Capítulo 12
El timbre sonó por tercera vez.
El sonido fue seco, metálico, y se clavó en el centro del pecho como un clavo.
El bebé lloraba más fuerte, con ese quejido agudo y desesperado que solo tienen los recién nacidos cuando el mundo de los adultos se vuelve demasiado ruidoso.
Yo lo mecía contra el pecho, sintiendo el calor húmedo de su cuerpo a través de la tela fina del body.
El olor a leche regurgitada y a piel limpia se mezclaba con el tabaco residual de Elena, el sudor frío de Adrián y ese rastro a café quemado que todavía flotaba desde la mañana.
Elena no se movió. Adrián tampoco. Los dos me miraron.
—Abre —dijo ella. La voz le salió baja, pero cargada de un filo que ya no intentaba disimular.
Fui hasta la puerta. El pomo estaba frío bajo la palma.
Giré. El aire del rellano entró de golpe: más fresco, con olor a detergente de la vecina y a humedad de escalera.
Julio estaba allí. Llevaba una camisa oscura arremangada, el pelo todavía húmedo como si acabara de ducharse, y una expresión que mezclaba preocupación y algo más duro.
En la mano derecha traía las llaves del coche. En la izquierda, el móvil.
Nos miramos un segundo. Él bajó la vista a mi torso desnudo, a los pantalones mal abrochados, al bebé que lloraba contra mi pecho. Después levantó la vista hacia el interior del piso.
—¿Puedo pasar? —preguntó. La voz era grave, controlada.
No respondí con palabras. Me aparté. Julio entró. El olor de su colonia —algo cítrico y caro— se sumó al resto. Cerré la puerta a su espalda. El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte.
El salón parecía más pequeño de repente.
Cuatro adultos y un bebé. El llanto llenaba cada rincón.
Elena se acercó y me quitó al niño de los brazos con un gesto brusco.
Se lo puso al hombro y empezó a mecerlo mientras caminaba en círculos cortos.
El sonido del llanto se amortiguó un poco, pero no desapareció.
Adrián fue el primero en hablar. Estaba de pie junto a la mesa del comedor, los brazos cruzados, la mandíbula tan tensa que se le marcaba el músculo.
—Has venido rápido.
—Me dijiste que viniera —respondió Julio—. Y me dijiste por qué. —Miró a Elena—. ¿Es verdad? ¿Estás embarazada otra vez?
Elena se detuvo. El bebé seguía llorando contra su hombro.
Ella le daba palmaditas en la espalda con un ritmo mecánico.
La luz del mediodía entraba sesgada por el ventanal y le dibujaba el perfil: la mejilla todavía marcada por la almohada de la noche anterior, el pelo revuelto, los labios apretados.
—Sí. Es verdad.
—¿Y puede ser mío?
La pregunta quedó suspendida en el aire espeso. Yo sentí cómo el estómago se me cerraba. El olor a colonia de Julio se mezclaba ahora con el olor a miedo que sudaba Elena. Adrián no apartaba los ojos de ella. El bebé soltó un hipo largo y volvió a llorar.
Elena respiró hondo. El pecho se le hinchó bajo la camiseta. Cuando habló, la voz le tembló solo un segundo antes de volverse de acero.
—Puede ser tuyo. Puede ser de Adrián. Las fechas coinciden con las dos veces. Con Jorge no. Es demasiado pronto. —Hizo una pausa—. Y mañana voy a la clínica. Pedí un análisis de paternidad precoz sin deciros nada. Quiero saber. Aunque duela.
Julio se pasó una mano por la nuca. El gesto hizo que la camisa se le tensara sobre los hombros. Miró a Adrián y después a mí.
—Y vosotros dos… ¿qué coño estáis haciendo? ¿Os estáis turnando? ¿Os estáis peleando por ella mientras ella decide quién se queda con el premio?
Adrián dio un paso adelante. El suelo de madera crujió. El aire entre los dos hombres se volvió eléctrico.
—Cuidado con cómo le hablas.
—¿O qué? —Julio no retrocedió—. Tú me llamaste. Tú me contaste que podía ser el padre. Tú me pediste que viniera. No me vengas ahora con poses de dueño. Porque si el niño es mío, yo también tengo algo que decir.
Elena soltó una risa corta, sin humor. El sonido raspó la garganta. El bebé se había calmado un poco, pero seguía emitiendo quejidos húmedos contra su cuello.
—¡Basta! Los dos. No sois perros marcando territorio.
Soy yo la que está embarazada. Soy yo la que va a parir.
Y soy yo la que va a decidir qué se hace con la información cuando la tenga.
—Miró a Julio—. Tú viniste aquí a follarme porque yo te lo permití.
No porque tuvieras derechos. —Miró a Adrián—.
Tú te quedaste porque yo quise que te quedaras.
No porque fueras imprescindible. —Por último me miró a mí—.
Y tú… tú volviste porque no supiste estar solo.
No te conviertas ahora en el juez de nadie.
El silencio que siguió fue tan denso que se oía el respirar de los cuatro y el hipo ocasional del bebé. El sol se había desplazado. Un rectángulo de luz dorada caía ahora sobre la mesa del comedor, iluminando las motas de polvo que flotaban como si el tiempo se hubiera ralentizado.
