Capítulo 9
La luz del amanecer entró por la ventana entreabierta como una cuchilla fina.
Primero fue un gris pálido, después un dorado sucio que se filtró entre las cortinas y se posó sobre las sábanas arrugadas.
El aire de la habitación olía a sexo seco, a sudor enfriado y a ese rastro metálico que deja el miedo cuando se queda demasiado rato en un cuerpo.
Elena seguía pegada a mí. Su respiración había cambiado a lo largo de la noche: de irregular a profunda, y otra vez a irregular cuando el primer rayo de sol le rozó los párpados.
Yo no había dormido casi. Había contado cada una de sus respiraciones.
Había sentido el temblor fino que le recorría la espalda cada vez que se acordaba de lo que me había confesado.
Su vientre, todavía plano, descansaba contra el mío.
La piel estaba caliente. El olor de su pelo se había mezclado con el mío hasta volverse indistinguible.
La puerta del dormitorio se abrió sin llamar.
Adrián entró. Llevaba solo el pantalón de chándal que había usado la noche anterior.
El pelo revuelto. La barba de un día. En una mano traía dos cafés.
En la otra, el móvil. Se detuvo en el umbral cuando nos vio.
La luz de la mañana le dio de lleno en la cara.
Sus ojos bajaron a nuestros cuerpos enredados bajo la manta, a mi brazo alrededor de la cintura de Elena, a la forma en que ella escondía la cara en mi cuello como si yo fuera el único lugar seguro.
El silencio se espesó.
Adrián dejó los cafés en la cómoda con un gesto demasiado controlado. El sonido de las tazas contra la madera fue seco, preciso. Cerró la puerta a su espalda. El clic de la cerradura resonó más fuerte de lo normal.
—Explicadme —dijo.
La voz no era alta. Era baja, densa, cargada de algo que todavía no tenía nombre.
Elena se tensó contra mí. Sentí cómo cada músculo de su espalda se ponía rígido.
Se separó despacio, se sentó en la cama y se cubrió el pecho con la sábana.
El pelo le caía desordenado sobre los hombros.
Tenía marcas de almohada en la mejilla y los labios todavía hinchados del beso de horas antes.
Yo me incorporé también. La manta se me resbaló hasta la cintura. El semen de la noche anterior se había secado en mi vientre formando una película tirante. El olor a sexo era más fuerte ahora que la luz lo iluminaba todo.
Elena no me miró. Miró a Adrián.
—Estoy embarazada otra vez.
Las palabras cayeron en medio de la habitación como un vaso que se rompe. Adrián no se movió. Solo entrecerró los ojos. La mandíbula se le tensó hasta hacer visible el músculo. El café de la cómoda seguía echando un hilo de vapor que se retorcía hacia el techo.
—¿De quién? —preguntó.
Elena respiró hondo. El sonido fue tembloroso. Se pasó una mano por el vientre, todavía plano, y la dejó ahí.
—No lo sé. Puede ser tuyo. Puede ser de Julio. Las fechas… la última vez que estuvimos los tres no usamos nada. Y anoche con Jorge es demasiado pronto. —Hizo una pausa. La voz se le quebró un segundo—. Me hice el test ayer por la mañana. Mientras él estaba en la playa. Dos rayitas. Claras.
Adrián dio un paso hacia la cama. El suelo de madera crujió bajo su peso. El olor de su cuerpo —colonia residual, sudor de la noche, el rastro de café— se mezcló con el nuestro. Se detuvo al borde del colchón. Desde esa distancia se veía el pulso acelerado en su cuello.
—Y se lo contaste primero a él.
No era una pregunta. Era una acusación. Elena levantó la barbilla. La soberanía que siempre había llevado como una corona ahora parecía demasiado pesada. Los ojos se le llenaron de una mezcla de desafío y miedo.
—Sí. Se lo conté primero a él. Porque anoche necesitaba que alguien me sostuviera sin pedirme explicaciones. Y tú… tú siempre necesitas tener el control. Siempre.
