antes de que el sol terminara de subir.
Yo seguía duro, atrapado entre sus muslos, exactamente como ella había ordenado.
El olor de su coño llenaba todavía las sábanas.
Ella se duchó en silencio, se vistió con vaqueros y una camiseta sencilla, y me miró desde el umbral del dormitorio mientras yo me vestía.
—Quédate con el niño —dijo—. No llames a nadie. No abras si llaman. Cuando vuelva… hablamos.
Asentí.
Se fue. El sonido de la puerta al cerrarse resonó en toda la casa.
Las horas se alargaron como goma. El bebé comió, durmió, lloró un rato y volvió a dormir.
Yo caminé por el piso descalzo, oliendo todavía el rastro de Elena en las sábanas, en el sofá, en mi propia piel.
Cada vez que cerraba los ojos veía el sobre.
El papel blanco. Las dos posibilidades que podían destrozarlo todo o reconstruirlo de otra forma.
A las dos de la tarde abrió la puerta.
Elena entró. La cara la tenía serena, casi demasiado serena. Dejó el bolso en la mesa. Se quitó la chaqueta. Me miró y después miró al niño que yo llevaba en brazos.
—Ponlo en la hamaca.
Obedecí. Cuando me giré, ella ya tenía el sobre en la mano. Lo abrió con dedos firmes. Sacó la hoja. Leyó. El silencio se estiró hasta volverse doloroso.
Después levantó la vista. Los ojos le brillaban, pero no de lágrimas.
—Es de Julio.
Las tres palabras cayeron en medio del salón como una sentencia. Yo sentí que el suelo se movía. El olor de la casa —leche, sábanas, el rastro de la noche anterior— se volvió de pronto demasiado intenso. Elena dejó el papel sobre la mesa y se pasó una mano por el vientre, todavía plano.
—Es de Julio —repitió, más bajo—. No de Adrián. No tuyo. De él.
Se sentó en el sofá. Me señaló el suelo delante de ella con la barbilla. Me arrodillé. El gesto ya era automático. Ella me tomó la cara entre las manos y me obligó a mirarla.
—Ahora escúchame bien, Jorge. Porque esto es lo que va a pasar.
Voy a llamar a los dos. Voy a decírselo.
Y después voy a decidir cómo seguimos. No ellos.
Yo. —Sus pulgares me acariciaron las mejillas—.
Tú te quedas. Esa es la primera decisión.
Te quedas. Duermes donde yo diga. Limpias cuando yo diga.
Cuidas de este niño y del que viene cuando yo lo necesite.
¿Puedes hacer eso sabiendo que el que crece dentro de mí es de otro hombre?
La pregunta era un cuchillo. Y al mismo tiempo era la única pregunta que yo había esperado oír.
—Sí —respondí. La voz me salió ronca, pero clara—. Puedo.
Elena sonrió. No fue una sonrisa dulce. Fue la sonrisa de la mujer que había recuperado el control absoluto.
—Buen chico.
Sacó el móvil. Llamó primero a Adrián. La conversación fue corta, cortante. Le dio el resultado sin rodeos. Escuché el silencio del otro lado de la línea. Después la voz de Adrián, baja, preguntando si todavía había sitio para él. Elena miró hacia mí mientras respondía:
—Hay sitio si aceptas las nuevas reglas. El niño que viene es de Julio. El que ya nació es tuyo. Jorge se queda. Yo decido quién me toca, cuándo y cómo. Si puedes vivir con eso… vuelve esta noche. Si no… que te vaya bien.
Colgó. Llamó a Julio. Esta vez la voz le salió distinta: más calmada, más firme.
—Es tuyo. El análisis lo confirma. —Pausa—.
Voy a tenerlo. Y voy a criarlo aquí. Con las personas que yo elija.
Tú puedes formar parte de esto si aceptas que yo mando.
No vas a exigir. No vas a marcar territorio.
Vas a venir cuando yo te llame, vas a follarme como a mí me guste y vas a aceptar que Jorge y Adrián también están. ¿Puedes?
Escuché la respuesta de Julio, grave, afirmativa. Elena colgó. Dejó el móvil a un lado y me miró otra vez.
—Levántate.
