Capítulo 13
La casa se quedó en silencio después de que la puerta se cerrara por segunda vez.
Un silencio espeso, casi sólido, que se metía por la nariz y la boca y se instalaba en el pecho.
El bebé dormía en la hamaca con la boca entreabierta, emitiendo ese respirar húmedo y regular que contrastaba con el aire cargado de la habitación.
Todavía flotaba el olor a la colonia de Julio, el rastro a tabaco de Elena y el sudor frío que Adrián había dejado al salir.
Debajo de todo eso, más profundo, persistía el olor a sexo de la noche anterior, seco ya, pero presente, como una memoria que nadie había conseguido borrar.
Yo seguía de rodillas delante del sofá. Elena no me había dicho que me levantara.
Tampoco me había dicho que me quedara en esa posición.
Simplemente no se había movido. Tenía las piernas juntas, los codos apoyados en las rodillas y la cara entre las manos.
El pelo le caía hacia adelante, ocultándole los ojos.
La camiseta blanca se le había subido un poco en un costado, dejando ver la línea de la cintura y el comienzo del muslo.
El sol de la tarde entraba sesgado por el ventanal. Un rectángulo de luz dorada avanzaba lentamente por el suelo de madera y empezaba a tocar mis rodillas. El calor del sol contrastaba con el frío que yo sentía en la espalda. La piel se me había puesto de gallina.
Elena bajó las manos. Me miró. Los ojos tenía enrojecidos, pero ya no había lágrimas. Solo una intensidad oscura, cansada y peligrosa.
—Levántate —dijo. La voz le salió ronca, baja—. Siéntate aquí. A mi lado.
Me levanté. Las rodillas me dolían. Me senté en el sofá, dejando un espacio prudente entre los dos.
El cuero todavía conservaba el calor de su cuerpo.
Ella no respetó la distancia. Se acercó hasta que su muslo rozó el mío.
El contacto fue eléctrico. Una corriente caliente me subió por la pierna y se instaló en la ingle.
No dije nada. Ella tampoco. Durante un rato solo existió el sonido del respirar del bebé y el roce casi imperceptible de la tela de su camiseta contra mi brazo cada vez que ella se movía.
Después habló, sin mirarme:
—No sé qué va a pasar mañana. No sé qué va a decir el análisis.
No sé si Adrián va a volver de verdad. No sé si Julio va a exigir cosas.
—Hizo una pausa. Su respiración se había vuelto más superficial—.
Pero ahora mismo… ahora mismo solo sé que te tengo a ti aquí.
Y que mi cuerpo no entiende de tiempos ni de miedos.
Se giró hacia mí. La cara quedó a pocos centímetros de la mía. El olor de su piel me golpeó: un poco de sudor dulce, el rastro del cigarrillo, ese fondo cálido y húmedo que siempre tenía cuando estaba excitada. Me miró a los labios. Después a los ojos. Después otra vez a los labios.
—No me toques —susurró—. No todavía. Solo… quédate cerca.
Asentí. El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que ella podía oírlo.
Ella levantó una mano y me rozó la mandíbula con los dedos.
El contacto fue ligero, casi tímido, pero me quemó la piel.
Después bajó los dedos por el cuello, despacio, hasta el hueco de la clavícula.
Se detuvo allí, sintiendo el pulso acelerado.
—Estás duro —dijo. No era una pregunta. Era una comprobación—. Se te nota.
No respondí. No hacía falta. La erección tensaba la tela de los pantalones de forma vergonzosa. Ella bajó la mirada hacia allí y sostuvo la vista varios segundos. El aire entre los dos se volvió más denso, más caliente.
Elena se mordió el labio inferior. El gesto fue lento, deliberado. Después retiró la mano y se recostó en el respaldo del sofá, pero sin apartar el muslo del mío. El contacto seguía ahí, constante, quemándome.
—Anoche me follaste despacio —continuó en voz baja—.
Como si todavía importara. Como si yo no fuera solo un cuerpo para llenar.
Y ahora… ahora no puedo dejar de pensar en cómo se sintió.
Aunque todo se esté cayendo a pedazos. Aunque mañana pueda enterarme de que llevo dentro el hijo de otro hombre.
Mi coño no entiende de lógica. Solo entiende de calor.
La palabra “coño” salió de su boca con una carga distinta.
No era la voz de la soberana que ordenaba.
Era la voz de una mujer que estaba perdiendo el control sobre su propio deseo.
Se pasó una mano por el muslo, subiendo la camiseta un poco más.
La piel del interior de su pierna brillaba ligeramente.
No llevaba ropa interior. Yo lo supe en el mismo instante en que el olor se intensificó: ese aroma cálido, ligeramente ácido, inconfundible.
Me tragfé saliva. La garganta me dolía.
Elena no me miró. Siguió hablando hacia el frente, como si se lo estuviera diciendo a la habitación vacía.