Adrián soltó una risa corta, sin humor. El sonido raspó la garganta.
—El control. Qué curioso. Porque hace tres meses eras tú la que decidía quién te follaba, cuándo, cómo y delante de quién.
Eras tú la que lo ponía de rodillas a limpiar.
Eras tú la que decía “yo mando aquí”. Y ahora, cuando la cosa se complica, corres a esconderte en los brazos del marido al que dejaste.
Elena se puso de pie de un salto. La sábana cayó al suelo. Se quedó desnuda delante de él, la piel marcada por el roce de la noche, los pechos subiendo y bajando con la respiración agitada. El olor de su cuerpo excitado y asustado llenó el espacio entre los dos.
—No me escondí. Le pedí que se quedara porque tenía miedo. ¿Lo entiendes? Miedo. De este segundo embarazo. De no saber de quién es. De lo que vas a decir. De lo que voy a sentir cuando el niño nazca y yo mire su cara buscando rasgos que no sé si quiero encontrar.
Adrián dio otro paso. Ahora estaban a menos de un metro.
Yo seguía en la cama, inmóvil, sintiendo cómo el colchón todavía conservaba el calor de los dos cuerpos.
El aire se había vuelto espeso, difícil de respirar.
El sonido de sus respiraciones llenaba la habitación: la de Elena entrecortada, la de Adrián profunda y controlada a la fuerza.
—Entonces dime la verdad —dijo él—. ¿Quieres que sea mío? ¿O prefieres que sea de Julio? ¿O… —miró hacia mí por primera vez— prefieres fantasear con que sea de él, aunque las fechas no cuadren?
Elena negó con la cabeza. El pelo le golpeó los hombros.
—No lo sé. Y eso es lo que más me aterra. Que no lo sé.
El silencio que siguió fue tan denso que se podía tocar. Afuera empezaron a oírse los primeros coches de la mañana. Dentro, solo el tic-tac lejano del reloj de la cocina y el respirar del bebé que todavía dormía en el salón.
Adrián se pasó una mano por la cara. Cuando la bajó, la expresión había cambiado. Ya no era solo enfado. Había algo más roto debajo.
—Llevo meses construyendo esto contigo. Esta casa. Estas reglas. Este… lo que sea que somos. Y de pronto descubro que cuando tienes miedo de verdad, no vienes a mí. Vas a él.
Elena dio un paso hacia adelante. Ahora casi se tocaban. El calor de sus cuerpos se mezclaba. Yo veía el sudor fino que le brillaba en la nuca a ella y el pulso acelerado en la garganta de él.
—Porque tú me enseñaste a ser soberana —susurró ella—. Me enseñaste a decidir. A tomar lo que quiero. Y anoche lo único que quise fue no estar sola con este secreto. Él estaba aquí. Tú no.
Adrián cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la voz le salió más baja, más peligrosa.
—Entonces decide ahora. Aquí. Delante de los dos. ¿Qué somos? ¿Una familia? ¿Un arreglo? ¿Una puta en su trono con dos hombres que la sirven? Porque si este niño es de Julio, yo necesito saber si sigo teniendo sitio. Y si es mío… necesito saber si tú todavía me quieres o solo me usas.
Elena no respondió de inmediato. Se giró hacia mí.
Sus ojos me buscaron como si de pronto yo fuera el único testigo que importaba.
La luz de la mañana le daba de lado, iluminándole una mitad de la cara y dejando la otra en sombra.
Se le veía el pulso en la base del cuello.
El olor a miedo y a deseo antiguo flotaba entre los tres.
—Jorge —dijo—. Dile tú. Dile lo que viste anoche. Dile cómo me encontraste. Dile si yo parecía la misma mujer que manda en esta casa… o alguien que se estaba cayendo.
Me miraron los dos. El peso de sus miradas era físico. Sentí el colchón bajo mi cuerpo, las sábanas húmedas todavía del semen de horas antes, el aire cargado de tensión. La garganta me dolía.
Abrí la boca.
Y por primera vez desde que volví a esa casa, no supe qué respuesta iba a salir.