Me levanté. Ella se puso de pie también, se acercó hasta que nuestros cuerpos casi se tocaron y me besó. Fue un beso lento, posesivo, profundo. Cuando se separó, me rozó el labio inferior con el pulgar.
—Esta noche vienen los dos. Y vamos a sellar esto como se tiene que sellar. Tú vas a mirar. Vas a limpiar. Vas a quedarte duro mientras el padre de mi segundo hijo me folle delante de ti. Y después… después vas a recordarme por qué te dejé quedarte.
El resto de la tarde pasó en un hermoso y terrible limbo. Elena dio de comer al bebé. Yo preparé la cena en silencio. El aire de la casa olía otra vez a anticipación, a sexo futuro, a un orden nuevo que se estaba escribiendo sobre las ruinas del anterior.
A las nueve sonó el timbre.
Entraron los dos. Adrián primero, la cara seria, los ojos oscuros. Julio detrás, más calmado, pero con una tensión visible en los hombros. Elena los recibió en el salón, de pie, soberana. Yo estaba donde ella me había colocado: de rodillas junto al sofá.
Ella no dio rodeos.
—El niño que viene es de Julio. Eso ya está decidido. Adrián, el primero es tuyo y lo sabes. Jorge se queda porque yo lo quiero aquí. A partir de ahora las reglas son mías. Completamente. Si alguno no puede con esto… la puerta está abierta.
Nadie se movió.
Elena se quitó la camiseta. Después los vaqueros. Se quedó desnuda en medio de los tres. El cuerpo todavía no mostraba el embarazo, pero ya había algo distinto en la forma en que se movía: una certeza más profunda.
—Julio —dijo—. Ven. Fóllame. Aquí. Ahora. Quiero que Jorge vea cómo el padre de mi hijo me toma. Quiero que Adrián vea que ya no es el único. Y quiero que los dos entendáis que yo sigo mandando.
Julio se acercó. La levantó contra él con facilidad. Elena enredó las piernas en su cintura. Él entró en ella de un solo empujón profundo. El gemido que soltó ella fue largo, roto, real. Yo sentí la erección tensarse al instante. Adrián permaneció de pie, respirando agitado, mirando.
Elena miró hacia mí mientras Julio la follaba.
—Mírame, Jorge. Mira cómo me abre el hombre que me ha dejado embarazada. Mira cómo me gusta. Mira cómo me corro sabiendo que tú estás ahí, de rodillas, deseándome igual.
Se corrió con un temblor violento. Julio la siguió poco después, enterrado hasta el fondo, llenándola. Cuando se retiró, el semen le resbaló por el muslo. Elena se apoyó en el respaldo del sofá, las piernas todavía abiertas, y me señaló con la barbilla.
—Limpia.
Me arrastré. Puse la lengua en ella. El sabor era de Julio: más intenso, más amargo, cargado de la certeza de lo que significaba. Lami cada gota mientras ella me sujetaba el pelo y gemía bajito. Cuando terminé, levantó mi cara y me besó, compartiendo el sabor.
Después miró a Adrián.
—Tú también. Si quieres quedarte, demuéstrame que puedes compartir esto. De verdad.
Adrián se acercó. La besó. La levantó. La folló más despacio, más profundo, mirándome a los ojos mientras lo hacía. Elena se corrió otra vez. Cuando terminó, me hizo limpiar de nuevo.
Al final de la noche los cuatro estábamos en el salón. El bebé dormía. Elena, todavía desnuda, se sentó en el sofá y nos miró a los tres.
—Esto es lo que somos ahora. Yo. El hijo de Adrián. El hijo de Julio que viene. Y Jorge, que se queda porque yo lo quiero así. Si alguno necesita más de lo que yo puedo dar… que se vaya. Si no… bienvenidos a mi casa. A mis reglas. A mi cuerpo.
Nadie se fue.
Adrián asintió, serio. Julio también. Yo, de rodillas otra vez, apoyé la frente en su rodilla. Ella me acarició el pelo con dedos lentos.
Esa noche dormí en el suelo junto a la cama.
Escuché cómo Elena respiraba.
Sentí el peso de lo que venía.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no quise estar en ningún otro sitio.