Capítulo 14
El calor de su culo contra mi polla era un castigo lento.
Elena no se movía. Solo respiraba. Cada inhalación hacía que su espalda se pegara un milímetro más a mi pecho.
Cada exhalación dejaba un pequeño espacio que yo, sin querer, cerraba al instante.
La tela de mis calzoncillos estaba empapada.
El olor de su coño excitado se había vuelto tan denso que llenaba el hueco bajo la sábana como una presencia física.
Dulce, ácido, inconfundible. El olor de una mujer que está a punto de rendirse y que, al mismo tiempo, se niega a hacerlo.
Yo no la tocaba. Ella me lo había pedido. Pero mi mano derecha descansaba a escasos centímetros de su cadera. Los dedos me hormigueaban. Si extendía el meñique, rozaría la piel desnuda que la camiseta no cubría. No lo hice. El simple hecho de poder hacerlo y no hacerlo me tenía al borde.
El bebé seguía dormido en el salón. La casa estaba en silencio.
Solo se oía el respirar irregular de Elena y el mío, más agitado.
Afuera, muy lejos, un coche pasó. El ruido se filtró por la ventana entreabierta y desapareció.
El mundo seguía girando. Dentro de esa habitación el tiempo se había detenido.
Elena empujó el culo hacia atrás otra vez. Más despacio. Más deliberado. El roce fue largo, húmedo, tortuoso. Mi polla latía contra la hendidura de sus nalgas. Ella soltó un gemido bajo, casi un quejido, y se quedó quieta otra vez.
—Se me está mojando el muslo —susurró. La voz le salió ronca, cargada de vergüenza y de hambre—. No puedo pararlo. Cada vez que pienso en lo de mañana… en el sobre… en que puede ser de Julio… me mojo más. Es enfermo. ¿Lo sabes? Es enfermo y no puedo pararlo.
No respondí. Si abría la boca iba a pedirle que se girara. Iba a pedirle que me dejara entrar. Iba a romper la única regla que ella había puesto esa noche.
Ella se movió otra vez. Esta vez levantó un poco la cadera y bajó la mano entre su cuerpo y el mío. No me tocó. Se tocó a sí misma. Oí el sonido húmedo de sus dedos abriéndose paso entre sus labios. El olor se intensificó de golpe. Un gemido más alto se le escapó. La cama crujió apenas.
—Jorge… —mi nombre salió como una súplica y como una orden al mismo tiempo—. No me toques. Pero habla. Dime lo que estás pensando. Dime lo que harías si te dejara.
Tragué saliva. La garganta me ardía.
—Pensaría en cómo te abriste anoche para mí.
En lo estrecha que estabas. En cómo me miraste cuando te corriste.
—Hice una pausa. La voz me tembló—. Y pensaría en que mañana puedes enterarte de que llevas dentro el hijo de otro hombre…
y aun así yo seguiría aquí. Duro. Esperando a que me dejes lamerte. Esperando a que me uses.
Elena apretó los dedos contra su clítoris. El sonido se volvió más rápido, más obsceno. Su culo se movía ahora en círculos pequeños contra mi polla. El calor era sofocante. El sudor nos pegaba la piel.
—Más —exigió—. Dime más.
—Pensaría en Adrián. En cómo te follaba mientras yo miraba.
En cómo te llenaba y después me hacía limpiar.
Pensaría en Julio… en lo grueso que era…
en cómo te estiraba. Y me correría solo de imaginar que mañana el análisis diga que es de uno de ellos…
y que yo aun así me quede. Limpiando. Mirando. Sirviendo.
Ella se corrió.
No fue un orgasmo ruidoso. Fue un temblor profundo, largo, que le recorrió todo el cuerpo y se transmitió al mío a través del contacto.
Apretó los muslos con fuerza. Un gemido ahogado se le escapó contra la almohada.
La humedad se derramó sobre mis calzoncillos.
Caliente. Abundante. El olor se volvió casi insoportable.
Se quedó temblando varios segundos. Después, con la voz rota, habló:
—Quítate los calzoncillos. Pero no me penetre. Solo… ponla entre mis muslos. Quiero sentirla. Quiero sentir lo dura que estás por mí. Por esto. Por el desastre que soy.
