Capítulo 7
La casa olía a salitre que yo había traído de la playa, a leche tibia del bebé y a ese rastro dulce y espeso que siempre dejaba el cuerpo de Elena después de correrse.
La luz del salón era baja, solo la lámpara del rincón, un círculo ámbar que no llegaba del todo a las esquinas.
El niño dormía en la hamaca con la boca entreabierta, emitiendo ese respirar suave y húmedo de los recién nacidos.
Cada tanto se removía y el tejido de la hamaca crujía apenas.
Elena me hizo levantarme del suelo con un gesto lento de la mano.
No tiró de mí. No ordenó con dureza. Solo abrió la palma hacia arriba y esperó.
Me puse en pie. Las rodillas me ardían un poco por haber estado tanto rato arrodillado sobre la madera.
La arena de la playa todavía me rozaba entre los dedos de los pies, granulada y fría.
—Ven —dijo en voz baja.
Me llevó al dormitorio. Adrián se había quedado en el salón, leyendo algo en el móvil con el brillo de la pantalla iluminándole apenas el rostro. No dijo nada cuando pasamos junto a él. Solo levantó la vista un segundo y volvió a la pantalla, como quien acepta que esa noche no le tocaba intervenir.
La habitación olía distinto. A sábanas limpias, a la crema que Elena se ponía en el pecho después de dar de mamar, a ese calor denso que dejan dos cuerpos cuando han estado cerca mucho rato. Ella cerró la puerta con cuidado para no despertar al niño y se giró hacia mí.
La camiseta blanca le llegaba a mitad del muslo.
Por debajo no llevaba nada. Se la quitó despacio, levantándola por encima de la cabeza.
Los pechos se movieron con el gesto, pesados, la piel todavía un poco sensible.
La luz de la mesita de noche le dibujaba el contorno de las caderas, el suave redondeo del vientre que aún no había vuelto del todo a su forma anterior, la línea oscura que bajaba desde el ombligo.
Me miró.
—Acuéstate.
Me recosté en la cama grande. Las sábanas estaban frescas, casi frías al contacto con la piel.
Elena se subió a horcajadas sobre mí, pero no buscó entrar.
Se quedó sentada sobre mis muslos, el calor de su coño rozándome apenas la base de la polla.
Me pasó las manos por el pecho, despacio, siguiendo el relieve de las costillas, deteniéndose en los pezones, rozándolos con la yema de los dedos hasta que se me pusieron duros.
—Has vuelto de la playa con la cabeza llena de nosotros —susurró—. Se te notaba en la forma de mirarme cuando abrí la puerta.
Asentí. No hacía falta hablar. El olor de su piel me subía directo a la garganta: un poco de sudor limpio, la crema de almendras, ese fondo dulce que siempre tenía entre las piernas cuando estaba excitada.
Me inclinó hacia adelante y me besó. No fue un beso de dueña.
Fue un beso lento, profundo, de lengua caliente y saliva compartida.
Sus labios sabían ligeramente a café y a algo más íntimo.
Se separó solo lo necesario para hablar contra mi boca:
—Esta noche no vamos a hacer nada fuerte. Solo quiero sentirte debajo. Quiero que me mires mientras me toco. Y quiero que te corras cuando yo diga. Sin prisa. Sin dolor. Solo… presente.
Se incorporó un poco, se pasó dos dedos entre las piernas y se abrió. Estaba mojada. El brillo se veía incluso con la poca luz. Me acercó esos dedos a la boca. Los chupé. El sabor era limpio, ligeramente ácido, cálido. Ella suspiró cuando mi lengua rodeó la yema de sus dedos.
Después se acomodó mejor sobre mí, la entrepierna apoyada directamente sobre mi polla dura.
No entró. Solo se deslizó adelante y atrás, despacio, untándome con su humedad.
El calor era intenso. Cada vez que el glande rozaba su entrada, ambos conteníamos el aire un segundo.
El sonido era húmedo, suave, casi íntimo. La cama apenas se movía.
Elena se tocó el clítoris con dos dedos mientras se frotaba contra mí.
Los ojos se le cerraban a ratos. La respiración se le entrecortaba.
Yo no movía las caderas. Me había pedido que me quedara quieto, y lo hice.
Solo sentía el calor, la humedad, el peso suave de su cuerpo, el olor cada vez más denso que llenaba el espacio entre nosotros.
