Capítulo 6
Entré.
La puerta se cerró a mi espalda con un sonido suave. Elena no se había movido del umbral. Seguía con la misma camiseta blanca, el pelo suelto, los labios entreabiertos. Me miró un segundo y señaló el suelo con la barbilla.
—Ahí.
Me arrodillé en el recibidor, todavía con la arena de la playa pegada a los pies. La polla me latía dentro de los pantalones, traicionera. Ella se acercó, me pasó una mano por el pelo y tiró un poco hacia atrás para obligarme a levantar la cara.
—¿Has pensado en nosotros mientras caminabas?
—Sí, Elena.
—¿En qué exactamente?
Tragué saliva. La voz me salió ronca.
—En cómo te follaron ayer. En cómo me hiciste limpiar. En el niño. En que ya no quiero irme.
Ella sonrió, satisfecha. Se agachó un poco y me besó la frente, casi con ternura.
—Bien. Entonces mereces un premio… y un castigo a la vez.
Me levantó del suelo con un gesto. Me llevó al salón. Adrián estaba sentado en el sillón grande, el niño dormido en la hamaca a su lado. Me miró sin sorpresa, como quien ve algo que ya espera.
Elena se plantó delante de mí y habló con esa calma que ya era ley:
—Quítate la ropa. Toda. Después te arrodillas entre mis piernas y me comes hasta que yo diga. Adrián va a mirar. Y tú no te vas a tocar. Si te corres antes de tiempo, duermes en el rellano esta noche.
Obedecí. La camiseta, los pantalones, la ropa interior. Me quedé desnudo otra vez. La arena todavía me rozaba los tobillos. Me arrodillé delante del sofá. Elena se sentó, se abrió de piernas y me empujó la cabeza hacia su coño.
Ya estaba húmeda. El sabor me golpeó de inmediato: ella, un poco de Adrián de esa mañana, el rastro de lo que había sido el día anterior. Empecé a lamer despacio, tal como le gustaba. Ella suspiró, se recostó y me agarró el pelo con las dos manos.
—Más profundo. Usa la lengua como te enseñé.
Lo hice. El tiempo se dilató. Solo existía el sabor, el olor, el sonido de mi propia boca trabajando y los gemidos controlados de Elena. Adrián no decía nada. Solo miraba, con una mano apoyada en el muslo, la polla marcándose bajo el pantalón.
Elena se corrió la primera vez en silencio, apretando mis labios contra ella. No me dejó apartarme. Me obligó a seguir. La segunda vez fue más fuerte. Las piernas le temblaron y soltó un gemido largo que hizo removerse al niño en la hamaca.
Cuando por fin me soltó, tenía la cara brillante y la mandíbula dolorida. Elena me miró desde arriba, jadeando un poco.
—Ahora ponte de pie. Frente a Adrián.
Me levanté. Adrián se incorporó, se bajó el pantalón y sacó la polla, ya dura. Elena se colocó a mi lado y habló bajito, contra mi oído:
—Vas a chupársela. Despacio. Hasta que él diga. Y mientras lo haces, vas a pensar en que esa misma polla es la que me llena todas las noches. La que me hizo madre. La que tú nunca vas a igualar.
Me arrodillé otra vez. Abrí la boca. El sabor de Adrián era distinto al de ella: más intenso, más masculino. Empecé a chupar. Elena se quedó detrás de mí, una mano en mi nuca, empujándome más abajo cada vez que intentaba tomarme un respiro.
—Así… trágatela. Demuéstrale que sabes cuál es tu sitio.
Adrián se corrió en mi boca sin avisar. Me obligó a tragarlo todo. Cuando terminó, me soltó y se recostó en el sillón con una sonrisa perezosa.
Elena me hizo girarme hacia ella. Se había bajado la camiseta y se había tocado mientras yo chupaba. Tenía los dedos brillantes.
—Lame —ordenó.
Lami sus dedos uno por uno. Después me empujó otra vez entre sus piernas y me hizo limpiarla por segunda vez.
Solo cuando terminé me permitió mirarla a la cara. Estaba sonrojada, satisfecha, poderosa.
—Puedes correrte ahora. En el suelo. Delante de nosotros. Sin tocarte. Y mientras lo haces, vas a decir en voz alta quién manda en esta casa.
Me quedé de rodillas. La polla me dolía de lo dura que estaba. Miré su coño todavía abierto, miré la polla de Adrián todavía húmeda de mi saliva, miré el niño que dormía ajeno a todo… y me corrí. El semen salió a chorros sobre la madera. La voz me tembló, pero salió clara:
—Tú, Elena. Tú mandas. Solo tú.
Ella se inclinó, me besó los labios con suavidad y susurró:
—Exacto.
Y no lo olvides nunca.