Obedecí. Me quité la prenda con manos torpes.
Mi polla saltó libre, pesada, palpitante.
Elena levantó un poco la pierna superior y me guió.
Quedé atrapado entre la carne caliente y resbaladiza de sus muslos.
El contacto fue tan intenso que tuve que morder el interior de la mejilla para no correrme al instante.
Ella cerró las piernas con fuerza. Empezó a moverse.
Despacio. Frotándome con la humedad de su orgasmo reciente.
—Así… —susurró—. Usa mis muslos. Fóllame los muslos. Como si no merecieras más. Como si este fuera tu único sitio.
Me moví. El deslizamiento era obsceno. Húmedo.
Cada embestida hacía un sonido blando y sucio.
Elena gemía bajito con cada roce. Una de sus manos bajó otra vez entre sus piernas y se tocó mientras yo me frotaba contra ella.
El otro brazo lo pasó hacia atrás y me agarró la cadera, marcándome el ritmo.
—Más fuerte —ordenó—. Quiero oírlo. Quiero sentir que te estás deshaciendo.
Aumenté la velocidad. El calor era infernal. El olor llenaba mis pulmones. Cada vez que el glande rozaba la entrada de su coño —sin entrar, solo rozando— ella soltaba un gemido más agudo. Estaba jugando conmigo. Estaba dejándome al borde una y otra vez.
—¿Te imaginas… —jadeó ella— que mañana el análisis diga que es de Julio? ¿Que yo tenga la panza creciendo con el hijo de otro… y tú sigas aquí, frotándote entre mis muslos como un perro agradecido?
—Sí —gruñí.
—¿Y te excita?
—Sí.
—Dilo más alto.
—Me excita. Me destroza. Y me excita.
Elena se corrió otra vez. Esta vez más fuerte. El temblor le sacudió todo el cuerpo. Apretó tanto los muslos que casi me hizo daño. Un chorro de humedad caliente me bañó la polla. Yo estaba al límite. Las bolas me dolían. El placer se concentraba en la base de la columna como una amenaza.
—No te corras —susurró ella, todavía temblando—.
No te atrevas. Quiero que te quedes así.
Duro. Mojado de mí. Toda la noche. Quiero que mañana, cuando yo salga hacia la clínica, tú te quedes aquí con esta misma erección.
Pensando en lo que puede salir de ese sobre.
Pensando en que yo puedo volver con la noticia de que llevo el hijo de otro hombre…
y que aun así vas a arrodillarte y a limpiarme si te lo pido.
Me detuve. La respiración me salía en jadeos. Mi polla latía entre sus muslos, bañada en ella, a un segundo del orgasmo. No me corrí. Ella lo sintió. Se rio bajito, una risa oscura, satisfecha, soberana.
—Buen chico.
Se giró por fin. Cara a cara. La camiseta se le había subido hasta los pechos. Me miró a los ojos mientras me acariciaba la mejilla con dedos húmedos de su propio coño.
—Mañana lo sabré. Y entonces decidiré qué hacer con vosotros tres. Pero esta noche… esta noche eres mío de una forma distinta. No porque yo lo ordene. Sino porque tú no puedes dejar de quererme así. Destrozado. Duro. Esperando.
Me besó. Fue un beso lento, profundo, sucio. Su lengua sabía a deseo y a miedo. Cuando se separó, me rozó la punta de la nariz con la suya.
—Duerme si puedes. Yo no voy a poder. Voy a estar despierta sintiendo lo dura que sigues. Y voy a mojarme cada vez que piense en el sobre de mañana.
Se dio la vuelta otra vez. Empujó el culo contra mi polla todavía palpitante. Cerró las piernas. Me atrapó allí.
Yo me quedé inmóvil. Duro. Mojado. Al borde.
El bebé no lloró. La casa siguió en silencio. Solo existía el calor de su cuerpo, el olor de su coño y la certeza de que al día siguiente todo podía romperse… y que, aun así, yo iba a seguir exactamente donde ella me había puesto.
Entre sus muslos.
Esperando.
Sin poder dejar de querer más.