La soberanía de Elena (La Entrega nº 5) Capítulo 8
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Capítulo 8

El semen se enfriaba entre nosotros.

Elena no se había movido. Seguía recostada contra mi pecho, una pierna echada sobre la mía, el pelo pegado a mi cuello por el sudor.

Su respiración era lenta, profunda, casi de sueño, pero yo sabía que no dormía.

Los dedos de su mano derecha dibujaban círculos distraídos en mi pecho, justo encima del corazón. Cada roce dejaba una estela de calor.

La habitación olía a sexo reciente y a sábanas calientes.

El aire acondicionado no estaba encendido; solo entraba un hilo de brisa por la ventana entreabierta, trayendo el olor lejano a salitre de la playa y a asfalto húmedo.

La luz de la mesita seguía encendida, baja, tiñendo de ámbar la curva de su hombro y el pequeño lunar que tenía cerca de la clavícula.

Me pasó la lengua por los labios secos. Todavía sabía a ella.

—¿Tienes frío? —preguntó en voz muy baja, sin levantar la cabeza.

—No.

—Mientes. Se te están poniendo los brazos de gallina.

Se incorporó un poco, lo justo para alcanzar la manta que estaba al pie de la cama.

La subió sobre los dos con movimientos lentos, casi ceremoniosos.

El tejido era suave, de algodón grueso, y aún conservaba un poco del olor a suavizante.

Me envolvió con ella hasta la cintura y después volvió a recostarse, esta vez más pegada, el pecho desnudo contra el mío.

Sentí el latido de su corazón, más lento que el mío.

Durante un rato no hablamos. Solo existía el peso de su cuerpo, el calor que compartíamos bajo la manta, el sonido lejano del respirar del niño en el salón y el roce ocasional de sus dedos en mi piel.

Me acarició el brazo, desde el hombro hasta la muñeca, una y otra vez, como si estuviera memorizando el camino.

Después pasó al pecho, al costado, a la línea del estómago.

No era un toque sexual. Era un toque de alguien que está comprobando que el otro sigue ahí.

—Has perdido peso —dijo de pronto.

—Sí.

—Desde que te fuiste la primera vez. Se te notan más las costillas.

No respondí. Ella se incorporó del todo, se sentó a mi lado y me miró con esa expresión seria que usaba cuando estaba a punto de decidir algo importante.

La manta se le resbaló hasta las caderas.

Los pechos, todavía un poco pesados, se movieron con el cambio de postura.

Me alcanzó un vaso de agua de la mesita y me lo acercó a los labios.

—Bebe.

Obedecí. El agua estaba a temperatura ambiente, sin sabor, pero me limpió la boca del residuo salado de los dos.

Ella bebió después del mismo vaso, sin importarle.

Después dejó el vaso y me pasó un pañuelo húmedo por el vientre, limpiando con cuidado el semen que se había secado en la piel.

Los gestos eran precisos, casi enfermeros.

Cada pasada del paño dejaba la piel fresca y un poco fría.

Cuando terminó conmigo, se limpió a sí misma entre las piernas, despacio, con la misma atención.

—Date la vuelta —pidió.

Me giré de lado. Ella se colocó detrás, el pecho contra mi espalda, un brazo rodeándome la cintura. Su aliento me rozaba la nuca. El olor de su pelo me envolvía: champú de vainilla y ese fondo cálido de mujer que acaba de correrse. Me besó el hombro, una sola vez, con los labios cerrados.

—Esta noche no quiero que duermas en el suelo ni en la habitación de invitados —susurró—. Quiero que te quedes aquí. Quiero sentir tu respiración. Quiero… esto.

La palabra “esto” pesó más de lo que parecía. No era solo el sexo suave que habíamos tenido. Era el silencio compartido, el cuidado, la ausencia de órdenes duras.

Me quedé quieto, dejando que su cuerpo me calentara por detrás. Los minutos se alargaron. En algún momento el niño lloró débilmente en el salón. Elena se tensó, pero no se levantó. Esperamos. El llanto cesó solo. Volvió el silencio.

Fue entonces cuando llegó el giro.

Elena se incorporó de golpe, como si algo la hubiera pinchado. Se sentó en el borde de la cama, de espaldas a mí, y se pasó las manos por la cara. La manta quedó enredada en sus caderas. Desde mi posición veía la línea de su espalda, la curva de los hombros, el pelo cayéndole desordenado.

—Jorge.

La voz le salió distinta. Más baja. Más frágil.

—Dime.

Se quedó callada varios segundos. Yo escuchaba su respiración volverse irregular. Cuando por fin habló, las palabras salieron como si le costaran físico:

—Estoy embarazada otra vez.

El aire se me quedó atrapado en la garganta. Me incorporé a medias. Ella no se giró.

—Lo supe esta mañana. Me hice el test mientras tú estabas en la playa. Dos rayitas. Claras. —Hizo una pausa—. Y no sé de quién es.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Más denso. Más peligroso.

Me senté del todo. La manta se me resbaló. El semen seco me tiraba un poco de la piel del vientre. Elena seguía de espaldas, los hombros ligeramente encorvados.

—Puede ser de Adrián —continuó—. Puede ser de Julio.

La última vez que estuvimos los tres… no usamos nada.

Tú también… esta noche… pero es demasiado pronto para que sea tuyo.

Las fechas no cuadran. —Se pasó una mano por el vientre, todavía plano—.

Llevo días sintiéndome rara. Pensé que eran restos de la lactancia. No lo eran.

Se giró por fin. Tenía los ojos brillantes, no de excitación, sino de algo más cercano al miedo. Me miró directamente.

—No sé qué hacer con esto. No sé si quiero saber de quién es. No sé si quiero que Adrián lo sepa todavía. Y no sé… —la voz se le quebró un segundo— no sé por qué te lo estoy contando a ti primero.

Me quedé sin palabras. El olor a sexo en la habitación de pronto se sintió fuera de lugar. El calor de las sábanas, demasiado íntimo. Ella extendió una mano y me tocó la mejilla con los dedos fríos.

—Quédate esta noche. Solo duerme conmigo. Mañana… mañana decidimos. O no decidimos. Pero ahora mismo necesito que alguien me sostenga sin pedirme nada a cambio. ¿Puedes hacer eso?

Asentí.

Ella se recostó otra vez, esta vez de cara a mí. Me pasó un brazo por encima y escondió la cara en el hueco de mi cuello. Su respiración me rozaba la clavícula. Yo la rodeé con los brazos, sintiendo el temblor fino que le recorría la espalda. No era el temblor del orgasmo. Era otro.

La luz de la mesita seguía encendida. Afuera, muy lejos, se oía el mar. Dentro, solo el sonido de dos cuerpos intentando encontrar un nuevo equilibrio sobre las sábanas todavía húmedas de lo que habían hecho minutos antes.

Y por primera vez desde que volví a esa casa, la soberanía de Elena no se sintió como un trono.

Se sintió como un peso que, de pronto, necesitaba compartir.