Capítulo 10
Abrí la boca y el silencio se hizo más denso.
Adrián no apartaba los ojos de mí. Elena tampoco.
La luz de la mañana entraba ahora con más fuerza, dibujando cada detalle: el sudor frío en la sien de Adrián, el temblor casi invisible en el labio inferior de Elena, la forma en que mis propias manos se cerraban sobre las sábanas todavía húmedas.
El olor a sexo de la noche anterior se había vuelto ácido, mezclado con el café que se enfriaba en la cómoda y el miedo que sudábamos los tres.
—Habla —dijo Adrián. La voz le salió baja, pero cargada de filo—. Ella te lo ha pedido. Dinos lo que viste. Dinos qué coño estáis montando a mis espaldas.
Elena dio un paso hacia él, desnuda, la sábana olvidada en el suelo.
—No levantes la voz con él. Si quieres gritar, me gritas a mí.
—Te estoy hablando a los dos —replicó Adrián, y esta vez sí subió el tono—.
Llevo meses dejando que tú mandes. Dejando que montes el espectáculo.
Dejando que este… —señaló hacia mí con la barbilla— se arrodille y limpie y mire como un puto perro porque a ti te excitaba.
Y ahora descubro que cuando la cosa se pone seria, corres a su cama y le cuentas el secreto antes que a mí.
¿Qué soy yo para ti, Elena? ¿El que te folla rico o el que se come la mierda cuando tú decides que ya no te conviene?
Elena soltó una risa corta, amarga, que sonó a cristal rayado.
—¿El que se come la mierda? ¿Tú? Tú nunca te has comido nada. Tú solo has entrado, has corrido y te has ido a trabajar mientras yo decidía quién se quedaba de rodillas. No me vengas ahora con el papel de víctima. Tú disfrutabas tanto como yo. O más.
—¡Claro que disfrutaba! —Adrián dio un paso adelante.
El suelo crujió—. Disfrutaba viéndote abrir las piernas.
Disfrutaba viéndole la cara de derrota a él.
Disfrutaba cuando me pedías que te llenara delante de tu marido.
Pero eso no me convierte en un gilipollas que acepta cualquier cosa.
Este segundo embarazo… este puto segundo embarazo…
¿y se lo cuentas primero a él? ¿Al que abandonaste? ¿Al que volvió arrastrándose?
Elena levantó la voz por primera vez. El sonido golpeó las paredes.
—¡Porque él no me pidió explicaciones! ¡Porque él me sostuvo sin intentar controlar la situación! ¡Tú siempre necesitas saber de quién es, cuándo es, cómo se va a resolver! ¡Yo tenía miedo, Adrián! Miedo de verdad. Y él estaba aquí. Tú estabas en el salón con el móvil.
Adrián se rio, una risa fea, sin humor.
—Ah, claro. El buen Jorge. El marido paciente.
El que limpia el semen de otros y después te da el hombro para que llores.
Qué conveniente. Dime, Elena… cuando te lo estaba follando anoche, tan despacio, tan “íntimo”…
¿pensabas en mí? ¿O ya estabas calculando cómo ibas a usar su ternura cuando te cayera encima la realidad?
Yo me levanté de la cama. Las piernas me temblaban. El aire frío de la mañana me golpeó la piel desnuda. El semen seco me tiraba del vientre. Hablé por fin, y la voz me salió más ronca de lo que esperaba.
—No me uses como arma. Los dos. No me convirtáis en el puto campo de batalla.
Adrián giró la cabeza hacia mí. Los ojos le brillaban con una rabia contenida que ya no se molestaba en disimular.
—Tú cállate. Tú no tienes voz aquí. Tú renunciaste a ella el día que dejaste que te quitaran a la mujer y volviste para lamer lo que yo dejaba.
Elena se interpuso entre los dos. El pecho le subía y bajaba con fuerza. El olor a su piel excitada y asustada llenaba el espacio.
—No le hables así. Él está aquí porque yo lo permití. Porque yo lo quise. Y anoche… anoche me folló porque yo se lo pedí. Porque necesitaba algo que no fuera solo fuerza. ¿Lo entiendes? A veces necesito que me toquen como si todavía importara. No solo como si fuera un agujero que se llena.
Adrián la miró de arriba abajo, despacio, con una expresión que mezclaba deseo y desprecio.
—¿Como si todavía importara? Vaya. Entonces el espectáculo de la soberana puta era solo eso: un espectáculo. Cuando te apetece que te abran entre dos, mandas. Cuando te da miedo el resultado, corres al marido blando. Eres una cobarde, Elena. Una cobarde con un coño exigente.
