La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 11
55%

Capítulo 11

Adrián no volvió esa mañana.

Tampoco por la tarde.

El móvil de Elena sonó tres veces. Las tres las rechazó sin mirar la pantalla.

Yo lo supe porque estaba sentado en el suelo del salón, todavía desnudo, con la espalda apoyada en el sofá, mientras ella daba vueltas por la casa con el bebé en brazos.

Cada vez que el teléfono vibraba, el sonido se clavaba en el pecho como una aguja.

Ella apretaba al niño contra su cuerpo y seguía caminando, de la cocina al dormitorio, del dormitorio al balcón, como si el movimiento pudiera retrasar lo inevitable.

El olor de la casa había cambiado. Ya no olía solo a sexo y a leche.

Olía a café frío, a sábanas sin cambiar y a ese rastro metálico del miedo que se queda pegado a las paredes cuando dos personas gritan demasiado fuerte.

La luz del mediodía entraba por los ventanales y dejaba ver cada grano de polvo suspendido en el aire.

Yo veía las partículas girar lentas, ajenas a todo.

Elena se detuvo delante de mí. El bebé se había quedado dormido otra vez, con la boca abierta contra su pecho. Ella me miró desde arriba. Los ojos tenía hinchados, pero secos. La rabia de la mañana se había transformado en algo más frío, más cortante.

—Levántate.

Me levanté. Las piernas me dolían de haber estado tanto rato en el mismo sitio. Ella me entregó al niño con un gesto brusco.

—Cámbialo. Dale el biberón. Y no me hables. Necesito pensar.

Obedecí. Llevé al bebé a la habitación, lo cambié con manos que aún temblaban un poco, preparé el biberón exactamente como ella me había enseñado.

El olor a leche en polvo y a piel de recién nacido me llenó la nariz.

El niño comió con ojos entornados, confiado, ajeno a que los tres adultos de su mundo estaban a punto de destrozarse.

Cuando volví al salón, Elena estaba en el balcón.

La puerta corredera estaba abierta. El aire de la calle entraba cargado de ruidos lejanos: coches, una moto, el grito de alguien en la acera de enfrente.

Ella fumaba. No la había visto fumar en meses.

El humo se le escapaba de los labios en hilos grises que el viento deshacía al instante.

Me quedé en el umbral, con el bebé ya dormido otra vez en brazos.

—Adrián ha enviado un mensaje —dijo sin girarse—. Dice que se queda en casa de un amigo. Que no va a volver hasta que yo decida qué coño quiero. Y que si el niño es de Julio… que no cuenta con él.

La voz le salió plana, sin emoción aparente. Pero yo veía cómo se le tensaba la mandíbula y cómo los nudillos se le ponían blancos alrededor del cigarrillo.

—¿Y tú qué le has contestado?

—Nada. Todavía.

Se giró. El sol le daba de lleno en la cara. Se le veían las ojeras, la piel un poco apagada, el rastro de las lágrimas de horas antes. Me miró con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada.

—Hay otra cosa —continuó—. Julio ha llamado. Tres veces. La última hace veinte minutos. Dice que Adrián le ha contado lo del embarazo. Y que quiere hablar. Quiere saber si hay posibilidades de que sea suyo. Quiere… hacerse responsable, o eso dice.

El bebé se removió en mis brazos. Yo lo mecí sin apartar los ojos de ella. El aire del balcón me golpeaba la piel desnuda. Tenía frío, pero no me moví.

—¿Y tú qué vas a hacer?

Elena soltó una risa corta, amarga, que sonó a algo rompiéndose.

—No lo sé. Esa es la puta verdad. No lo sé.

Ayer mandaba yo. Ayer decidía quién me follaba y quién limpiaba.

Hoy no sé ni de quién es el hijo que llevo dentro.

Hoy no sé si Adrián va a volver. No sé si Julio va a aparecer por esa puerta exigiendo derechos.

Y no sé… —se pasó una mano por el vientre— no sé qué coño hacer contigo.

El silencio que siguió fue distinto. Más pesado. El bebé respiraba contra mi pecho. El humo del cigarrillo de Elena se enroscaba y desaparecía. Abajo, en la calle, alguien tocó el claxon demasiado rato.

Fue entonces cuando llegó el primer giro.

El timbre sonó.

Los dos nos quedamos quietos. El sonido fue corto, seco, insistente. Elena miró hacia la puerta del piso y después hacia mí. El cigarrillo se le consumía entre los dedos.

—Si es Julio… —empezó.

—Abro yo —dije.