Julio fue el primero en romperlo. La voz le salió más baja, pero no menos tensa.
—Quiero estar en el análisis. Quiero oír el resultado. Si es mío, no voy a desaparecer. Si no lo es… también quiero oírlo de frente.
Adrián soltó el aire por la nariz, un sonido áspero.
—Nadie te ha pedido que te quedes. Nadie te ha pedido que te hagas el responsable. Viniste a follar. Punto. El resto es ruido.
—El resto es un puto hijo —replicó Julio—. Y si lleva mi sangre, no es ruido. Es mío.
Elena dejó al bebé en la hamaca con movimientos precisos, casi fríos.
El niño soltó un último quejido y se quedó quieto, los ojos todavía húmedos.
Ella se plantó en medio de los tres hombres.
La camiseta le llegaba a mitad del muslo.
Por debajo no llevaba nada. La luz del ventanal le atravesaba la tela y dibujaba la sombra de sus pechos y el contorno de las caderas.
El olor de su cuerpo —sudor ligero, tabaco, el rastro de la noche anterior— se intensificó.
—Mañana voy sola —dijo—. Ninguno de los tres me acompaña.
Ninguno de los tres va a estar en la consulta cuando me den el sobre.
Yo escucharé el resultado. Yo decidiré a quién se lo cuento y cuándo.
Y si alguno de vosotros intenta presionarme…
se acaba. Todo. La casa, las reglas, el acceso a mí. Todo.
Adrián la miró con una mezcla de rabia y algo que se parecía al miedo.
—No puedes decidir eso tú sola.
—Sí puedo. Porque es mi cuerpo. Porque es mi embarazo. Y porque los tres os habéis pasado meses disfrutando del espectáculo sin preguntaros qué pasaría cuando el espectáculo se volviera real.
Julio se pasó la lengua por los labios. El gesto fue lento. Sus ojos bajaron un segundo al vientre de Elena y después subieron otra vez.
—Y si resulta que es mío… ¿qué? ¿Me echas? ¿Me dejas verlo? ¿O sigues montando tu puto reino con estos dos mientras yo pago la pensión?
Elena dio un paso hacia él. Ahora estaban a menos de un metro. Se veía el pulso acelerado en el cuello de Julio y el temblor fino en las manos de ella.
—Si es tuyo, hablaremos. Como adultos. No como machos disputándose un trofeo. Y si no te gusta cómo hablo… la puerta está ahí.
Adrián soltó una risa corta, amarga.
—Mira cómo habla la soberana. Ayer se derrumbaba en la cama con él. Hoy vuelve a repartir órdenes. Eres un puto péndulo, Elena. Un péndulo peligroso.
Ella giró la cabeza hacia él. Los ojos le brillaban.
—Y tú eres un hombre que solo sabe estar cuando la cosa es fácil y excitante. Cuando aparece el miedo de verdad, sales por la puerta y después vuelves como si nada. No me hables de péndulos.
El aire se había vuelto irrespirable. El olor a colonia, a tabaco, a leche de bebé y a sudor de cuatro cuerpos nerviosos llenaba la habitación. El rectángulo de sol se había desplazado hasta el sofá. El bebé se removió en la hamaca y soltó un suspiro tembloroso.
Yo hablé por fin. La voz me salió más baja de lo que esperaba, pero se oyó clara en el silencio.
—Mañana ella va sola. Como ha dicho. Y mientras tanto… nadie toca a nadie. Nadie exige. Nadie amenaza. Si alguno de vosotros dos no es capaz de aguantar la espera… que se vaya ahora.
Julio me miró. Adrián me miró. Elena también.
Por un segundo nadie habló. Solo se oía el respirar agitado de los cuatro y el tic-tac lejano del reloj de la cocina.
Después Julio asintió una sola vez, lento.
—Estaré mañana por la tarde. Quiero el resultado. Aunque sea de tu boca.
Se giró y se dirigió a la puerta. El olor de su colonia se fue con él. La puerta se cerró con un clic suave.
Adrián se quedó quieto varios segundos. Después cogió las llaves de la mesa.
—Yo también me voy. Pero no lejos. Y mañana… mañana quiero oírlo de ti. No de un mensaje. De tu boca. —Miró a Elena—. Si me mientes… se acaba.
Salió. La puerta volvió a cerrarse.
El silencio que dejó fue peor que todos los gritos.
Elena se dejó caer en el sofá. Las manos le temblaban. Yo me acerqué y me arrodillé delante de ella, no como sirviente, sino como el único que todavía quedaba en la habitación. El bebé dormía otra vez. El sol seguía desplazándose por el suelo.
Ella me miró. Los ojos tenía rojos, pero secos.
—Quédate —susurró—. Solo quédate. Sin tocarme. Sin preguntarme. Sin intentar arreglar nada. Solo… no me dejes sola con este silencio.
Asentí.
Y me quedé arrodillado delante de ella mientras la casa, por fin, se quedaba en silencio. Un silencio cargado de todo lo que todavía no se había dicho… y de todo lo que mañana iba a romperse del todo.