Ella le plantó una mano en el pecho y lo empujó. No con fuerza suficiente para moverlo, pero sí con suficiente rabia para que el gesto quedara claro.
—No me llames cobarde. Yo he cargado con todo.
Con el primer embarazo. Con las reglas. Con mantener a los dos contentos.
Con decidir quién entra y quién limpia. ¿Y tú?
Tú solo has tenido que correrte dentro y salir a presumir de que tienes una mujer que se deja compartir. No me vengas ahora con moralina.
Adrián agarró la muñeca de ella. No con violencia, pero sí con firmeza. El contacto fue seco, caliente. Los dos se miraron a escasos centímetros. Yo veía el pulso acelerado en el cuello de ambos. El aire se había vuelto tan denso que costaba respirar.
—Suéltame —dijo Elena entre dientes.
—No. No hasta que me digas la verdad. ¿Quieres que este niño sea mío? ¿O prefieres la lotería de no saber? Porque si es de Julio, yo me piro. Y si es mío… necesito saber si tú vas a seguir usándome como semental o si de verdad quieres construir algo.
Elena no respondió de inmediato. Su respiración era irregular. Una gota de sudor le bajó por la sien y se perdió en el pelo. Cuando habló, la voz le salió rota y agresiva a la vez.
—No lo sé. ¿Vale? No lo sé. Y me aterra no saberlo.
Me aterra mirar la cara de ese bebé y no encontrar nada de ti.
O encontrarlo todo. Me aterra que tú te vayas.
Me aterra que él se quede. Me aterra que los dos os quedéis y yo no sepa cómo sostener esto.
¿Es suficiente verdad para ti? ¿O necesitas que te lo grite más alto?
Adrián soltó la muñeca. Dio un paso atrás. La mandíbula se le tensó hasta hacer crujir los dientes. Miró hacia mí otra vez.
—Y tú. ¿Qué vas a hacer? ¿Vas a quedarte a criar un hijo que puede ser de otro? ¿Vas a seguir de rodillas mientras ella decide? ¿O por fin vas a comportarte como un hombre y largarte de una puta vez?
La pregunta me golpeó en el pecho. El olor a café frío, a sexo seco y a miedo llenaba mis pulmones. Elena me miró. Adrián me miró. El bebé, en el salón, soltó un quejido débil y volvió a callarse.
Abrí la boca.
La voz me salió baja, pero clara. Y por primera vez en mucho tiempo, no tembló.
—Voy a hacer lo que ella diga. Como siempre. Porque ella es quien manda. Aunque ahora mismo esté tan jodida como nosotros. Aunque no sepa de quién es el niño. Aunque los tres estemos a punto de rompernos. Yo me quedo. Hasta que ella diga lo contrario.
Elena cerró los ojos. Una lágrima le resbaló por la mejilla, rápida, traicionera. Adrián soltó el aire como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago.
Nadie habló durante varios segundos. Solo se oía la respiración agitada de los tres y el sonido lejano del tráfico despertando en la calle.
Después Adrián se giró, cogió su camiseta del respaldo de la silla y se la puso con movimientos bruscos.
—Necesito aire. Y necesito que los dos penséis muy bien qué coño queréis de verdad.
Porque yo ya no voy a seguir fingiendo que esto es solo un juego excitante.
—Se detuvo en la puerta y miró a Elena por última vez—.
Cuando sepas de quién es… o cuando decidas qué soy yo para ti…
me avisas. Hasta entonces, no me toques.
Ni me llames. Ni me pidas que te folle para olvidarte del miedo.
Salió. La puerta se cerró de un golpe seco.
El silencio que dejó fue peor que los gritos.
Elena se dejó caer sentada en el borde de la cama. Las manos le temblaban. Yo seguía de pie, desnudo, sintiendo el frío de la mañana en la piel y el peso de las palabras que todavía flotaban en el aire.
Ella levantó la vista hacia mí. Los ojos estaban rojos. La voz le salió apenas un susurro, pero cargada de una rabia cansada:
—¿Ves? Esto es lo que pasa cuando dejas de fingir que todo es solo sexo. Todo se jode. Todo.
Yo no respondí. Solo me arrodillé delante de ella, despacio, y apoyé la frente en su rodilla. El olor de su piel me subió directo a la garganta. Ella me puso una mano en el pelo, sin caricia, solo con peso.
Y los dos nos quedamos así, escuchando cómo la casa se vaciaba del ruido de Adrián y se llenaba de un silencio nuevo, más peligroso, más real.