Dejé al bebé en la hamaca con cuidado. Me puse los pantalones que estaban tirados en el sofá. Fui hasta la puerta. El corazón me golpeaba la garganta. Miré por la mirilla.

No era Julio.

Era Adrián.

Tenía el pelo revuelto, la misma camiseta de la mañana y una expresión que ya no era solo rabia. Había algo más oscuro debajo. Algo cansado y peligroso. Llevaba una bolsa de deporte en una mano. En la otra, el móvil.

Abrí.

Adrián entró sin pedir permiso. El olor a aire de calle y a tabaco barato entró con él. Se detuvo en medio del salón, miró a Elena en el balcón, miró al bebé dormido y después me miró a mí. La mandíbula se le tensó.

—He cambiado de opinión —dijo. La voz le salió ronca—. No me voy a quedar en casa de un amigo esperando a que tú decidas. Voy a estar aquí. Y vamos a resolver esto ahora. Los tres.

Elena entró del balcón. Cerró la puerta corredera con un golpe seco. El humo del cigarrillo se quedó atrapado dentro.

—No tienes derecho a entrar así después de lo que dijiste esta mañana.

—Tengo todo el derecho. Este piso está a mi nombre también. Y ese niño… el que ya nació… lleva mi sangre. O eso creíamos. Ahora resulta que el siguiente puede no llevarla. Así que sí, Elena. Tengo derecho.

Se acercó a ella. Yo me quedé junto a la puerta, sintiendo cómo la tensión llenaba otra vez cada rincón. El olor a tabaco de Elena se mezclaba con el sudor frío de Adrián. El bebé se removió, pero no lloró.

Adrián sacó el móvil y lo dejó sobre la mesa.

—Julio está de camino. Le he dicho que venga. Va a estar aquí en menos de media hora. Y los cuatro vamos a hablar. Sin gritos de esta mañana. Sin poses. Sin la puta soberanía de nadie. Vamos a decir la verdad. Todos.

Elena lo miró como si quisiera golpearlo.

—¿Quién te crees que eres para decidir eso?

—El hombre que te ha estado follando durante meses. El que te dejó embarazada la primera vez. El que ha visto cómo usabas a este —señaló hacia mí— como trapo. Y el que ya no está dispuesto a seguir fingiendo que todo es un juego excitante cuando hay dos niños de por medio.

El segundo giro llegó antes de que nadie pudiera responder.

El móvil de Elena vibró otra vez. Esta vez miró la pantalla. El color se le fue de la cara. Levantó la vista hacia Adrián y después hacia mí.

—Es un mensaje de la clínica —dijo. La voz le temblaba—. Me piden que vaya mañana. Han avanzado el análisis de sangre que me hice la semana pasada… el de rutina. Y quieren hablar conmigo. En persona.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué análisis?

Elena se pasó la lengua por los labios secos. El silencio se estiró hasta volverse insoportable.

—El de las hormonas. Y… el de paternidad precoz. El que pedí sin deciros. Porque necesitaba saber. Aunque fuera solo una probabilidad.

El aire se volvió irrespirable.

Adrián dio un paso atrás. Yo sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies. El bebé soltó un quejido largo y se despertó del todo. El llanto llenó la habitación, agudo, exigente, ajeno a que los tres adultos acabábamos de descubrir que Elena ya había movido ficha en secreto.

Ella dejó el móvil en la mesa. Las manos le temblaban.

—Mañana a las once —dijo—. Y voy a ir sola. O con quien yo decida. Pero nadie… nadie… me va a decir lo que tengo que hacer con lo que salga de ese análisis.

Adrián la miró con una mezcla de rabia y algo que se parecía al miedo.

—Has estado jugando con nosotros desde el principio.

—He estado sobreviviendo —replicó ella—. Y ahora vais a tener que decidir si seguís o si os vais. Porque yo ya no voy a cargar sola con el peso de vuestras putas inseguridades.

El llanto del bebé se hizo más fuerte. Yo me acerqué a la hamaca y lo levanté. El pequeño cuerpo caliente se pegó al mío. El olor a leche y a piel limpia me golpeó en contraste con el aire cargado de la habitación.

Elena me miró. Adrián me miró.

Y en ese preciso instante el timbre volvió a sonar.

Dos veces. Cortas. Firmes.

Julio.

Nadie se movió a abrir.

El sonido del timbre se mezcló con el llanto del bebé y con el silencio espeso de tres personas que acababan de descubrir que el juego ya no tenía reglas.

Y que alguien, muy pronto, iba a perder.