Pasaron minutos así. El roce era constante, lento, casi hipnótico.
Mi polla latía contra ella, completamente empapada.
Ella se corrió la primera vez en silencio, con un temblor largo que le recorrió los muslos y me transmitió el calor a través de la piel.
No se detuvo. Siguió moviéndose, más despacio todavía, recuperando el ritmo.
—Mírame —pidió.
La miré. Tenía las mejillas sonrojadas, los labios hinchados del beso anterior, una gota de sudor bajándole por la sien.
Los pechos se movían apenas con cada deslizamiento.
Se inclinó otra vez y me besó mientras se frotaba.
Esta vez el beso fue más profundo, más necesitado.
Su lengua buscó la mía. El sabor de su boca se mezcló con el de sus dedos que yo había chupado minutos antes.
Cuando se separó, tenía la voz ronca:
—Ahora sí. Entra. Despacio.
Me guió con la mano. El calor al penetrarla fue inmediato, denso, envolvente.
No estaba tan abierta como cuando había estado con Adrián o con Julio.
Estaba más estrecha, más íntima. Entró centímetro a centímetro.
Los dos soltamos el aire al mismo tiempo cuando llegué al fondo.
Elena se quedó quieta un momento, sentada completamente sobre mí, sintiendo el latido dentro de ella.
Empezó a moverse. Circular al principio, después arriba y abajo, muy despacio.
Cada subida dejaba solo la cabeza dentro; cada bajada me envolvía por completo.
El sonido de la humedad llenaba la habitación.
El olor se intensificó. Yo sentía el peso de sus muslos, el roce de su coño contra la base de mi polla, el calor de su interior apretándome en oleadas.
Se tocó otra vez. Los dedos circulaban rápidos sobre el clítoris mientras ella me usaba con movimientos lentos y profundos.
Se corrió la segunda vez con un gemido largo, apretándome por dentro con fuerza.
El orgasmo le duró varios segundos. Las paredes internas palpitaban alrededor de mí.
Tuve que morder el interior de la mejilla para no correrme también.
Elena se inclinó sobre mi pecho, el pelo cayéndome sobre la cara, el aliento caliente en el cuello.
—Aguanta un poco más —susurró—. Quiero otra.
Siguió moviéndose. Ahora más pegada a mí, el pecho contra el mío, los pezones duros rozándome la piel.
El ritmo era casi perezoso, pero cada embestida llegaba hasta el fondo.
Yo le sujetaba las caderas sin apretar, solo acompañando.
El sudor nos unía. El olor de los dos cuerpos se había vuelto uno solo: salado, dulce, sexual.
Cuando se acercó al tercer orgasmo, me miró a los ojos y habló con voz apenas audible:
—Ahora. Juntos.
Aumentó un poco la velocidad. El calor se concentró en la base de mi columna.
Ella se corrió primero, con un temblor profundo que me arrastró.
Me vine dentro de ella sin poder contenerlo, a chorros largos, sintiendo cómo ella seguía apretándome, exprimiendo cada gota.
El placer fue denso, casi doloroso de lo contenido que había estado.
Duró más de lo normal. Cuando terminó, los dos nos quedamos quietos, respirando el mismo aire.
Elena no se bajó de inmediato. Se quedó sentada sobre mí, conmigo todavía dentro, ablandándome poco a poco. Me acarició el pelo con dedos lentos. El silencio de la habitación era casi completo. Solo se oía la respiración de los dos y, muy lejos, el respirar del niño en la hamaca del salón.
Después de un rato se deslizó hacia un lado y se recostó junto a mí. La humedad nos quedaba entre los muslos, tibia. Me pasó un brazo sobre el pecho y apoyó la cabeza en mi hombro. Su pelo olía a champú y a sexo.
—Esta noche te quedas aquí —dijo en voz muy baja—. En esta cama. Conmigo.
No era una orden dura. Era una decisión suave, casi íntima. Yo asentí. Ella me besó en la sien, despacio, y cerró los ojos.
La luz de la mesita seguía encendida. El calor de su cuerpo contra el mío era constante. El olor de lo que habíamos hecho llenaba las sábanas. Y por primera vez desde que había vuelto a esa casa, no me sentí como un invitado ni como un sirviente.
Me sentí, simplemente, donde ella había decidido que estuviera.
Y eso, esa noche, fue suficiente.