—Si te pidiera que te arrodillaras ahora… si te pidiera que me comieras mientras el bebé duerme a tres metros… ¿lo harías? Aunque Adrián pueda volver. Aunque Julio pueda llamar. Aunque todo esté roto.
La pregunta quedó flotando. El sol había avanzado. El rectángulo de luz ya me cubría casi por completo las piernas. El calor era real, físico. Yo sentía el sudor frío en la nuca y el calor sofocante en la ingle.
—Sí —respondí. La voz me salió ronca—. Lo haría.
Ella cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, había algo más oscuro en ellos.
—Entonces no me lo pidas. No todavía. Porque si te arrodillas… si pones la boca en mí… no voy a poder parar. Y no quiero follar para olvidarme del miedo. No otra vez. No contigo.
Se levantó de golpe. El movimiento hizo que la camiseta se le subiera hasta la cadera un instante.
Vi el contorno de su coño, el vello oscuro, la forma en que los labios estaban ya ligeramente hinchados.
El olor me golpeó con más fuerza. Después la tela cayó otra vez.
Ella se pasó las manos por el pelo y caminó hacia la cocina.
Yo me quedé sentado, la polla dolorosamente dura, el aire de la habitación denso como miel.
La oí abrir el grifo. El sonido del agua fue casi obsceno en el silencio. Volvió un minuto después con un vaso. Bebió despacio, mirándome por encima del borde. Una gota de agua le resbaló por la comisura de los labios y bajó hasta la barbilla. Se la limpió con el dorso de la mano.
—Ven —dijo.
Me levanté. Me acerqué. Ella dejó el vaso en la mesa y me puso ambas manos en el pecho.
Los dedos estaban fríos del agua. El contraste me hizo estremecer.
Después subió las manos hasta mi cuello y me atrajo hacia ella.
No me besó. Solo acercó la boca a la mía hasta que sentí su respiración caliente en los labios.
—Si te beso ahora —susurró—, voy a acabar con las piernas abiertas en este sofá. Y no quiero eso. No todavía. Pero necesito… necesito sentir que todavía puedes contenerme. Que no todo es caos.
Me rozó los labios con los suyos. Un roce mínimo.
Casi no fue un beso. Fue una amenaza de beso.
El calor de su boca me quemó. El olor de su aliento —agua y deseo— me subió a la cabeza.
Me quedé inmóvil, tal como me había pedido.
Ella insistió un segundo más, abriendo un poco los labios, dejando que la punta de su lengua me rozara el labio inferior. Después se separó.
Respiraba agitada. El pecho se le subía y bajaba bajo la camiseta. Los pezones se le marcaban claramente. Se pasó una mano entre las piernas, por encima de la tela, y apretó. El gesto fue rápido, casi involuntario. Un gemido bajo se le escapó de la garganta.
—Joder —susurró—. Joder, Jorge.
Se apartó de mí y caminó hacia el dormitorio. Se detuvo en el umbral y miró hacia atrás.
—Ven. Pero no me toques. Solo acuéstate a mi lado. Quiero sentir tu calor. Quiero saber que estás ahí mientras intento no tocarme yo misma pensando en cómo me follaste anoche.
Entré detrás de ella. La habitación olía todavía a nosotros.
Las sábanas estaban revueltas. Ella se metió en la cama sin quitarse la camiseta.
Yo me quité los pantalones y me metí a su lado en calzoncillos.
El colchón se hundió bajo mi peso. Ella se acercó hasta pegar su espalda a mi pecho.
El calor de su cuerpo me atravesó la tela.
Sentí el contorno de su culo contra mi erección. Cada respiración suya me rozaba.
No me moví. Ella tampoco. Pero el aire entre nosotros vibraba.
Cada vez que ella se removía un milímetro, el roce era un suplicio.
El olor de su coño excitado llenaba el espacio bajo la sábana.
Yo sentía cómo se mojaba. Ella debía de sentirlo también, porque de vez en cuando contenía el aliento y apretaba los muslos.
Pasaron minutos así. El bebé no lloró. La casa siguió en silencio. Solo existía el calor de su cuerpo, el olor de su deseo y la tensión intolerable de no poder tocarla.
Después, en un susurro casi inaudible, Elena habló:
—Mañana voy a saber de quién es. Y entonces todo puede romperse del todo. Pero esta noche… esta noche necesito que te quedes duro contra mí. Sin entrar. Sin correrte. Solo… recordándome que todavía hay alguien que me desea aunque yo esté hecha un desastre.
Asentí contra su pelo.
Ella empujó el culo un poco más contra mi polla. El roce fue deliberado. Caliente. Húmedo a través de las telas. Se quedó así, respirando agitada, mientras yo contenía cada impulso.
El sol se había puesto. La habitación se fue quedando en penumbra. El deseo no disminuyó. Se hizo más denso, más oscuro, más peligroso.
Y los dos nos quedamos ahí, pegados, sin cruzar la línea, mientras la tensión sexual crecía hasta volverse casi insoportable… sabiendo que al día siguiente el mundo que habían construido podía desaparecer con un simple resultado de laboratorio.